Nuevo Amanecer

Los pescadores


El bote grande y pesado hecho de puro guanacaste sale de Costa Azul corcoveando sobre las olas como un potro indomable y poco a poco se adentra en la inmensidad del mar hasta que se funde entre los colores brumosos del atardecer. Atrás, las islas de Machuque, Huevo Pelado y Guerrero son sólo siluetas borrosas semiescondidas por el humo marino que flota sobre el paisaje.
Sentado de costado en la popa, Chepe Salmerón con una mano maniobra el motor, agarrado con la otra del filo del bote.
-Si he sabido Cacho que andabas con tus vergazos le digo al comandante que no te deje venir- le dice al otro hombre que va sentado en la proa.
-Todo tranquilo, no hay nada Chepé…
-El problema es que si te pasa algo yo voy a ser el claviado.
-Yo no ando bolo. ¿Ando yo bolo? ¡No hombre!
-Quedate sentado en el fondo, no te movás del fondo que te vas a ir al agua.
El que se llama Cacho se pone a reír y se arrellana contra el bote agarrándose de los lados. El bote se mete en el aguacero que está cayendo detrás del Cardón. Las ráfagas de viento lo levantan de la proa al punto de casi darle vuelta.
-¡Así no podemos buscar a esta velocidad Chepé! El motor hasta se puede quemar, ¡oí como truena!
-Lo que vías de ir haciendo es achicar el bote
Cacho Domínguez se agacha y con una pana de plástico empieza a sacar el agua del bote, pero el viento le arrebata la pana.
-¡Hombre jodido! ¿Y ahora?
-¿Y ahora qué? Sacala con las manos
-¿Por qué no apagás el motor mejor?
-Si lo apago se puede hundir el bote, este bote es bien celoso. Achicá con las manos.
Con las manos juntas el otro intenta sacar el agua de lluvia que junto con la del mar está llenando rápidamente el bote. El bamboleo lo lanza a un lado y otro.
-¡No seas dejado hombre Cacho, arrodillate! Si el bote se llena nos damos vuelta.
El agua golpea con fuerza en la cara de Chepe Salmerón. Siente los oídos congestionados y a punto de dolerle. Sin soltar el manubrio del motor, con una mano se restriega la cara para quitarse el agua que le chorrea copiosamente y después cierra los ojos apretándolos con fuerza. Cacho Domínguez se pone las manos detrás de la nunca y metiendo la cabeza entre las piernas queda enrollado como un caracol.
-Ya nos llevó el diablo. Cacho, Cacho, agarrá vos el motor; voy a sacar yo el agua.
-Apagá el motor hombre, haceme caso.
Chepe Salmerón decide apagar el motor. El bote empieza a disminuir la velocidad y después queda meciéndose entre las olas que lo agitan con fuerza. Los dos comienzan a sacar el agua con las manos.
-Lo dudo que achiquemos así como está lloviendo.
- Achicamos y nos vamos de vuelta a Corinto. El Poyuco y los otros se han de haber ahogado, así con este tiempo no creo que estén vivos.
Después que han logrado sacarle un buen tanto de agua al bote tratan de encender el motor, pero éste no enciende.
-Ya la paseamos. Sólo falta que el motor se haya descompuesto.
-No creo, estos chunches son buenos.
-Ha de ser la banda a lo mejor, dejame probar a mí.
-¿No te caés?
-No hombre, dame lugar, quiero ver.
Afianzándose con fuerza al motor, Cacho Domínguez jala tres veces la cuerda.
-Ni modo, ¡vamos a tener que remar!
Los dos comienzan a remar en medio de la tormenta.
-En cuanto pase el agua vamos a revisar el motor –dice Chepe Salmerón.
-Esta agua no pasa ahorita Chepe, y si pasa de nada nos va servir.
-¿Por qué?
-No ves cómo está la corriente.
-Tenés razón, lo que vamos hacer es irnos al Cardón y cuando pase el vergueo de agua agarramos para Corinto… Pero el problema es el siguiente.
-¿Cuál? -Las picudas.
-No importa, nos vamos sesgados dando la vuelta, aunque salgamos casi a la mitad del Cardón.
-No nos conviene, nos queda muy largo. No creo que remando alcancemos a llegar.
-Es cierto, de aquí que lleguemos la corriente ya nos ha arrastrado.
¿Y si nos arriesgamos a irnos por el paso de las picudas?
-Yo no sé vos.
-Nos queda más cerca irnos por ahí. Pero esas olas jodidas nos van a dar vuelta.
-Nos vamos a ir sesgados, Cacho, es mejor; pero lo que vamos a hacer es pasar al otro lado de las picudas buscando la punta del Cardón, tal vez la corriente no nos arrastra.
¿Entre medio de la boya y las picudas?
-Ajá, si remamos duro podemos salir completo.
-Creés vos que salgamos completo… queda largo.
-No perdamos tiempo, vámonos por aquí poronde te digo. Eso sí, mantené el canalete contra la corriente para que no nos meta contra las picudas.
Los dos comienzan a remar rápido y con fuerzas, sintiendo en la cabeza el golpe aturdidor de la lluvia.
-No se mira nada, Chepé. Ni el Cardón se mira.
-Rememos. Rememos. Si no remás duro nos va a llevar la corriente.
-Eso es lo que estoy haciendo.
-Mantené virado el canalete. Mantenelo virado.
-Quién sabe si lleguemos, la corriente está bien fuerte.
-No importa, con tal de que no nos arrastre hasta las picudas. Ahí se ahogó Presentación López con el hijo y ni siquiera hallaron los cuerpos, porque se los comieron los tiburones.
-¡Ni quiera Dios! ¿Ya viste el Cardón?
-¿Ah?
-Ay ta el Cardón.
La figura borrosa del Cardón aparece entre la oscuridad lluviosa con el faro blanco erguido en el extremo.
-Cacho, rememos a un solo lado los dos que la corriente nos está arrastrando y ya estamos pasando frente a las picudas.
Desesperado, Chepe Salmerón rema tres o cuatro veces a un lado del bote, saca el remo y hace lo mismo al otro lado, alternando rápido ese movimiento con el fin de mantener la dirección del bote, alejándose de las olas a las que llaman picudas. Repentinamente, en una especie de remolino, el bote es arrastrado bruscamente hacia las picudas.
-Todavía tenemos tiempo, no dejés de remar. Pasando la boya nos salvamos.
-Quién sabe si lleguemos a la boya. Ya la corriente nos metió contra las picudas.
-Rememos duro. Rememos duro. No dejés de remar.
Las olas chocan con fuerza contra el bote, golpeándolo acompasadamente, haciendo que en cada envión se hunda y emerja dificultosamente, avanzando despacio contra la resistencia que le hace el viento y la corriente que lo jala en espiral.
-Remá vos solo a la derecha. Mantengamos el bote en dirección a la boya. A Cacho Domínguez se le cae el canalete. El bote es azotado por las olas y la corriente lo arrastra con fuerza, haciendo que gire a gran velocidad como en una especie de remolino.
-¡Se me cayó el canaleteee!
Chepe Salmerón deja de remar y, sin sacar el remo del agua, queda viendo a Cacho Domínguez que, intentando recuperar el canalete, se escapa de caer al agua y queda agarrado del borde con una pierna adentro y otra afuera.
-Ya lo perdimos, ¡ay dejalo! Que nos arrastre, dejemos que nos arrastre.
-Parece que la corriente nos está llevando al lado del Cardón, mirá.
-Ajá, eso estoy viendo. Mantengamos el bote a flote. No te movás para que no se hunda.
Una ola los levanta violentamente dándoles casi vuelta. La turbulencia que la lluvia produce sobre el mar junto a la oscuridad del propio invierno hace que los dos pescadores apenas se distingan entre ellos. Débilmente la figura del faro aparece entre la cortina de agua. Cacho Domínguez queda acostado en el fondo del bote casi cubierto por completo por el agua. El bote no resiste la embestida de una enorme ola, por lo que se da vuelta y queda embrocado. Los dos pescadores salen un rato después a la superficie junto con una pichinga de plástico y un rollo de mecate.
-Amarrá la pichinga al bote Cacho. Que no se vaya. ¿El remo?, no lo miro.
Cacho Domínguez toma el rollo de mecate que ya se lo está llevando la corriente, y después que se lo pone en la boca apretándolo con los dientes bracea hasta el motor. El otro toma la pichinga y le ayuda a amarrarla. La corriente cesa. La lluvia también empieza a amainar. En el fondo del horizonte la mitad del sol alcanza a teñir de un rojo cobrizo la superficie del mar. Los dos pescadores se agarran al bote que parece el dorso de una ballena.
-A este bote no le damos vuelta así nomás, este bote jodido pesa.
-Tratemos.
-¿Para qué? Sería en vano, y si le damos vuelta se puede hundir.
-No sé cómo vamos a achicar esa agua.
-Tenés razón, entonces, ¿cómo vamos a hacer?
-Esperemos a que pasen los remolcadores.
-Ésos no pasan ahorita, iban a buscar a los ahogados hasta el golfo, o ya pasaron y no nos vieron.
-No pueden haber pasado ya, porque acordate que ellos iban a buscar por lo menos tres horas y, además, hubiéramos oído el ruido de los motores.
-Con el vergazo de agua que estaba cayendo quién sabe.
-Y sólo los remolcadores son nuestra esperanza.
-Ojalá que no hayan pasado, ojalá.
-Lo bueno es que estamos acompañados de la virgen Chepé; la virgen nunca nos ha desamparado y menos ahora – dice Cacho Domínguez, mientras con la mano soba la imagen de la Virgen del Carmen, patrona de los pescadores, que está pintada en la proa del bote y que semihundida en el agua boca arriba mira la negrura del cielo que aún no termina de desplomarse sobre el mar.
Corinto 3 de marzo, 2006.