Nuevo Amanecer

Dos inéditos de Cantos de Vida y Esperanza


Los otros dos poemas manuscritos de El Caracol, que ya no alcanzaron en Cantos de Vida y Esperanza, son “Venecia” y “Epístolas”. Con ellos dos y los catorce, es que contabilicé dieciséis.
“Venecia” se quedó acaso en una primera versión, bastante lograda, casi definitiva, un sexteto en endecasílabos blancos.
Léase “Venecia”:
Tristeza, tristeza. No es el alma
La triste, la flaca. Es este cuerpo
Que agitan las ráfagas misteriosas,
Martirizadoras de los nervios.
Hay un raro huésped en mi carne,
Que mueve mis músculos, mis huesos.
Sin embargo, bien pudo haber alcanzado, tanto por su parentesco con piezas líricas, breves, de tono existencial, de hombre no sólo que siente, como quería José Enrique Rodó, sino de la criatura sufriente y descoyuntada entre el alma y la carne, acaso como su Psiquis, “entre la catedral y las ruinas paganas”.
Cabe preguntarse ¿por qué titularía Darío a esta composición “Venecia”, y por qué lo tacharía después?
Especulemos.
Venecia pudo haber sido sinónimo de Carnaval, aquellas fiestas antiguas que en la era cristiana se efectuaban durante los tres días anteriores al Miércoles de Ceniza, inicio de la Cuaresma, en las Carnestolendas; fiestas donde toda trasgresión moral, pasión, licencia y extralimitación tenía su centro. El Carnaval ha sido la fiesta preponderante y por excelencia de Venecia a partir del siglo XV. Venecia es el Carnaval o el Carnaval es Venecia. Es posible que Darío haya querido escribir un texto descriptivo y celebratorio del triunfo de la carne, del gozo sensual sexual; pero lo que produjo fue una elegía, un lamento por la contradicción o desgarradura inconsciente entre el cuerpo y el alma, flaqueza de la carne y debilidad del espíritu, aún más por sentirse y saberse poseso del mal o de algunos de los pecados capitales. No es el carnaval y carnavalesco “Venecia” del Modernismo, sino la resaca del carnaval interior, subjetivo, triste de fiesta. Complejo de culpa, gozos y sufrimientos, muy darianos. Como “Venecia” no resultó el Carnaval, sino todo lo contrario, la perspicacia y lucidez autocrítica hicieron quizá que Darío borrara el título.
De haber conocido Arturo Marasso este poema “Venecia”, bien pudo haberlo identificado con el grupo de las Estancias, como las que cultivó Moreas, que están “generalmente compuestas de dos cuartetos alejandrinos, receptáculo de un estado del alma, de una intensa reflexión filosófica o poética, de una trascendente inquietud, de una visión ática de paisaje y de mundo arcádico. Las Stances tienen, por su forma, antecedentes en Hugo, pero traen una poesía nueva, mezcla exquisita de helenismo y de pintura moderna. Darío --afirma Marasso-- en Cantos de Vida y Esperanza escribió las siguientes estancias, bajo la sugestión poética de Moreas: “Spes”, “Filosofía”, “Ay triste del que un día”, “De Otoño”, “Amo, amas”, e “Ibis”.
Las “Epístolas”, por el plural, hace suponer que serían varias, pero se quedaron en una. Esta única, la número 1, está escrita como las epístolas en tercetos de arte menor que a veces se quedan en dísticos o pareados, y dedicada al modernista mexicano y gran amigo suyo: Amado Nervo. Se trata de una especie de proclama, de autodefensa y exposición de su estética, ética y sensualidad en un tono confesional e irónico y reiterativo. Circular, va y vuelve en su peroración discursiva:
Léase cómo desde el arranque de la “Epístola” se ufana de ser decadentes, del arte verbal como capricho y de la índole pasional:
Así, pues, está dicho
Que somos decadentes,
Príncipes del capricho.
Tanto mejor. Ardientes
Ojos, ardientes labios
Buen puño y firmes dientes
Los magnates de la industria y del capital, los publicitas de la modernidad de finales del siglo XIX y comienzos del XX, son los que han desplazado al artista y al poeta en su representatividad, función sagrada y a su vez mágica, sin pasión ni creatividad:
Dejemos a los sabios
Del cantón ser risueños
Con nuestros astrolabios
Y con nuestras probetas
De nuevos alquimistas.
Ellos son los poetas,
Ellos son los artistas,
Ellos son los profetas,
Dueños de las gacetas,
Reyes de las revistas.
“¿Y todo eso que hace
a Sirio?” que diría
Renán.
Vuelve la crítica o denuncia a la vacuidad estética de la sociedad y de la modernidad:
Todo eso satisface
La inmensa tontería
Que impera todavía
Cuyo horror destruiría
Sirio y Alderabán.
De aquí, la invitación a una vida subversiva y a un arte prohibido, a la sensualidad y sexualidad, lo cual hace de esta “Epístola” uno de los textos darianos que se ubican en el centro y en contradicción de la modernidad:
Dejemos de esas cosas.
Cultivemos las rosas
Gustemos las manzanas
Del árbol de la ciencia
Cuyas carnes lozanas
De divina cimiente
Son nuestra complacencia
Gracias a la Serpiente.

La crítica se reitera en estas estrofas:
La pequeñez-política
La pequeñez- enfática.
Y la pequeñez-crítica
Y semidiplomática
¿Qué es eso?¿Y qué más
da?
Sigamos. Continuemos
Puesto que bien sabemos
Que «Ca n’existe pas»!..
Se confiesa cristiano, lo que no es nuevo en Darío, defensor en la modernidad material y cientificista de Cristo y del cristianismo, pero, también, hará del arte su otra religión o parte de su religiosidad:
El otro día he visto
Que se burla de Cristo
Un señor de esos mundos.
Me hubieran dado rabia
La palabra ultrarrabia
Y sus aires profundos.
En esta directriz, el arte moderno es producto y respuesta a la adversidad social, económica y publicitaria:
Si no viera que todo
El literario lodo
Y la actual hojarasca,
Son abono que anima
En cultivada cima
La magnífica rima
Y la vibrante lasca.

Bien vista, la “Epístola” está emparentada quizá con dos poemas paradigmáticos de Cantos de Vida y Esperanza: “A Goya”, ingenio del arte que por temerario es moderno, y “Letanía a nuestro señor don Quijote”, personaje que encarna los ideales caballerescos y morales, paralelos al esteticismo modernista.