Nuevo Amanecer

MUERTES DE PERRO (1958)


Francisco Ayala (Granada, 1906… y acaba de cumplir 100 años)

Ya lo había hecho Valle Inclán y Miguel Ángel Asturias. Después los autores del boom continuarían la tradición de las novelas de dictador. Cada uno el suyo. Todos tenemos uno en la memoria, y aún puede que gobiernen sus fantasmas en el Estado, en la propia casa o en nosotros mismos. García Márquez siempre ha gustado recordarnos aquella vez que, viviendo en el barrio latino de París, Nicolás Guillén soltó un grito de júbilo en la madrugada al enterarse de la caída de Batista en Cuba, y todos los latinoamericanos salieron a celebrarlo pensando que había sido el de cada uno el que había caído.
Pero Francisco Ayala, prófugo de la dictadura de Franco en España, vino a esta América Latina, más avanzada en aquellos años, pero igualmente sometida a dictaduras. Huir hacia la sombra de lo mismo es algo que para un escritor de verdad sólo tiene tres salidas: la locura, el suicidio o la obra literaria.
A riesgo de que puede parece una exageración, no lo es tanto si nos acercamos a la sensibilidad con que reciben los acontecimientos las personas que viven a flor abierta de las palabras. Ya en la ocasión anterior, pudimos ver cómo el protagonista de Insensatez, la novela de Horacio Castellanos que penetraba en la memoria de las masacres de indígenas en Guatemala, ante la sordidez de los testimonios, la crueldad irresistible, opta por dejarse llevar, al menos, por la música, el ritmo poético de algunas frases terribles y hermosas al mismo tiempo y detenerse en su forma, para no afrontar el contenido. Es la trampa engañosa de la literatura, al igual que hacen las plantas carnívoras o algunos animales marinos. Luego veremos el efecto de esta estrategia.
Como decíamos, Francisco Ayala se libró de estos fantasmas con una obra literaria de la que Muertes de Perro es la más conocida.
Él se hizo más grande, a su paso por América Latina y por Estados Unidos, y es uno de esos escritores que podemos considerar hispanoamericano sin ningún conflicto de identidades y nacionalidades.
Habiendo nacido en la Granada de Andalucía, la del esplendor nazarí, la de García Lorca, tenía todas las características para sentirse en América como en casa. Esa lista de escritores de ida y vuelta que son un poco de ambos lados, es decir, hispanoamericanos, está encabezada sin duda alguna por Rubén Darío, por Gómez de Avellaneda, por Valle Inclán, por Lorca, Juan Ramón y por este Francisco Ayala, candidato a Nobel, Premio Cervantes, que sigue caminando por su propio pie a sus 100 años recién cumplidos, teniendo los ojos abiertos a todo lo que ha pasado y lo que está pasando, que es mucho. 100 años de lucidez y la mitad de ellos de un amor de los de siempre que comparte con una antigua estudiante de sus clases en Estados Unidos.
Su forma de escribir en algún momento ha oscilado. Yo leí Muertes de Perro como si fuera una más del realismo mágico, pero hay una crudeza, una tendencia a no despegarse de la tragedia, que quizá se acerca más al lugar de la Fiesta del Chivo, más reciente, ¿ven?, como si la sombra de las dictaduras y los caudillos nos amenazara todavía.
Eso mismo se ha compartido a ambas orillas, pero creo que España debería mostrar algo más su agradecimiento, ya que en estos tiempos se recuerda a la República, ese intento revolucionario frustrado por las divisiones y los descontroles internos, además de la presión externa.
Creo que España aún escatima gestos que nos acerquen, en olvido del gran servicio que América Latina hizo en conservar, restaurar y regenerar a muchos autores españoles republicanos que vinieron huyendo de un país en guerra.
Las universidades, los negocios, las casas abrieron sus puertas a estos huidos de lujo de aquellos largos y oscuros años. Siguen siendo necesarios escritores como Ayala, que descubran con bisturí las heridas privadas que dejan los abusos del poder.
En Ayala no deja de ser una ironía, que siendo sociólogo, por ende, amigo de estadísticas, le interese más la historia privada, individual, menuda, la que sufre a los que hacen la otra historia de los libros.
En algunos momentos descarnado, en otros tierno, Ayala escribe con lo que ha visto y lo que ha leído en un lenguaje que no deja de ser cervantino, y forma una de las mejores obras literarias de los años cincuenta. Muertes de Perro debe estar al menos en nuestra memoria.
La honestidad para el oficio, su pasión por la vida, además de tenerlo en pie a él, nos mantiene nuestra esperanza en que tal vez puede que sean ésos los secretos de una larga vida.
Pero hay un momento amargo, ése del que les hablaba antes, cuando la literatura de lo horrible nos tiene atrapados por su música, por su ritmo, y recordamos sus frases, sin saber que con esas artimañas, con la “felicidad de la expresión” que diría Roland Barthes nos ha inyectado la historia, la dureza de la historia, su tremendo sustrato y ya no podemos escapar a ella, a su contenido no hermoso, y nos acompaña como si no estuviera tan lejos de nuestros propios recuerdos y de nuestros propios miedos.