Nuevo Amanecer

El siglo de la poesía en Nicaragua: visión contemporánea

(Antología de Julio Valle-Castillo)

Siempre he pensado que para realizar un trabajo antológico de poesía hay que tener dos cualidades esenciales: sensibilidad poética y formación académica sólida. Estas dos cualidades y otras más las reúne el poeta y narrador Julio Valle-Castillo, quien con esa rigurosidad académica realiza en esta oportunidad un estudio monumental de la poesía nicaragüense, conformando el rostro moderno, postmoderno, vanguardista y contemporáneo del sentir y hablar de nuestros poetas.
El texto consta de tres tomos formidablemente editados por la Colección Cultural de Centroamérica, en los que estudia y reúne la poesía desde el Modernismo, con el padre y maestro mágico, hasta la poesía escrita en los ochenta, empleando como criterios de selección la excelencia, representatividad y la diversidad de voces poéticas, según lo expresa el mismo autor.

Estudios imprescindibles: el paratexto
Siguiendo la propuesta de Gerad Genette, un libro no se estudia sólo por su contenido, sino por una serie de aspectos que dicen mucho de él y que facilitan la comprensión del mismo. Nunca esta verdad fue tan certera si se analizan los detalles y criterios que se emplearon en la escritura y edición de esta antología. En primer lugar, es preciso fijarse en las ilustraciones que adornan la carátula, en el primer tomo, un detalle del óleo del maestro de la pintura Rodrigo Peñalba, “Los brujos de Monimbó” hablan de un lenguaje de mitos, de construcciones del imaginario, de una parte esencial de nuestra identidad.
El segundo tomo, la ilustración de otro de los grandes pintores nicaragüenses, Armando Morales, “Dos mujeres”, habla de una literatura que no ha sido escrita sólo por hombres, sino también por mujeres, mujeres cantadas, amadas en la poesía escrita por hombres. Es decir, la mitad del género humano reflejada en trazos neofigurativos y de composición abstracta, de mujeres que reposan después de ganar batallas. Dos líneas sobrias, carentes de adornos, sobriedad enfatizada por la ausencia de colores, hablan del sufrimiento, la pasión y la paciencia de las mujeres, objeto y sujeto de la poesía.
En el tercer tomo, una ilustración hace evocar los versos darianos: “La torre de marfil tentó mi anhelo”, pero esta torre no es de marfil, sino de metal y pedrería. Se trata del collage” sobre tela de otro maestro de la plástica, Alejandro Aróstegui. Esta torre remite de nuevo al mundo de los mitos, de los sueños, del sueño eterno del ser por alcanzar el cielo con la mano. Con la acertada selección de estas tres ilustraciones de portada se completa el rostro creativo de la cultura nicaragüense, para desmitificar el tan traído y llevado decir que Nicaragua es una república de poetas, para afirmar mejor que es un país de gente creadora y llena de sueños e imaginación.
El segundo aspecto paratextual lo constituyen los estudios introductorios: “Nicaragua, cuna del Modernismo”, “Posvanguardia” y “Neovanguardia”, en los cuales el autor realiza un excelente y pormenorizado estudio de estos momentos de nuestra literatura, estableciendo una periodización más flexible y actual. En estos estudios Valle-Castillo contextualiza no sólo la sociedad nicaragüense, sino que se refiere a los hechos socio-históricos que afectaron de una u otra forma nuestra creación poética, porque cómo estudiar y comprender a Coronel Urtecho sin conocer a Pound, o a Edwin Yllescas y demás poetas de su generación sin mencionar la poesía beatnik.
Estudiar la literatura dentro de su contexto es un método absolutamente necesario, imprescindible, didáctico incluso, para comprender por qué Fernando Gordillo exclama: “Desde los lagos hasta el Coco/ desde el Cabo hasta el Río San Juan/ Es una sola lágrima donde la patria llora”. Omitir su estudio sería pretender entender la pintura tenebrista de Goya, sin conocer la resistencia heroica en un Martín, El Empecinado, luchando ante la invasión de las tropas napoleónicas.
El contexto es parte esencial del paratexto, porque sin éste no es posible interpretar el sentido de los versos de Ana Ilce Gómez cuando dice: “Sólo tuvimos un precioso jardín con la estatua/ del Dalai Lama en el centro”. Es el marco que remarca la realidad o belleza del cuadro. Julio Valle estudia son rigor y precisión académica los escritores, movimientos, guerras, situaciones que han estremecido la sociedad y con ella, los y las poetas. Se adentra en la atmósfera que nutrió a Darío, desde las tertulias leonesas hasta el mundo parisino con Verlaine y Hugo, y avanza en ese recorrido siguiendo el movimiento obrerista de los años cuarenta que marcó a Manolo Cuadra, hasta la postura contestataria de los años sesenta, con la era de Kennedy y de Mao, la Europa que produjo la Primavera de Praga, hasta el mundo universitario enfrentándose a través de una “Ventana” o dándole la espalda a ella.
El tercer aspecto paratextual digno de mención y que aporta un indiscutible valor didáctico e informativo en estos textos son las notas o aclaraciones al pie de página, que no limitan a ubicar cronológicamente a un autor, sino que remiten al lector a otras lecturas, otros textos que puedan iluminar, ampliar la lectura. 0 constituyen verdaderas aclaraciones, plenas de significados que enriquecen la lectura. Para citar algunos ejemplos se puede mencionar la cita número veintiocho, del tomo III de la antología (p:48) o las certeras notas lexicales de la número treinta y cinco del mismo tomo (p.60), que constituyen un verdadero regalo, disfrute lingüístico con la enunciación de los nicaraguanismos: agüisoterías, chicha, chichiltote, chinampas, corozo, entre otras.

La otredad afrocaribeña o el otro rostro de Nicaragua
Otro aporte novedoso que ofrece esta antología es la visión de una poesía multicultural y variopinta. Ese asomarse al otro lado, al Caribe nuestro, a las voces afrocaribeñas que danzan al son del bongó le imprimen un rostro completo a la poesía nicaragüense. El Caribe ha sido históricamente marginado hasta en la divulgación y apreciación de su cultura, de su poesía. Valle-Castillo rescata a un poeta que a la par de Nicolás Guillén escribe en versos rítmicos, musicales, se trata de Santos Cermeño, de quien reúne hermosos poemas como “Cañamazo”, “Palo de mayo en Bluefields”, y “Funeral en Old Bank”.
Pero poetas oriundos y ellos mismos afrocaribeños son David Macfields, originario de El Rama, y Carlos Rigby, de Laguna de Perlas. Es a través de su poesía que se puede saber que “Ser negro da lo mismo/ en cualquier latitud/ black is black,/ full time”. Y bailar con “Paloemayo”, “mayaya lasinki”/le sumba bailar así/ un tambor y un banjo viejo/ una quijada, un trombón”. Es con esta poesía que los tres tomos antológicos quedan redondeados, completa la faz de la Nicaragua dividida artificiosamente, del Caribe marginado, ignorado, pero que ha cantado y vivido en un mundo colorido y vibrante, que se refleja en su poesía.
El siglo de la poesía nicaragüense, con introducción, selección y notas del poeta Julio Valle Castillo, constituye una visión contemporánea de la literatura, al incluir traducciones, poetas marginalmente tratados, poesía de mujeres, poetas marginados ellos mismos, poetas de un solo poema y miles de ellos como Darío. Formas audaces expresadas, vanguardistas, futuristas y hasta poesía teísta, como la de don Josecito Cuadra Vega, que le canta a un Dios que entra en su casa de la Colonia Centroamérica. Poesía amatoria, contestaria, nihilista, existencialista, feminista, poesía del desamor, de lo cotidiano, exteriorista, del hogar, de las cosas nuevas y viejas. En esta antología, hecha con mucho tino por Valle-Castillo, hay poesía con voces diversas, con tonos también diversos, pero que unidos integran un hermoso e imponente canto de amor, solidaridad, ternura y forman, como dijo Darío: “Un solo haz de energía ecuménica”.