Nuevo Amanecer

Sombras bajo los robledales


Mientras, dentro del aposento adornado con cuadros de santos y veladoras, Emérita guarda con cuidado los aperos ajenos, habla, como si hablara sola, de sus hijos, Emeterio, Gerardo, Oligario y Saturnino, el menor. Los de a caballo se han quedado afuera, sentados en un tabanco en el estrecho corredor frontal.
Al regresar Emérita sirve en sendos guacales la piña fermentada, que vierte de rústicos galones de plástico amarillo, o simplemente prietos por el manoseo de las manos manchadas de contil. La campesina no exige los centavos del pago en cuanto sirve. Si no que espera hasta el final, cuando el paladar y la sed del parroquiano hayan quedado satisfechos.
Mientras aquellos beben y hablan de reparar cercos, de chapodar una parcela, de arar laderas y de sembrar milpas, de destetar y de capar terneros con la luna creciente, Emérita regresa hasta donde estoy, sigue hablando conmigo de su tema predilecto:
Emeterio, el hijo mayor, se me fue a la guerra. Se enroló de voluntario, un día que andaba bebiendo, junto con otros bolos, en el Ejército Popular. Yo desde que se fue lo conté por hijo muerto, junto con Gerardo, el otro que se me murió al nacer. La guerra ya hace varios años que se acabó, pero Emeterio todavía no ha vuelto. Aunque dicen por ahí que sigue vivo. Lo que pasa es que se encontró una querencia, allá por los tabacales de Teotecancinte.
A Oligario, el hijo segundo, es decir el tercero, primero lo embelecaron unos testigos de Jehová, ahí cambió, me lo cambiaron, hasta comenzó a dejar de reírse con nosotros, todos sus modos cambiaron, dejó la casa, agarró camino de predicador y terminó reclutado por una fuerza de tarea de los Contras. Ésta fue a parar más lejos y sólo perdió un ojo y una pierna, la izquierda. Vive en Trujillo, departamento de Colón, ahí predica sentado en una silla de ruedas en otra iglesia. Una vez hasta me escribió para contarme que iban a bautizarlo por tercera vez. Se cambió el nombre.
El más gordo de los campesinos, un chele de bigote colorado y patilla espesa, no sin algunos rodeos y reticencias, pide otro guacal de bebida. Pero este otro guacal lo quisiera de cususa, dice, y se carcajea solo, exhibe un diente de oro, incisivo y superior, como si acabara de tener alguna ocurrencia muy chistosa.
La actitud de Emérita no se altera, se levanta de nuevo, camina hasta el molendero, entre las tinajas de agua hay una con tapadera de tabla que contiene la potente bebida fermentada y alambicada. Emérita inclina la tinaja, vierte un par de chorros de un líquido amarillento en el guacal con un glugluteo sordo y arcaico.
El molendero está tallado a machete con un solo tablón de roble, como quien dice está curado, al otro extremo encima reposa la paleolítica piedra de moler, los guacales llenos hasta el tope de tortillas recién echadas. Las jícaras húmedas, recién enjuagadas, cuelgan de una rama seca provista de varios ganchos. Arriba penden del techo de tejas los tapescos ahumados que, delicados móviles aéreos, albergan las blancas, las frescas, las húmedas cuajadas que se mecen sobre el fogón, entre cuyos tenamastes arde el leño seco de carbón, de roble, de quebracho o de cualquier otra leña que no haga tanto humo.
El rancho de Emérita Bellorín está enclavado a la orilla de una quebrada de invierno, junto a cuyo lecho mohoso y verde crecen guineas, quequisques y limoneros. Es punto de referencia y lugar señalado que toda la población comarcana conoce y recomienda. Aunque entre febrero y mayo la quebrada se seca.
“Y mi tercer hijo es Saturnino, el menor, que es el único que me acompaña ahora. Saturnino se va a trabajar su semana en una huerta que ha alquilado a medias en las tierras de unos Blandones, allá para aquel lado de La Tomatera. Por allá se ha encontrado una su mujer, una Gonzalina Cifuentes. Pero por aquí él sabe siempre venir seguido. Ayer precisamente vino, aunque ahorita no está, se fue a hacer unos mandados hasta San Nicolás. Ya no debe dilatar, porque salió temprano, y anda a caballo”.
En Saturnino (aunque ahorita no está) se ha concentrado intensamente todo el orgullo, todo el cariño, el significado de toda alegría que a Emérita pueda brotarle de las pupilas.
Cuando bajo de aquellos cerros atardece, el sol de septiembre se desparrama sobre el oleaje de los pastizales, sobre el ejército de espigas de los maizales. El zumo de la chicha pareciera añadirle un tono acaramelado a los destellos fugaces de la luz. Los serpenteos de la claridad vespertina tejen mallas con las sombras en corsi y recorsi entre los descampados del camino.
Para bajar de los cerros uno cruza por algunas zonas donde aún se conservan tupidos pinares o robledales espesos que ensombrecen majestuosos las profundas orillas del camino. El camino es quebrado, pedregoso, al declive de las bajadas sucesivas suelen sucederle breves terraplenes de respiro, luego las lomas pedregosas se clavan de nuevo en picada cerro abajo. Las piedras son azuladas, angulosas, o son redondas, parchadas con unos sarros bermejos, o son sombrías, azabache, alfombradas de pálidas manchas vegetales.
Por ahí, en una de esas bajadas, me encuentro con Saturnino Bellorín, que viene a pie, cargando un tronco de quebracho, cuesta arriba. Nos detenemos a platicar con Saturnino que tiene la piel dura, curtida de lluvia y de sol, y que me explica lo duro
del trabajo del campo, que falta la semilla, que falta el “inserticida”, que la babosa ha terminado con los plantíos y que la organización campesina avanza lenta, que la gente tiene desconfianza de que todo este afán no pare en nada, y que no vayamos a resultar quedando mucho peor de lo que estábamos antes.
-Hombre, Saturnino. ¿Y no te parece a vos que habría sido preferible haber cortado ese palo cerro arriba, para cargarlo después de bajada?
-Lo que pasa, patrón, es que este quebracho ya me lo hallé muerto, botado a la orilla del camino. Yo soy incapaz de cortar un palo bueno y sano para hacerlo leña. Eso es hasta pecado, amigo.
-¿Pero, y tu caballo, Saturnino?
-¿Mi Golondrino?
-¿Así le pusiste?
-Por ese nombre entiende, patrón, pero hoy mejor lo dejé allá abajo, guardado donde la comadre Estebana Moreno, para no maltratar al pobre animal.
Hay una oscuridad que parece gestarse desde adentro de los cerros, sombras profundas que se empozan al pie de los robledales. La montaña atenúa ruidos y chirridos, mientras deja caer lentamente sus cortinas de sombra. Una pareja de pájaros azulados cruzan como un par de flechas que cortaran en cuatro pedazos el hilo de nuestros pensamientos. Estelí todavía se tarda a lo lejos, allá abajo. Hay que abreviar y apurarse. Aquí en estos parajes anochece y cae el frío más temprano.