Nuevo Amanecer

Los astros


Chontales, Nicaragua

Me llegó esta carta de Manuel. Querida mamacita: estoy chambeando duro, mañana tengo que presentar los resultados de una simulación numérica de la evolución dinámica de una región HII (una región fotoionizada) dentro de una nube molecular turbulenta después de 400,000 años de evolución. Decile a la Tula que te ayude a aporrear el maíz, si lo tienen mucho tiempo en las mazorcas se seca demasiado y la troje es pequeña. ¿Ya engordaron los chanchos? Apartame uno para tu cumpleaños. Te mando un beso. Los del Centro de Radioastronomía y Astrofísica de Morelia se la pasan viendo y oyendo al universo todas las noches del año, apuntan al cielo sus artefactos, hacen turnos para pegarse al telescopio en la noche oscura. Al padre Cardenal le mandaron sus boletines para que agarrara cábula, el poeta los leyó de cabo a rabo y como es bien vivo, sacó su Cántico Cósmico que tiene casi mil páginas. Ese catálogo de datos a nadie aburre, mi muchacho me lo regaló para que por medio de la poesía entendiera tantito lo que él hace. Yo no quería leerlo sola, porque lo vi tan grande que pensé que me iba a dormir, así que le dije a mi comadre: venga después de la cena. Las dos nos instalamos en la acera, como a las siete sacábamos los butacos, yo leía y ella oía, las dos en una sola mecedera. Cuando me vine para acá me hacía mucha falta el lago, mi primer Día de Muertos lejos, lloré a mares, pero no por ningún difunto, me dieron unas ganas enormes de salir volando y caer en la lancha cuando todo el pueblo de Janitzio se enrumbaba al cementerio llevando hartas flores de Xenpazuchilt y comida para las ofrendas. Comenzaba a oscurecer, cada familia se dirigía al muelle, ya la brisa se enfriaba y Pátzcuaro titilaba con miles de luces de velas que se reflejaban en el agua. Había que ver todas esas redes de pesca saliendo como alas de enormes luciérnagas iluminadas a punto de volar. Plas, plas, plas, todo el mundo en silencio, sólo el ruido de los remos pegando y agitando los destellos, plas, plas, plas. Yo ya estaba preñada, sentía la panza tilinte, la piel que se me iba estirando como el cuero de un tambor. Ya nada me mareaba y las ganas canijas de comer y comer tejocotes se me habían pasado. Los chavalos se dedicaban a limpiar las tumbas, las mamas sacaban de las canastas el pan de muerto, las calaveritas de azúcar, los tacos de huitlacoche y flor de calabaza, los pambazos, el pulque para los hombres; tendían mantelitos muy limpios y comenzaba la comedera y así pasábamos toda la noche velando a nuestros muertos, comiendo y brindando con su recuerdo. Aquí está tu tata y tu abuelo, allí tu madrina, nació y murió, nació y murió, el día tal, del mes tal, del año tal, fechas y más fechas, la vida puro paréntesis entre ambas. A medianoche el niño se me estaba agitando, llamé a su papa, el más bello indio tarasco, para que lo palpara, igualito a Pedro Armendáriz en “El peñón de las ánimas”, nos sentamos largo de los demás, bajo la noche llena de todas las constelaciones que reventaban. Miramos las estrellas, nombramos a las más brillantes, las que nos orientaban. Manuelito pataleaba; yo creí que el quiso que yo creyera que me estaba pidiendo en medio de su agitación que lo dejara salir un ratito para tener su primera lección de amor y astronomía aplicada.

Managua, 27 de enero de 2006.

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