Nuevo Amanecer

Poesía completa

ALFONSINA STORNI (Sala de Capriasca, Suiza 1892, – Mar del Plata, Argentina 1938)

“Ya me fatiga esta misión de rosa”
Es la queja de la Storni frente al mar, que le trajo la muerte, o al que ella le entregó la vida. Es la queja frente a los hombres, a los que dedicó una pelea en versos durante toda la vida.
Rara vez confluyen tantas y tan grandes representantes de una generación y una poesía, y en América Latina se unieron como en una lección, aún no del todo aprendida, tres luces, tres damas de la poesía de igual estatura: Juana de Ibarbourou en Uruguay, Gabriela Mistral en Chile y Alfonsina Storni en Argentina. El fenómeno de estas tres mujeres, creo que aún no abordado con suficiente importancia, surgido a la sombra del modernismo, ofreció una voz singular a un siglo entre guerras. De momento, dejaremos a Delmira Agustini, que merece capítulo aparte.
De las tres, Gabriela Mistral fue la más laureada, llegando a obtener el Nobel, y su misión literaria y educativa tuvo un alcance continental. Sin embargo, de las tres, la figura con más relevancia poética ha sido durante mucho tiempo Alfonsina Storni, o la Storni, como me enseñó a llamarla mi tío Ricardo, un poeta que estaba embrujado por los poemas de Whitman, de Rubén Darío y de la Storni.
Creo que a Alfonsina Storni le volaba cerca un pájaro de genio, mientras que, en el caso de la Ibarbourou y la Mistral el nivel poético siempre parece ser el mismo. Hay poemas de ambas que son muy buenos, en especial los de Mistral. Otros no tanto. Sin embargo, en Storni algunos versos, más que algunos poemas son tan afilados, llegan tan hondo, o tan alto, y otros, sin embargo, nos despistan porque no parecen tan buenos. En el poema que la Storni por ejemplo le dedica a Horacio Quiroga, con quien se dijo que mantenía un romance, hay momentos fortísimos, tan claros y luego otros que se diluye algo, que se desinfla, que pierde su ritmo.
Storni escribía también sobre sus conflictos. De ella misma dijo lo siguiente: “Soy superior al término medio de los hombres que me rodean, y físicamente, como mujer, soy su esclava, su molde, su arcilla. No puedo amarlo libremente: hay demasiado orgullo en mí para someterme. Me faltan medios físicos para someterlo. El dolor de mi drama es en mí superior al deseo de cantar…”
Si tuviéramos que elegir un libro de poemas de los suyos, empezaríamos por uno de los últimos, probablemente El Mundo de Siete Pozos, escrito en 1934, porque en él Storni ya está libre, ya no tiene los amarres de la estética modernista como aún se le siente en El Dulce Daño o en La Inquietud del Rosal. La larga sombra de Darío y Lugones empieza a desaparecer, pero también, el tema permanente de contrastarse sólo con el hombre. Storni no planteó la batalla con la energía de Sor Juana Inés de la Cruz, sino con una amargura, consciente de poseer una superioridad estética. Antes dije que en su última etapa la Storni parece más libre, pero también más triste. En Ocre, escrito en 1925, quizá esté su esplendor de corrientes y de temas, pero no habrá mejor acercamiento que a cualquier obra completa o selección de sus poemas. Uno podrá comprobar lo que antes decía, la facilidad y el genio, aunque inconstante como en sus versos más conocidos “Me quieres blanca/ me quieres alba…”. Y al lado, poemas que podrían estar en una selección de oro de los mejores que se hayan escrito nunca en español, como a mí me parece uno que me dejó con la boca abierta, titulado Sugestión de Un Sauce: “Debe existir una ciudad/ de musgo/ cuyo cielo de grises, al/ tramonto, / cruzan ángeles verdes/ con las alas/ caídas de cristal/ deshilachado. / Y unos fríos espejos/ en la hierba/ a cuyos bordes/ inclinadas lloran/ largas viudas de viento…”
Pero la Storni se nos ha quedado frente al mar, como en la canción de Mercedes Sosa, y en él se encuentra la mejor poeta de América Latina.
FRENTE AL MAR
Oh mar, enorme mar, corazón fiero
de ritmo desigual, corazón malo,
yo soy más blanda que ese pobre palo
que se pudre en tus ondas prisionero.

La propia conciencia de la debilidad física la acompañó siempre. ¿Acaso creyó ella en la estatura que el tiempo le daría? ¿Acaso también sabía que el ser mujer aún le restaría las alabanzas en los primeros tiempos tras su muerte? Su vida, por no decir su muerte, es una pregunta que no se antoja difícil de contestar. Esa debilidad física al final se tornó en un cáncer.

Me empobrecí porque entender abruma,
me empobrecí porque entender sofoca
¡Bendecida la fuerza de la roca!
Yo tengo el corazón como la espuma.

Si esta estrofa fue escrita desde un sentimiento verdadero, una expiación y no una mera expresión literaria, el dolor de la Storni debió de haber sido tremendo. Puesta en ese papel de rosa, dispuesta a aguantarlo todo, soportarlo todo, debieron hacerle mucho daño, dejarla sola, es decir, puesta a merced del viento.

Mírame aquí, pequeña, miserable,
todo dolor me vence, todo sueño;
mar, dame, dame el inefable empeño
de tornarme soberbia, inalcanzable.

Vuele mi empeño, mi esperanza vuele...
La vida mía debió ser horrible,
debió ser una arteria incontenible
y apenas es cicatriz que siempre duele.
En su infancia el teatro se cruzó en su camino, y con él la enseñanza de que la literatura podía salvar de muchas inquietudes, aquietar algunas contradicciones. Sin embargo, ni eso le sirvió aquella noche, a la una de la madrugada, cuando se lanzó al mar terrible, del que siempre había escrito, sólo que esta vez quiso conocerlo por dentro, que él la conociera. La noche anterior dejó escrito su último soneto: Voy a Dormir, donde soñó, paradójicamente, que se volvía de tierra. Estos versos, sabiendo cuando los escribió, no dejan nunca de provocar escalofríos.
“Déjame sola: oyes romper los brotes.
Te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases
para que olvides. Gracias... ah, un encargo:
si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido”.
Escrito la noche antes de que se adentrase en el mar para morir.