Nuevo Amanecer

HENRICK IBSEN, uno de LOS RAROS “PEER GYNT”, una de sus obras


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Ibsen es raro, no sólo porque Darío lo incluyó en sus escritos en prosa de sus años de juventud reunidos en la obra que tituló “Los raros”(1905), sino porque es en sí de los “poco numerosos”, “poco frecuentes”, “ralos”, que viene del binomio de “rareza y raleza”, según la derivación del latín “rarus”, que la humanidad suele producir de vez en cuando; tan raro como Darío mismo, que brilla solitario en el firmamento sin que nadie le haga sombra ni opaque su esplendor. Ibsen, “el Visionario de la Nieve”, fue RARO y sigue siéndolo desde su lengua noruega, de su estirpe gélida de viajero universal profundamente humano, “hermano de Shakespeare”, sensible y sensitivo, consciente e íntimamente sufriendo “con las angustias del corazón del mundo”, a quien el padre del Modernismo descubrió “como uno de mis ídolos de antaño”, dice: “…Un hombre, en resumen, de esencia especial, de tipo extraño que inquieta y subyuga, cuyo igual es inencontrable; un hombre que no se podría olvidar, aunque se viviesen cien años”. Según J. E. Arellano (1995), además de “ser el máximo representante del teatro realista escandinavo”, es para Rubén “el modelo más alto del escritor que vence a la sociedad burguesa tras denunciarla en forma lúcida e implacable”.
Henrik Ibsen (1828–1906) nació en Skien, a cien kilómetros al suroeste de Cristianía, hoy Oslo, capital de Noruega; de su agitada experiencia de vida, logra en sus escritos hacer converger el simbolismo, el realismo y la profundidad sicológica, en busca de las dimensiones interiores, en una obra agradablemente poética que busca desesperadamente desatarse y rebelarse de las formas y las apariencias, reflejando las propias tradiciones de su origen y la universalidad europea. “Estaba enfermo de humanidad… estaba ansioso de ensueños”. Salió joven de Noruega y regresó con vejez en la gloria. Darío, habiendo vivido en su propia existencia “el restringido círculo nacional” que le llevó a lejanas tierras que atentamente escucharan los versos que de su pluma brotaban con exquisita melodía e implacable ímpetu, escribe al referirse a ese dramaturgo que “sale de su torre de hielo”: “sus compatriotas no le conocieron; hubo para él, eso sí, piedras, sátira, envidia, egoísmo, estupidez; su patria, como todas las patrias, fue una espesa comadre que dio de escobazos a su profeta”.
Como una pequeña muestra, una de sus obras es PEER GYNT (1867), escrita el mismo año del nacimiento de Rubén Darío (1867-1916) y a la que nos referiremos a continuación. Está siendo preparada en Nicaragua con el patrocinio de la Embajada de Noruega y se presentará en ocasión de la celebración del centenario de la muerte de este inmortal que no necesita aureolas, porque como dice el poeta nicaragüense Carlos Martínez Rivas “su obra se defiende sola” y es que el sol brilla aún cuando se tapa con un dedo y el agua del río irremediablemente fluye en busca de sus senderos, aunque un dique pretenda contenerla, por encima de las mismas barreras del idioma. Hoy Ibsen es una realidad universal cuya influencia perdura, subsiste a pesar de la carga de los cien años como lo pronosticó el autor de “Los Raros”.
Es una obra poética en cinco actos, una de las preferidas del autor, llena del folclore noruego, con un suave humor. Es el retrato de los defectos de un pueblo que puede ser el nuestro, una época que sigue siendo presente, personificados en su personaje Peer Gynt, un hombre sin carácter ni convicciones firmes, lleno de fantasías, que no se atreve a construir reales emprendimientos, sino que vive de la ilusión y los sueños, que no lucha por lograr lo que quiere, sino se atiene, se deja arrastrar por los acontecimientos y las circunstancias. Es un mentiroso y un fantaseador, transforma los hechos a su conveniencia desde su propia ficción y comodidad. Encerrado en la propia falsedad construye una vida vacía, se cree un predestinado que sólo espera inactivo y divagando el porvenir. El personaje es una figura humana, desvalida y lírica de la creación teatral, en busca de los “enigmas de la psique humana”, que continúan subsistiendo y encuentran un único refugio: el amor. Al final, bajo el peso de los años y su sombra, admirado dice: “¡Entonces estoy perdido!”, después pregunta: “¿Dónde estuve yo mismo, el íntegro, el auténtico? ¿Dónde estuve, con el sello de Dios sobre la frente?”.
La época en que se desarrolla la historia es la mayor parte del siglo XIX en diversos escenarios rurales. Peer es un joven robusto de veinte años que no tiene vergüenza en mentir a Aase, su madre. Ellos están en la ruina, pero él insiste: “Vendrá un día en que te honrará todo el mundo. Espera que yo realice algo, algo realmente grande”… “¡Seré rey, emperador!”. Es conflictivo, bromista, parrandero, su padre era borracho; al enterarse de la fiesta que tendrá Ingrid, una muchacha del pueblo de la que pudo haber pedido la mano si no anduviera saltando por allí, decide ir y raptarla ante el alboroto del prometido y familiares. Después la deja abandonada y huye dejando indignación en todos los de la comarca. El joven delira en su borrachera, recorre los bosques y habla con las montañas, con sus fantasmas, duendes y leyendas. Se escurre: “Charlemos, pero de cosas ligeras. Y olvidemos todos los asuntos deprimentes y complicados”. Su madre, angustiada, lo justifica: “¿Tú? ¡No! La maldita bebida es la culpable de la desgracia. ¡Hijo de mi alma, tú estabas borracho, y estando así uno no sabe lo que hace!”. Ella muere en la pobreza, cierra los ojos y él cuenta sus historias fantásticas de palacios, riquezas, la lleva en un viaje de la mano a las puertas de San Pedro; ella confía, se ausenta mientras el hijo cuenta y cuenta. Es éste un episodio en el que el autor expresa en la brevedad una honda emotividad.
Ahora Peer irá muy lejos, viaja a países lejanos y a sus propios laberintos imaginarios en busca de aventuras, se pregunta: “¿Qué debe ser el hombre? Él mismo. Tal es mi lacónica respuesta”, más adelante responde, creando sus superficiales justificaciones: “Sí, sí; existe un destino que nos obliga, y podemos tener en él absoluta confianza. ¡Es un consuelo saberlo!”. Sus historias vividas e imaginadas se hacen una en él, las cuenta y las recrea, se las cree después de cada invención. A su regreso, en su alarde de grandeza, ofrece recompensas a los marineros, sufre un naufragio y dice: “No tengo familia. Nadie espera al rico vagabundo. ¡Mejor! Así, al menos, me libro de ovaciones en el muelle”.
Ya anciano entre la nebulosa conciencia de realidad y falsedad, como desecho de la vida, “El fundidor” le dice: “Tú jamás fuiste tú mismo, ¿Qué puede importar entonces, que mueras de una vez para siempre?”. Peer insiste: “…cada pena tiene su tiempo. Concédeme un crédito sobre mí mismo, hombre; pronto volveré aquí. No se nace más que una vez y uno siente apego por sí mismo, tal como fue creado…”. Ahora, viejo y solo, regresa a morir sobre el corazón de Solveig, la campesina sencilla que lo perdona y espera, la mujer que ha amado y cuyos sentimientos auténticos se habían ocultado en la evasión de las encrucijadas de la vida que no tuvo la entereza de enfrentar.

Managua, 9 marzo de 2006.