Nuevo Amanecer

Cuando conocí a Coronel Urtecho


Mi abuela Mimí me había estado insistiendo en que yo debía conocer a José Coronel, su sobrino, y por tanto mi tío. Era hijo de su hermana, mi tía Blanca, otra de las Urtecho. Mimí era quien tenía más afinidad con él de toda la familia Urtecho, pues era también bastante intelectual a su manera: daba conferencias y charlas, era dirigente de Acción Católica, mantenía programas de radio, hacía sociodramas y cosas así, ciertamente inusitado en una señora de aquel tiempo. Ella gozaba mucho oyendo a José Coronel, y teniendo un nieto poeta quería que también lo conociera. Coronel al principio no había tenido interés en verme. Mi abuela le había mostrado unos versos publicados en una revista de Acción Católica dirigida por ella, que trataban de unas garzas volando sobre el lago, y él le dijo que los jesuitas muchas veces escribían versos y no los publicaban como de ellos, sino que se los adjudicaban a algún alumno, y que seguramente ésos no serían míos, sino de algún jesuita, posiblemente del Padre Ángel Martínez. De todos modos, ella me llevó donde él en una de mis salidas a Granada, a la casa de su suegra, a cuadra y media de la casa de Mimí, adonde él estaba entonces, porque normalmente residía en el río San Juan. Así pues que llegamos donde José Coronel, y para mí el primer encuentro fue uno de los más grandes choques que he tenido en mi vida.
Comenzó a hablar poniéndose de pie, porque al hablar fácilmente se exaltaba, y al exaltarse se ponía de pie. El que había sido fundador de la Vanguardia me dijo que no creyera en Neruda, que era fuerte como un buey, pero tenía la inteligencia de un buey; que un gran mal de nuestro tiempo era la literatura del disparate, esos escritores que no sabían lo que escribían y dejaban que el inconsciente escribiera por ellos; y lo mismo la pintura, Picasso podía ser buen dibujante, pero mucho de lo que pintaba eran burlas al público; lo del burro era cierto: que habían arrimado una paleta con colores a la cola de un burro, y él con su cola embadurnó una tela, y eso lo presentaron como una buena pintura moderna; que también muchas cosas que habían dicho ellos como reaccionarios eran falsas; ¿la vuelta a la Edad Media? Él ya no creía en ninguna vuelta a la Edad Media; él seguía siendo reaccionario, pero la edad en la que él creía era la Edad de Piedra, que había sido la verdadera edad de oro de la humanidad; ah, y los griegos, sobre todo los griegos, cualquier cosa que ellos hicieran era bella; ¿cómo era posible que yo no hubiera leído a Homero?; todo lo que en el mundo se ha descubierto lo descubrieron los griegos, no hay nada que nosotros sepamos que no lo hubieran sabido ya los griegos; hasta la democracia es de los griegos; hasta en lo culinario: cinco siglos antes de Cristo, el gran cocinero griego Philoxenos había escrito un libro de cocina leído y comentado por Platón y Sócrates con recetas tal vez de hace 4,000 años, como la de un atún con aceitunas que puede haber comido Ulises, y aún se come actualmente en Grecia, y es a este cocinero al que debemos que se lleve a la mesa la comida caliente y no fría. Y se sentaba, se levantaba, caminaba, se volvía a sentar y se levantaba, y fumaba y fumaba, y la piel de su cara era escabrosa como si había tenido viruela; la cara era roja como si tuviera la sangre a flor de piel, los ojos pequeños, verdes y brillantes como si fueran un fuego verde, la boca estrecha y rala, y las palabras que de ella salían eran con mucho énfasis, casi no podía decir nada que no fuera con énfasis, y era difícil contestarle, la conversación con él era casi sólo estar oyendo. Había que volver a los clásicos, decía, como él ahora había vuelto; era bueno hacer sonetos, que es lo que él estaba haciendo. Y me leyó fragmentos de poetas del Siglo de Oro de una antología que tenía a mano, y aun del detestado romántico Zorrilla para demostrarme que también él podía tener cosas buenas; mientras su sobrina Chilo pasaba por los corredores en ocupaciones domésticas, y yo la miraba de reojo sin dejar de atender a la lectura, nos traía una naranjada, la lindísima Chilo Peñé, blanca como la leche, con doradas pecas y una cabellera como de filamentos de cobre, que tal vez ahora andaba más en sus ocupaciones en los corredores porque estaba yo, ¿por qué no? Yo era un muchacho y ella era una muchacha; pero entiéndanme que no estoy hablando sólo de la primera conversación cuando me llevó Mimí, sino también de otras posteriores que se me juntan ahora en una sola.
El desconcierto que inicialmente me produjo este encuentro fue porque me cambió los esquemas. Coronel tuvo diferentes fases en su vida, y a mí me tocó conocerlo en el momento en que entraba en una nueva fase, la del clasicismo. Solamente dos veces he tenido esta crisis: la de esa vez con Coronel, y la otra con Merton, cuando empezó a presentarme la vida trapense que yo había idealizado, y a la que me había entregado como una vida anacrónica, ritualista y artificial que debía ser cambiada.
Era entonces la época en que Coronel estaba escribiendo sus sonetos clásicos, como aquél del roble florecido que comienza: “Un desmedrado roble sin verdor”, y en el último verso del segundo cuarteto dice: “Ha amanecido esta mañana en flor”.
O aquél para su mujer cazadora, en que describe cómo en la aurora su mujer se levanta va a cazar un venado, entra en la espesura donde no hay camino, salta un venado, le apunta, le dispara y mata, y cuando regresa, el marido, que es poeta, relata la hazaña en un soneto clásico. O la elegía a la paloma patacona, a la que ha matado él mismo, a la que él llora, pero a pesar de todo se la come. Eran sonetos que él había traído del río, y me leyó algunos, pero si fue en aquella primera vez, no me acuerdo.