Nuevo Amanecer

José Coronel Urtecho siendo pintado por Dieter Masuhr o autorretrato con pintor


El pintor alemán Dieter Masuhr termina de alistar sus instrumentos de trabajo –pinceles y tubos de óleo—sobre un fogonero donde me pintará bajo la sombra de un bajareque junto a una tapia en que no da directamente el sol, pero lleva su luz.
Desde el primer momento, al sólo verle manejar los trastos de su oficio, lo que más me llamó la atención fue no sólo que él hablara, sino que trabajara con ironía. No había reparado en ello las anteriores ocasiones que lo había encontrado en otras circunstancias. Él mira, sonríe, habla, trabaja, con expresión irónica.
La pintura de Masuhr me hace pensar, no sé si con razón, en una libre y ya connatural actualización de la rica experiencia de los expresionistas alemanes, pasados como a través del filtro de la izquierda política y la fraternidad internacionalista. Sé que Dieter Masuhr anduvo en el Frente Sur pintando escenas y figuras de nuestra guerra de liberación. Es significativo que la pintura de un joven de Alemania Federal, como él, esté tan vinculado con la revolución de Nicaragua y hasta en cierta medida influenciada por ella. Para mí, éste es un signo de un mundo nuevo.
Me he dado cuenta, siendo pintado por Dieter Masuhr, que en el proceso de ser pintado se produce una forma de identificación entre el que pinta y el pintado o lo pintado o la pintura y el hecho mismo de ser pintado. En algunos momentos, todos los elementos que están en juego llegan a ser una misma cosa y el arte alcanza su finalidad y logra su propósito cuando esa identidad o grado de unidad se da en el cuadro. Parecía o me parecía que ambos celebrábamos todo lo concerniente al hecho de pintarme. De algún modo experimentaba, como él seguramente también lo experimentaba, que ambos colaborábamos en el hecho de pintarme. Era una experiencia que no cabía relacionar con las anteriores pinturas que me habían realizado. Hasta pudiera quizá decirse que el retrato de uno por Dieter Masuhr es en alguna medida autorretrato. El retratado por Masuhr deja de ser modelo en el sentido convencional y se convierte hasta en cierto punto en autor o coautor de su retrato. No sólo por un proceso de identificación o de empatía con el pintor, sino también por una especie de proyección de su imagen subjetiva o su autoimagen en la que va pintando el pintor en un cuadro.
La actividad de Dieter Masuhr se ejercitaba incesantemente de diversas maneras y en diferentes planos, sin romper ni un instante la relación conmigo, como sujeto-objeto a la vez que discreto participante, sin disminuir o perder la distancia requerida para la lucidez del arte y en esa forma principalmente se establecía el diálogo entre nosotros, que de alguna manera impredecible y sorprendente se plasmaría y culminaría en mi retrato. Éste sería después el resultado de ese diálogo. Todo retrato auténtico, aun el hecho por medio de una cámara fotográfica, debe ser el efecto de una conversación, cuando no es, como a veces ocurre, el testimonio de una confesión.
Lo que me parecía más significativo en la manera en que me pintaba Masuhr era, estaba seguro, que no sólo al comienzo, cuando empezaba a embadurnar la tela, sino también a continuación, durante todo el tiempo hasta el final de las tres o cuatro sesiones de trabajo que fueron necesarias para dar por concluido mi retrato, en la pintura de las partes identificadoras y al descubierto, como la cara y las manos, predominaría el color rojo sangre o el color carne viva. Esto pudiera ser símbolo de violencia, aunque tal vez también o solamente de sensibilidad exacerbada. Esos estados emocionales o realidades pasionales los encontró ya entre nosotros, que aún los seguimos heredando desde la Conquista y a través de la explotación, la oligarquía y la dictadura, y hasta posiblemente lo compartiría con nuestro pueblo, lo que no le impedía, como me lo dijo, convivir la alegría y la risa y la esperanza de la gente de las pequeñas poblaciones, como Belén o Niquinohomo, adonde él iba a veces a pintar en la calle o la plaza rodeada de curiosos. Como fuera, lo cierto es que, desde el momento que empezaron mi cara y mis manos a tomar forma y más cuando mi figura quedó concluida, se hizo evidente que mi retrato por Dieter Masuhr era el retrato de un desollado.
El desollado en mi retrato es un hombre desnudo. Quiero decir un hombre reducido a la más completa y final desnudez. Ya totalmente desnudo de la cobertura convencional de su piel o de sus pieles anteriores, despojado de todas sus máscaras y disfraces. Era pensable que se tratara de un hombre visto a la implacable luz de la revolución. Parecía ser el borde, el límite, la frontera del hombre de carne y hueso de este planeta. En esa línea más o menos está el desollado del retrato, que es un nicaragüense como otro cualquiera al que la revolución ha desnudado de su vieja piel y se ha quedado sin piel de lobo ni piel de oveja. Ya tal vez sin rapacidad, sin miedo y sin hipocresía.
El retrato es como una especie de entrevista a fondo. No sólo retratar, sino ser retratado viene a ser un intento de trasladar lo interno de las personas del retratado y el retratista del interior de los dos ellos al retrato. La posición del retratista y el retratado resulta ser de algún modo la misma o cuando menos coincidente. Cuando el diálogo de los dos se desenvuelve en un nivel de completa sinceridad, el resultado es que, ante el cuadro, ambos están en realidad desnudos ante el espejo de la verdad. Más que desnudos, hay momentos en que están desollados. Tal vez a eso se deba que los retratos por Dieter Masuhr parezcan tantas veces desollados, despellejados, volteados, como quien dice, del interior al exterior, de adentro para afuera. Todos o casi todos parecen gente de carne viva.
Luego vinieron las primeras largas pinceladas del largo pincel, velozmente trazadas con unos pocos gestos para delinear los límites del espacio que ocuparía mi retrato y dejar indicados los contornos más amplios de la figura humana, dentro del cuadro que Masuhr proyectaba como un retrato del grupo, con unos pocos de los muchos poetas por él conocidos, para que en cierto modo representaran a la poesía nicaragüense, pensaba pintar a nueve poetas y él me había escogido para empezar conmigo, no por ser yo, como lo soy, el más viejo de todos, sino tan sólo porque yo, como siempre, sólo estaba de paso por Managua y esta vez, más que las otras, tenía urgencia de regresar al lugar donde vivo, en la zona del Río San Juan, por la frontera de Costa Rica.
Él me había advertido de previo que su interés era estimular el del retratado en el proceso del retrato, haciéndolo participar creativamente por la conversación. Él sólo va pintando, va sólo dando pinceladas, pincelada por pincelada, y sin saber, como él me dice, qué va buscando, dando con algo, dudando, cambiando, hasta sentir que ya está bien, que eso ya es algo, que entre ese algo y él y yo, en ese momento, en ese punto, se da una relación en el retrato. Lo que quiero decir es que el conjunto de esos puntos de relación es mi retrato por Dieter Masuhr.
Cuando el retrato empezó a definirse como mío y tomar de algún modo los rasgos en mi cara y mi modo de estar, el aire de mi figura, es curioso que lo primero que asomó fue el judío, es decir, el ascendiente judío de los Coronel. De haber sabido cómo vendría desenvolviéndose el asunto, yo hubiera esperado más bien rasgos indígenas, nahuas o chorotegas, aunque mi tipo nunca ha tenido características que me hagan sentirme étnicamente ligado a la prehistoria de mi país. Nuestros antepasados precolombinos no asomaron sus rostros sino más avanzado el proceso de mi retrato y eso en las formas más desleídas del mestizaje nicaragüense.
Casi inmediatamente, sin embargo, las pinceladas de Dieter Masuhr disimularon la preponderancia de los rasgos judíos en la fisonomía de mi retrato, aunque no los borraron del todo, ni desaparecieron por completo, ya que éstos son aparentemente los que a mí me caracterizan. Pero dos pinceladas color de sangre o carne viva, cuando no simplemente una sola, bastaban para cambiar ya no sólo el estilo, sino el sentido mismo de mi nariz o de mis ojos, la significación y las derivaciones de mis pómulos o mi barbilla, dando a mi cara los más inesperados parecidos o ya casi olvidados miembros de las diversas ramas de mi familia en el pasado. Aunque no a todas las conozco, estoy seguro que de casi todas, si no de todas, las familias nicaragüenses de que provengo. Pero es irrisorio que no me parecía a los ya escasos parientes míos de mi generación que viven todavía, sino a personas muertas hace muchos años y muy posiblemente algunos que ni yo conocí. Fue entonces que comenzaron a aparecer los indios.
No propiamente los indios puros, los anteriores a la Conquista, sino los mestizos de tipo aindiado, en los que a todas luces predominaba la sangre indígena, aunque a veces pasaba más bien lo contrario y se marcaban más los rasgos españoles sobre el fondo aborigen, para volver a hundirse en él casi inmediatamente.
En el retrato que iba pintando a mi lado Dieter Masuhr en la tela clavada en la pared frente a nosotros, se saltaba de pronto o se pasaba lentamente de la falta de piel o piel vuelta al revés, del rostro del desollado, llagado, chollado, manchado de sangre o coágulos de sangre, como el rostro de Cristo en el velo de la Verónica, a superficies lisas o tirantes como cueros de tambores o mascaritas o caritas de idolillos de barro cocido, aunque lo más frecuente fueran las arrugas, las arrugadas máscaras o caras de viejos y viejas octogenarias de mis ya desaparecidos parientes.
Toda esa gente pasó de algún modo, sin saber yo ni cómo y hasta quizá ni cuándo, por las facciones de mi retrato en el proceso de ser pintado por Masuhr, sin que él tuviera, desde luego, ni el más ligero indicio de lo que sucedía y hasta sin que entendiera ni tomara en serio las tentativas sugerencias al respecto de lo que yo le hacía. Por mi fisonomía, sin embargo, estoy seguro de ello, desfilaron en mi retrato, no sin sorpresa mía, judíos, indios, vascos, catalanes, andaluces, extremeños, castellanos, antecesores míos, conocidos o desconocidos que no sé yo en qué forma permanecían en mi archivo mental, de donde me imagino se trasladaban por los pinceles de Dieter Masuhr al lienzo que él tenía clavado en la pared. No exactamente que yo los viera y pudiera reconocerlos a todos ellos en su rápido tránsito por mi retrato, sino más bien que las pinceladas de Dieter Masuhr iban dejando en mí la convicción de que así sucedía. Mi sorpresa, no obstante, fue poco a poco disminuyendo cuando los parecidos en el retrato pasaron de las indias a mestizas Cabistán del Diriá, a las españolas Cabistán de Granada y de éstas a las Urtecho. Poco después, el parecido más o menos mío se concretó casi todo en mi madre. Y es que, a medida que fui madurando, o en la medida que fui madurando y luego envejeciendo, he venido tomando tanto en la cara como en el cuerpo y hasta en mis gestos y movimientos, un cierto parecido con mi madre, que me gustaba, desde luego, encontrar de algún modo en este retrato.
El parecido no se detuvo más que algunos minutos en mi madre, aunque algo de ella quedó como base de los siguientes cambios ocurridos en la apariencia de la pintura. En adelante, no pude ya reconocerme bien. Ya no tenía en quién reconocerme y saber cómo soy. Ya habían terminado mis antepasados o antecedentes reales o imaginarios, desde los tiempos de Alfonso el Sabio. Era una sensación extraña, la que me dominaba viendo el retrato llegar a su fin, que en realidad venía a ser su nacimiento, el principio de su existencia independiente y luego, ya terminado, o mejor, ya acabado, es decir, ya existente, fue que tuve la sensación de que ya no tenía a nadie a quien parecerme, ni siquiera a mí mismo, puesto que no lograba reconocerme. Ya en este punto no me reconocía o no quería reconocerme, aunque algo más profundo me decía que mi retrato por Dieter Masuhr se parecía a mí más que yo mismo. Así era yo, así sería alguna vez, en alguna parte. Ese era yo quizá definitivamente.
Algún tiempo después, Dieter Masuhr me recordó que yo le dije entonces, referente al retrato, que se le veía, que se le ve lo triste de la vejez. Es una cosa que si la pienso, si reflexiono en ella no deja de extrañarme, porque, lo que es a mí, ni la vejez me quita la alegría. En realidad, en el retrato parecía tan viejo que la vejez la había, como quien dice, dejado atrás. Era algo así como si pasando o traspasando más allá de la vejez de algún modo la hubiera, en efecto, dejado atrás, no siendo ya realmente ni viejo ni joven. Del mismo modo que en el retrato parecía al comienzo como acabado de nacer y hasta como antes de nacer y aún de ser concebido, al terminar aparecía como ya sin edad, pasada o ya traspasada la última edad. Como si, habiendo ya pasado más allá de la muerte, también la hubiera dejado atrás.
Puede ser que no sea sino una impresión que tuve cuando dejé de ser pintado, cuando me liberé de la experiencia de estar siendo pintado, pero estoy convencido que mi retrato por Dieter Masuhr realizaba una especie de intemporalidad. No se sabía si estaba muerto o resucitado. Como me tuve que marchar de Managua casi inmediatamente al lugar donde vivo, no tuve tiempo de mirar si los retratos de mis compañeros del grupo de poetas que completaron después el cuadro daban también esa impresión, pero seguramente pasaría con ellos lo que conmigo.