Nuevo Amanecer

Historia de una escalera (1949)


Antonio Buero Vallejo (Guadalajara, 1916 – Madrid, España, 2000)

Llevaba prendida en su mirada la tristeza melancólica de todos los que perdieron una guerra, una especie de resentimiento con la vida (no debería atreverme a decir esto de tan lejos en el tiempo, pero parecía que se culpaba a sí mismo de no haber muerto como los héroes, como sus santos en la guerra, como aquél que él dibujó de perfil con la frente amplia y los ojos de pastor: Miguel Hernández, su compañero de celda) Se podría pensar que con esa tristeza en los ojos, fue extraño que no hubiese terminado en el suicidio. Entonces, ¿qué lo movió a seguir viviendo? Tal vez, digo, sólo tal vez, el teatro, además de otras cosas que siempre pone la vida en defensa de su tiempo y en contra de la muerte.
¿Es el Bertol Bretch en lengua española? No tanto en el estilo, no usó el grado de renovación experimental de Bretch (el que rechazó el Nobel) pero sí su alcance de representación y denuncia social. Algunos lo asocian más al existencialismo de Camus o de Sartre. Su simbología de la ceguera en algunas obras podría parecerse a lo que escribió Saramago, años después, en forma de novela. Pero nadie le quita que tal vez haya sido el autor de teatro más valiente y social en la España de Franco.
Y de la tristeza de varias generaciones es lo que cuenta Historia de Una Escalera, que no por ser triste es aburrida. Al contrario, se hace demasiado nuestra, y hasta causa un temblor entre los espectadores. Una obra que no deja indiferente ni siquiera al leerla.
Alguna vez dije que leer teatro es una buena, sencilla y ágil manera de acercarse a la literatura, y si uno lo sigue leyendo y tiene la fortuna de encontrarse con Shakespeare acaba encontrándose ya con la literatura entera. Después sólo queda releer. Vaya, con qué exageración estoy saliendo ahora, ¿verdad? No me hagan mucho caso. Sigamos mejor, subiendo y bajando esta escalera que es el símbolo de un destino sin destino, de una vida sin más heredada después de la guerra.
Hay muy pocos que puedan recordar la España de los años posteriores a la Guerra Civil sin amargura. De esos años cuarenta y cincuenta, las obras que nos relatan los hechos no son precisamente festivas, basta recordar La Familia de Pascual Duarte de Cela, o después la recreación de La Colmena. Gentes que sólo vivían de su pasado o de su fama, o de ningún atributo, una España sin oportunidades, atada por las convenciones que habían venido nuevamente a borrar como si no hubiera existido hasta el mínimo vestigio de la Segunda República. De aquella revolución cultural, educativa y social no quedó nada, o casi nada. Sólo la tristeza de quien la añoró durante la vida después, la tristeza de los ojos de Buero Vallejo.
No deja de ser curioso los años de Buero en la vida. Su primera vocación de siempre fue el dibujo – como muestra el retrato para siempre, una obra clásica tal vez sin proponérselo de Miguel Hernández en la cárcel-. Cuando quiso alistarse como voluntario para combatir en el bando republicano de la guerra civil, no se lo permitieron, pero aprovecharon su habilidad para formar parte de la campaña de propaganda con sus dibujos. Más tarde, hicieron falta más combatientes y lo llamaron a filas. Al final, fue hecho prisionero y condenado a muerte. Debía sufrir ese destino de muchos (su padre había sido ajusticiado al principio de la guerra), pero le fue conmutada por una pena larga de años. Pasa sus días y noches de cárcel en cárcel hasta que sale en 1946. Tres años después, pese a todo obtiene el Premio Lope de Vega de Teatro por esta Historia de Una Escalera, que lleva implícita una denuncia social mucho más puntiaguda y profunda que cualquier panfleto. El teatro se entrometió de lleno en su carrera de pintor y ya no pudo hacer otra cosa que ésta. La libertad de la palabra la pudo pregonar cuando visitaba como conferencista o profesor otros países donde cada vez que denunciaba la dictadura de su país se arriesgaba a volver a las húmedas y tristes prisiones de las que había salido y en las que había permanecido más de siete años en espera de que se cumpliera a cada amanecer su sentencia de muerte. Esperar una muerte que no viene, sin atisbos de esperanza, esperar lo que nadie espera y no esperar otra cosa. Y después…
Ya en España no dejó de hacer un teatro que sirviera como revulsivo como interrogación, como un abrazo a esa clase media baja de trabajadores y funcionarios de una España que no se podía levantar bajo la sombra de una tradición que había vuelto a imponerse en contra de la espontaneidad y del espíritu de libertad de otros años.
Eso es Historia de Una Escalera. Transcurre en el mismo edificio durante treinta años a lo largo de los tres actos en los que se divide la escena. Esos treinta años de los que es testigo la misma escalera, símbolo de las clases y de los estratos de poder y su sin sentido. Empieza con la escena de un cobrador del recibo de luz que discute con una vecina, porque ésta no puede pagarlo. El problema se soluciona cuando otros vecinos le prestan el dinero. Entonces entramos en la historia de cada uno. Los vecinos se diferencian en el dinero que tienen, o en lo que aparentan, pero los hay también sentimentales, truhanes, generosos. Ninguno, absolutamente ninguno, es un villano ni un héroe. No son ni del todo buenos ni del todo malos. No hay un juicio. La situación en la que viven, el condicionamiento sí que es juzgado en las vidas que se suceden a lo largo de todos los años. A uno le da ganas de gritar que debe haber algo más que esta vida gris que aquí se representa. Pero para muchos, como para el del ataúd que enmarca el segundo acto, no hubo más. Otra cosa es la vida interior, la que se vivió en la imaginación, los mundos cerrados, todo y nada. Pero no hubo más externamente. Hace poco, fui a ver la última película que se ha realizado sobre la historia de Dickens, Oliver Twist, y tuve la misma sensación al salir. Es enormemente complicado intentar aislarse, escapar de un universo impuesto de pobreza y miseria, de una única visión de hacer las cosas, de una única manera de sobrevivir. Es enorme y difícil tener un obstáculo en la conciencia cuando éste se mama desde el pecho de la madre.
Todo Buero Vallejo merece la pena: Las Palabras en la Arena; La Ardiente Oscuridad, donde se simboliza la ceguera como las limitaciones humanas; El Sueño de la Razón, que forma parte de sus dramas históricos, pero sobre todo su visión social de Historia de una Escalera es la forma de contarnos la vida de unos años que han quedado en nuestra memoria en un color grisáceo que quisiéramos desprender de la retina en la actualidad de muchos otros lugares, ese color del que se vuelve el alma, cuando ya no ve más que una escalera por la que subir y bajar tener que vivir así, como si la propia vida la estuviera viviendo otro.