Nuevo Amanecer

“LA LIBERTAD POR UNOS VERSOS”


Corrían aquellos tiempos en que el Gral. Miguel García Granados comprendió que él no era el hombre capaz de dominar la situación de Guatemala, y hubo de entregar el mando al Gral. Justo Rufino Barrios, segundo Jefe de la Revolución Liberal triunfante.
La situación era crítica por demás, pues nadie ignora que Guatemala era un inmenso convento religioso que conspiraba a toda hora, y había que reprimir con mano fuerte tales propósitos, a fin de cortar de raíz el mal; de aquí, que el Reformador se viera en la necesidad de tratar con dureza a los enemigos de la libertad que trataran de trastornar el orden público. En aquel entonces, el talentoso poeta ISMAEL CERNA, que tenía 22 años y era sobrino del Gral. Vicente Cerna, que acababa de caer del poder al empuje de la revolución liberal de 1871; Ismael como es natural odiaba cordialmente al Gral. Barrios, a tal grado que hubo de ser encarcelado en la Penitenciaría, debido a sus trabajos revolucionarios. Estando en la prisión pidió papel y lápiz y escribió los versos que a continuación insertamos; y los envió al reformador. HE AQUÍ LOS VERSOS:

“A JUSTO RUFINO BARRIOS”

Ismael Cerna

Y qué? Ya ves que ni moverme puedo
y aún puedo desafiar tu orgullo vano
a mí no logrará infundir miedo
con tus iras, imbécil Tirano

Soy joven, fuerte, soy inocente
y ni la lucha, ni el dolor esquivo
me ha dado Dios un alma independiente,
pecho viril y pensamiento altivo.

Que tiemblen ante ti los que han nacido
para vivir de infamia y servidumbre,
los que nunca en su espíritu han sentido
ningún rayo de luz que los alumbre.

Los que al infame yugo acostumbrados
cobardemente tu piedad imploran,
los que no temen verse deshonrados
porque hasta el nombre del honor ignoran.

Yo llevo en mi espíritu encendido
la hermosa luz del entusiasmo ardiente,
amo la libertad más que la vida...
y no nací para doblar la frente.

Por eso estoy aquí altivo y fuerte,
tu fallo espero con serena calma
porque si puedes decretar mi muerte,
nunca podrás envilecer el alma.

Hiere... yo tengo en la prisión impía
la honradez de mi nombre por consuelo,
qué importa no ver la luz del día
si tengo en mi conciencia la luz del cielo.

Qué importa que entre muros y cerrojos
la luz del Sol, la libertad me vendes,
sin ven celestes claridad mis ojos,
si hay algo en mí que encadenar no puedes.

Hiere bajo látigo implacable
débil acaso ante el dolor impido
podrá flaquear el cuerpo miserable,
pero jamás el pensamiento mío.

Más fuerte se alzará, más arrogante
mostrará al golpe del dolor sus galas,
el pensamiento es águila triunfante
cuando sacude el huracán sus alas.

Nada me importa tu furia impotente
víctima del placer, señor de un día
si todos ante ti doblan la frente
yo siento orgullo en levantar la mía.

Y te apellidas liberal; bandido,
tú que a las fieras en crueldad igualas,
tú que la juventud has corrompido.
con tu aliento de víbora que exhalas.

Tú que llevas veneno en las entrañas,
que en medio de tus báquidos placeres
cobarde, ruin y criminal te ensañas
en indefensos niños y mujeres.

Tú que el crimen ensalzas, y que encarneces
al hombre del hogar, al hombre honrado,
tú, asesino, ladrón, tú que mil veces
has merecido la horca por malvado.

Tú liberal, mañana que a tu oído
con impotente furia acusadora,
llegue la voz del pueblo escarnecido
tronando en tu conciencia pecadora.

Mañana que la Patria se presente
a reclamar sus muertas libertades,
y que la fama pregonará cuento
al asombrado mundo tus maldades.

Al tiempo que maldigo tu memoria,
al mismo pueblo que hoy tus plantas lame
el dedo inexorable de la historia
te marcará como Nerón infame.

Entonces de esos antros tenebrosos
donde el horror y la inocencia gimen,
donde velan siniestros y espantosos
los inicuos esbirros de tu crimen.

De esos astros sin luz y estremecidos
por tantos ayes de amargura y duelo,
donde se oye entre llantos y gemidos
el trueno de la cólera del cielo.

Con atorrante voz, con prolongada voz
que estremezca tu infernal caverna
se alzará cada víctima inmolada
para lanzarte maldición eterna.

en tanto, hiere déspota, arrebata
la honra, la fe, la libertad, la vida,
tu misión es matar, sáciate, mata,
mata y báñate en sangre fratricida.

Mata Caín, la sangre que derrames
entre gemidos de dolor prolijos,
oh! Infame, le mejor e los infames,
ir a manchar la frente de tus hijos.

Aquí tienes también la sangre mía,
sangre de un corazón joven y bravo
no quiero tu perdón, me infamaría
mártir prefiero ser a ser esclavo.

Hieren a mí que te aborrezco impío,
a ti que con crueldades inhumanas
mandaste asesinar al Padre mío
sin respetar sus años y sus canas.

Quiero que veas que tu furia arrostro
y sin temblar que agonizar me veas
para lanzarte una escupida al rostro
Y decirte al morir: ¡MALDITO SEAS!

Al leer el Reformador los versos anteriores, ordenó que trajeran al autor a su presencia
- ¿Tú has escrito estos versos? Le dijo, con el ceño y la voz áspera apenas lo vio
- Sí, yo los escribí, contestó el joven con voz firme.
- ¿Y sabes a lo que te expones con semejante proceder?
- Nada me importa.
- El Gral. se le quedó mirando de pies a cabeza y paulatinamente fue dulcificando la expresión. El Gral. gustó mucho siempre de los espíritus fuertes como el suyo.
- Sabes, le dijo después de corta pausa, que no están malos?
- No sé si están malos, sólo se que los he remitido.
- Bien, ¿qué quieres?
- Nada pido, ni necesito.
- ¿Quieres servirme?... Haré tu felicidad.
- No, de Ud. nada quiero.
- Está bien... quedas en libertad. Ve a seguir escribiendo contra mí, que yo no tengo miedo más que a la historia, ella me hará justicia.

El día 2 de abril de 1896 hacíamos una manifestación de duelo ante la Tumba del Caudillo Unionista, en el Cementerio de la Ciudad de Guatemala. Ismael llegó en momentos en que acababa de hablar un liberal, y al ver la multitud al poeta indudable con miradas hostiles, le aclamó para que tomara la palabra y él sereno ocupó la Tribuna e improvisó el siguiente soneto:

“EN LA TUMBA DEL GRAL.
JUSTO RUFINO BARRIOS”

No vengo a tu sepulcro a escarnecerte,
no llegue mi palabra vengadora.
Ni a la viuda, ni al huérfano que llora,
ni a los fríos despojos de la muerte.

Ya no puedes herir ni defenderte,
ya tu hazaña pasó, pasó tu hora,
solamente la historia tiene ahora
derecho a condenarte o absolverte.

Yo que de tu implacable tiranía
una víctima fui, yo que en mi encono
quisiera maldecirte todavía.

Mas no olvido que un instante en tu abandono
quisiste engrandecer la Patria mía,
y en nombre de esa Patria

“TE PERDONO”