Nuevo Amanecer

Viajes


Es por un viaje frustrado que empiezan las aventuras de Truman en The Truman Show, de 1998, de Peter Weir, al igual que en 1990 para Douglas Quaid, héroe interpretado por Arnold Schwarzenneger, de Total Recall, película de Paul Verhoeven inspirada en Philip K. Dick.
Deja ello sospechar que el principio del viaje es fundamental en la motivación inicial de la narración. Selon Vladimir Propp (Morfología del cuento, 1928), el cuento, y probablemente todos los relatos, se basan en 31 funciones primarias, entre las cuales la primera es la ausencia de uno de los miembros del hogar, y la undécima (siendo las siete primeras preparatorias o introductorias a la secuencia del relato) es la partida del héroe de la casa.
En las sociedades primitivas es común y hasta indispensable el ritual de pasaje para los adolescentes para integrarse al grupo de los adultos. La prueba que tienen que superar es la del alejamiento obligatorio del pueblo durante un tiempo determinado, a veces relativamente largo, para poder volver ya superadas varias pruebas de resistencia y otras que se les impone. Así es comprensible que el héroe en los cuentos tenga que irse para poder volver, idénticamente, superadas las pruebas.
En sociedades donde no se contempla el viaje como constitutivo de la organización social (por oposición a la contemporánea, v. nuestro artículo sobre “Movimiento”, 12/10/2005, donde hasta puede favorecer la emergencia más rápida e incontrolable de pandemias), es lógico entonces que el principio del viaje, como en los cuentos, asuma la estructura de los viajes iniciáticos de las clases de edad reales: es decir, el ir y volver.
Se metamorfosea en la literatura moderna y la sociedad contemporánea en el principio de viaje en sí (Moby Dick, 1851, de Herman Melville), aunque con rasgos de regreso (en particular en Julio Verne: La vuelta alrededor del mundo en 80 días, de 1873, Dos años de vacaciones, de 1888, v. también Captains Courageous, 1896, de Kipling). Paradigmático de ello son el movimiento beat de Jack Kerouac y la respuesta que le hizo a un periodista Cendrars cuando dijo que nunca se había ido con la idea de descubrir algo, sino con gana de “foutre le camp”. Mallarmé, padre de la literatura contemporánea, en su famoso poema “Brisa Marina”, deja entrever este principio de la ida como clave del viaje en sí. Asimismo, Baudelaire o Rimbaud en sus recorridos poéticos y vivenciales. El viaje como valor en sí, ya no educativo, implicando obligatoriamente retorno, se vuelve un tema de la novelesca de finales del siglo XVIII y del siglo XIX, empezando con obras como La isla del Tesoro, de Stevenson (1881-1883), y las atractivas aventuras de piratas y corsarios surcando los mares de todos los continentes. Emilio Salgari o Henry Rider Haggard son autores que hicieron del viaje en los distintos continentes temas recurrentes de la novela. Al igual que numerosos corsarios, como Surcouf, que escribieron su autobiografía.
Sin embargo, conserva el principio del viaje el elemento clave de la prueba superada (v. Wild Hogs, 2007, de Walt Becker) y el regreso feliz, aun cuando, como hemos dicho, este último, el regreso, no sea ya obligatorio, y hasta puede ser objeto de desencuentro (Forces of Nature, 1999, de Bronwen Hugues; Cast Away, 2000, de Robert Zemeckis). El desarraigo del viaje como integrador del joven dentro de la sociedad puede leerse desde dos perspectivas: la primera, el rechazo de dicho modelo (The Wild One, 1953, de László Benedek; En el camino, 1957, de Kerouac, que hizo famosa la ruta 66). La segunda, proveniente de la extensión de los viajes como fenómeno popular desde el siglo XIX (El coche correo inglés, 1849, de Thomas de Quincey; L’ensorcellée, 1854, de Barbey d’Aurevilly; Zazie dans le métro, novela de 1959 de Raymond Queneau, puesta en escena por Louis Malle en su película homónima de 1960).
Es por lo que la identidad personal se definió dentro del marco ampliado de lo nacional, a su vez visto como un viaje iniciático para los jóvenes (v. los libros citados de Verne y Kipling, así como Oliver Twist, 1837-1839, de Dickens, Hojas de Hierba, 1855, de Walt Whitman, Tour de France par deux enfants, 1877, de Augustine Fouillée, Sans Famille, 1878, de Héctor Malot). La ambición de unificación de los Estados-Naciones nacientes en el siglo XIX, asociada con el mejoramiento y aceleración de los transportes, permitió fusionar, desde Conan Doyle, Gaston Leroux, Maurice Leblanc, y Agatha Christie, y hasta en cierta medida en el mismo Kerouac y los beats, la ideología topográfica de lo nacional como pluralidad y variedad abarcable. Son los programas tales como FoodNation de Bobby Flay, $40 a Day de Rachel Ray y Unwrapped de Marc Summers en FoodNetwork.
Por contraposición, y respondiendo a esta identidad entre recuerdo mental y topografía concreta se cambió el recurrente viaje del alma en el más allá de los “viajes de infierno” medievales, cuyo más famoso es el del Dante, por viajes reales, la época moderna proponiéndonos una alternancia entre maravillas reales y ficticias (el libro de las maravillas, 1296-1298, de Marco Polo, o El Decamerón, 1351, de Boccaccio, vs. por ej. la Hypnerotomachia Poliphili, 1467, atribuida a Francesco Colonna), y así, como en Kerouac donde viaje en la carretera (hacia las grandes ciudades-símbolos y de tránsito de la nación) y viajes con la droga se asocian, el viaje contemporáneo se entendió de dos formas: la una el viaje del agente secreto (James Bond, OSS117), dios del cielo, la tierra y el mar, alrededor del mundo, y el viaje interior (Viaje alrededor de mi cuarto, 1794, de Xavier de Maistre; En busca del tiempo perdido, 1913-1927, de Proust) en que la evocación, similar a la agustiniana, es la de lugares convenidos, de puntos de encuentros entre la mente individual y el reconocimiento social, lo que atestigua el punto de partido de Proust con el reencuentro con lugares familiares, todos de encuentros sociales y típicamente pueblerinos (es decir, asimilables por el lector), mentalizados desde el sabor de la “madeleine”.