Nuevo Amanecer

Recondando a Julio Max Blanco


Serenata con luna. Yolanda Blanco. Julio de l999. Sección del poemario De lo urbano y lo sagrado. Premio Único del Concurso Nacional de Poesía Escrita por Mujeres “Mariana Sansón”. Ediciones Anide, 2005.

Horacio Peña
Huston-Tillotson College
Austin, Texas

Al leer este armonioso poema de Yolanda Blanco, Serenata con luna, se comienza a escuchar inmediatamente una sinfonía de sonidos y de sones, de notas musicales, de melodías y de ritmos que hacen vibrar en mi memoria innumerables y cálidos recuerdos.
Y empiezan a surgir también imágenes de parejas que bailan en las salas y en los salones, en los patios. Parejas enlazadas que danzan al compás de una orquesta; parejas que se abrazan y se deslizan o que parecen marcar el tiempo y la música, bailando suavemente, casi sin moverse, en el mismo sitio, en el mismo lugar, sostenidos y sosteniéndose en los aires de esa música “de la mejor orquesta popular de Centroamérica” (página 25), dirigida con amor y entusiasmo, dirigida impecablemente por Julio Max Blanco.
Prácticamente no había ningún acontecimiento social en Managua o en toda Nicaragua, que no se celebrara sin los acordes mágicos de Julio Max Blanco: graduaciones, cumpleaños, bodas, bautizos. Todos los eventos sociales, desde los más “encopetados”, como decíamos, hasta los “pereques” más humildes, querían contar, y contaban, con la presencia de esa orquesta que llenaba de romance y de romanticismo, de alegría y de ensueño, el corazón de todos los que bailaban siguiendo el compás de esa música. Y yo diría que todos los nicaragüenses de ese entonces nos volvíamos más románticos y nos sentíamos la gente más romántica del mundo, al menos mientras se bailaba, gracias a Julio Max Blanco.
Las iniciales J.M.B. estaban siempre a flor de labio cuando se deseaba festejar un acontecimiento. J.M.B. era una absoluta garantía del éxito rotundo de una fiesta.
Sobre la pista de baile del Club Social de Managua, que quedaba cerca de la vieja Catedral de la Plaza de la República, o en la sala de una casa o fuera de ella, en el patio, uno seguía, perseguía con el oído la onda musical para descubrir de dónde venía, y uno seguía, perseguía con la vista esas notas que transformaban el rostro de los que bailaban, uno seguía, perseguía las notas a través del aire hasta llegar a esa orquesta que bajo la dirección de Julio Max Blanco hacía soñar a las parejas, y luego se podían ver, relumbrando, nítidas, las iniciales J.M. B. :

lustrosos los atriles azules
entrelazadas la jota, la eme (y la be
(página 25)

Los boleros más famosos de aquel entonces, que eran una especie de canción desesperada y poemas de amor, cobraban una vida nueva y un ritmo nuevo, con la interpretación, acompañamiento y arreglo de la orquesta de Julio Max Blanco, como estas dos líneas o versos de la canción que menciona Yolanda:

Ven a mi vida con amor
que no pienso nunca en nadie (más que en ti
(página 26)

Eran boleros de la época con los cuales se ponían serenatas tratando de enamorar, de conquistar a una muchacha, a una mujer. Boleros a los que Julio Max Blanco daba un alma más a flor de piel, un alma más ardiente a esa letra y a esa música, un alma que se salía de la letra y de la música y poseía a los enamorados.
Julio Max Blanco vivía en una casa, la casa donde yo lo conocí, situada de la esquina del cine o del teatro Trébol, o de donde quedaba el Trébol, media cuadra al lago.
Casi todas las tardes, a eso de las dos, se verificaba el ensayo. La gente que pasaba, al escuchar la música, se detenía frente a la casa y se quedaba ahí por horas. Algunos estaban ahí, en la acera, desde antes de las dos, y entonces ellos podían mirar cómo se comenzaba el ensayo, cómo los músicos iban llegando poco a poco, cómo el director disponía los espacios de la orquesta, cómo se sacaban los instrumentos y se afinaban, para luego echar a andar en el aire ese ritmo, esa música, que causaba el asombro y la delicia de todos los que estaban frente a la puerta, y se podía oír entusiastas comentarios: “Magnífico”, decían; “Es extraordinario”, repetían, y otros: “Ese es Julio Max Blanco”, nombre que se proclamaba con orgullo, porque el director y la orquesta se habían convertido ya en un orgullo nacional.
La creatividad de Julio Max Blanco era extraordinaria, arrancando o despertando de los dormidos instrumentos musicales, arrancando del bolero notas maravillosas, y creando con el movimiento de esa batuta, varita mágica, un mundo de increíbles melodías.
Su creatividad y versatilidad se extendía a toda clase de música, que se transformaba y latía con otro encanto y otra gracia, con los arreglos y cambios de Julio Max Blanco:

Usted,
recopilador y arreglista de los (cantos de
la Purísima;
-véanse también los sones de Pascua
que su pluma firma-
(página 25)

Y no tan sólo era arreglista, sino también investigador y recopilador, que buscaba y lograba que se conservaran aquellos cantos que forman parte del alma nacional, que son parte profunda, --ríos profundos, lagos profundos-- del alma mariana del nicaragüense.
Diciembre es en Nicaragua, cantos a la Virgen y cantares al Niño Dios, son y sones de la Purísima y de Pascua, que nos impulsan a soñar con un reino interior, un reino espiritual más vasto y más cercano a nosotros:

O, con los aires decembrinos,
fabrica su alma sueños de tuba,
agita pecho al teclear bemoles;

cálidos y estilizados
los semicorchetes y las fugas.
(página 26)

La orquesta de Julio Max Blanco no era tan sólo la orquesta que viajaba por todo Centroamérica llevando su carga musical que explotaba con toda clase de ritmos, o la orquesta de Nicaragua, de Managua: (La vieja Managua y usted, /usted y su vieja Managua [página 28]), sino que el conjunto también estaba siempre presente en aquellas fiestas populares donde el alma del nicaragüense se revestía de otros colores y alegrías: la fiesta de Santo Domingo, la de San Jerónimo:

¿Cuántos palos recibió
por los caminos de los pueblos sin
caminos,
cuando
traqueteando
la camioneta lo llevaba
a la fiesta regional?
(página 28)

La fiesta regional. Los miles de promesantes, peregrinos, romerantes o romeros que iban en procesión interminable, sudor y sol, y fe, una inmensa, inagotable fe, a los santuarios y a las ermitas nicaragüenses: La Virgen del Viejo, El Cristo de Esquipulas.
En estas fiestas, dentro de las iglesias, en los atrios, en las plazas y en los parques, la orquesta de Julio Max Blanco daba a la nota de música popular religiosa, en esas fiestas patronales, una alegría desbordante y hasta entonces desconocida.
Yo vivía cerca de Julio Max Blanco, a unas dos o tres cuadras de su casa, en el barrio de Santo Domingo. Mi casa quedaba cerca de la Talabartería Pantoja, situada a la vuelta de una esquina donde había una panadería, “Las Delicias”, a secas, si mal no recuerdo, no “Las Delicias del Volga”, sino “Las Delicias” del barrio de Santo Domingo.
Era ahí, en el atrio de la iglesia de Santo Domingo, casi todos los días antes de la misa, cuando hablaba con Julio Max Blanco sobre la música que iba a tocar o nos reuníamos después, y él me hacía comentarios sobre el órgano y la música litúrgica.
Llegábamos siempre antes de la misa, de modo que teníamos tiempo para conversar un poco, y me hablaba sobre la dificultad de ciertos pasajes en la música. Luego entraba en la iglesia, y subía al coro para practicar en el órgano.
Siempre había tres misas en la iglesia: la de cinco, la de seis y la de siete, que era la última en los días de semana. Al terminar la misa se nos juntaban algunos de los sacerdotes jesuitas y feligreses que salían de la iglesia y lo saludaban con mucho cariño y admiración.
La lectura de este hermoso poema de Yolanda Blanco, “Serenata con luna”, sentido homenaje a su tío, ha revivido algo de mi adolescencia y de mi juventud, y ha despertado mis recuerdos de Julio Max Blanco.
Hay también en el poema una crítica a la sociedad y la manera cómo ésta se relaciona con el artista: una relación de indiferencia y hasta de antagonismo.

Son las tres de la mañana,
la señorona reclama su bolero
preferido
(página 25)

Una sociedad que niega su lugar al artista, que no le reconoce sus logros:

Usted,
muy a pesar de todo,
sin embargo,
tan sólo
el soplatubas, el rascaguitarras
el azotapianos,
el chichero

Y una crítica política que nos recuerda la otra dictadura:

La Managua llena de repartos (y barrios
cuyos nombres recordaban a los
parientes de los Somoza o a los
mismos Somoza
(página 28)

Frente a estos dos poderes que se oponen a la cultura y ensombrecen la vida del espíritu, lucha la voluntad del artista:

Plumaje el suyo de ésos
que cruzan por el fango y no se
mancillan
(página 27)

Toda una generación de nicaragüenses bailó, se enamoró y vivió bajo la música de Julio Max Blanco, cuyas notas todavía se escucha creando y recreando renovadas melodías.