Nuevo Amanecer

Leonardo Padura y los cobros de la felicidad


¿Alguien, viéndola feliz, dueña del mundo, quiso cobrarle radicalmente esa felicidad y esa posesión que no le correspondían?
Sin regularidad, pero con buena fortuna, he seguido la obra literaria de Leonardo Padura (Cuba, 1955) desde que conocí sus logrados ensayos sobre Ernest Hemingway que publicaba en la revista mexicana Plural, y después en algunas de las aventuras de Mario Conde, el Conde, ese detective imposible en La Habana arrasada por el draconiano bloqueo económico estadounidense y el no menos draconiano racionamiento impuesto por el gobierno castrista a los enseres básicos.
Lector asiduo de la Generación perdida y de la novela negra estadounidense, apasionado de la bibliografía cubana y estudioso pertinaz de la historia antillana del siglo XX, Leonardo Padura ha concentrado en el Conde sus obsesiones y aspiraciones particulares, paralelas y a ratos coincidentes con las obsesiones y aspiraciones del pueblo cubano, arrastrado por los odios y miedos del régimen socialista revolucionario y del régimen imperialista estadounidense a una suerte de suspenso existencial malsano, agotador y letárgico.
La neblina del ayer (Colección Andanzas 577. Tusquets Editores, México, 2005), como antes Adiós, Hemingway, trasciende el paseo literario por la historia cubana en vísperas de la revolución de 1959, y se adentra por un mundo trenzado con tejidos hechos del pasado mítico y mitificado y del presente demasiado real, pero irrealizado. Perdidas las esperanzas de una nueva sociedad, queda únicamente el ánimo insoslayable e íntimo de la evolución factible a una etapa menos dogmática y más vivamente creyente.
La realidad histórica rara vez admite los gustos y manías de la literatura, y Padura lo entiende. Sin embargo, en la realidad de un país anquilosado por el enfrentamiento de dos estructuras políticas rabiosamente opuestas todo es posible, desde el retroceso histórico hasta la emergencia abrupta de instintos humanos elementales. En La Habana del siglo XXI es verosímil la aventura del Conde en busca de los últimos momentos de Violeta del Río, la hermosísima veinteañera que cantaba en los cabarés de la vieja Habana “Seré en tu vida lo mejor/ de la neblina del ayer/ cuando me llegues a olvidar,/ como es mejor el verso aquel/ que no podemos recordar.” Esta cacería monomaníaca del pasado irrecuperable es el pretexto que tienen el Conde y Padura para sentirse vivos y verosímiles en aquella isla encallada en medio del Mar Caribe.
Agudo y hábil para hacer una crítica puntual de los vicios y corruptelas que deterioran a la Cuba contemporánea, sin caer en los extremismos antirrevolucionarios derechistas ni en las autocompasiones izquierdistas, Padura transita con elegancia y agilidad por las dos Cubas, la ida y la actual, y trata de comprenderlas, de hallar el encanto de cada una, aquello que las mantiene vigentes.
Aficionado entendido en el bolero y el son cubano, avezado cinéfilo de cine negro, Padura construye una narración de metáforas llanas, diálogos directos y descripciones periodísticas, para darle pauta a una historia caprichosa, abiertamente ficticia, y por lo mismo posible, en que se entremezclan los fantasmas de los antiguos dueños de Cuba --la mafia estadounidense, la oligarquía intransigente, la dictadura de Batista--, con los fantasmas de carne y hueso del régimen revolucionario (ex policías corruptos, milicianos mal pensionados, traficantes de drogas, sexo, comida). Seres desesperados del pasado y del presente que no saben si han de llegar al futuro, pero que siempre han buscado una felicidad imperturbable, una felicidad cobrada muy cara por la historia y el cansancio: “Pero al final llega el cansancio. El cansancio de ser tan históricos y predestinados”.
Decía antes que Padura es un apasionado de la historia y la bibliografía cubana, que las conoce tras bambalinas y entre telones, y así como en Adiós, Hemingway el retrato de papá Hem y la finca Vigía deviene en una lectura entrañable y sólida, en La neblina del ayer el ambiente prerrevolucionario, los boleros y las cartas de amor devienen en una lectura perdurable y encendida. Sin embargo, a pesar de tanta riqueza, y como también sucediera en la aventura hemingwayana, a La neblina del ayer se le cobra su felicidad.
Ágil e inteligente, Leonardo Padura no tiene aun así sentido de la mesura y el equilibrio, carencia que pesa sobre la novela y que no ha hallado su punto medio en la narrativa del cubano. La pintura excesiva desbalancea el fresco que podría ser La neblina del ayer, exceso que se trasluce en diálogos poco fluidos, cargados de imágenes manidas, de fantasías recurrentes que desequilibran el paso de la historia principal, pero sobre todo el retrato volumétrico de los personajes, que los acerca más a los delirios inmoladores del romanticismo decimonónico, que al romanticismo hiperrealista de la novela negra en la línea de Dashiell Hammett, Raymond Chandler y James M. Cain, la tríada maldita e imprescindible del género, a la que Padura quiere rendir tributo.
El Conde y sus decadentes compañeros de vida y desilusiones recuerdan a los héroes desaforados de Los Miserables de Víctor Hugo, encadenados a virtudes de santos, lo que sería aceptable si Padura nos llevara por los vericuetos del tremendismo, y no por los laberintos parcos de la Generación perdida, forjada en un romanticismo práctico capaz de habérselas con el mundo frío y descreído del siglo XX, y ahora del XXI. La insistencia febril del Conde en sus convicciones éticas o la insistencia del Yoyi en su mercantilismo los alejan de la multiplicidad callejera y los derivan en tipos, y no en personajes.
La literatura negra es un caminar por lo sórdido de los inframundos sórdidos inherentes a toda sociedad, pero no un caminar desbordado, sino contenido y cínicamente objetivo, con todo lo que, por otra parte, le brinda el cinismo de abrigo a la subjetividad. La trascendencia de la novela negra está en el equilibrio, y el exceso la daña como lo hace con La neblina del ayer, una novela que por lo demás contiene páginas atractivas, disfrutables, lúcidas y cordiales.