Nuevo Amanecer

El Caracol: En la gestación de Cantos de Vida y Esperanza


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El esbozo inicial del tercer poemario de Rubén Darío, Cantos de Vida y Esperanza, los Cisnes y Otros poemas, acaso se remonte a 1901, cuando ya tuvo lo que sería quizá su primer título y unos quince o dieciséis poemas (según la manera de contarlos) en distintos niveles de elaboración. Entonces este poemario se llamó, algo que no ha sido muy conocido ni divulgado hasta ahora, El Caracol; de ahí que podamos apreciarlo y estudiarlo en perspectiva como el génesis de Cantos de Vida y Esperanza (1905).
Su proceso de gestación, producción, organización y estructuración final, fue complejo y lento, quizás unos 13 años (1892-1905). Estuvo determinado por el conjunto de factores que convergieron en el paso de un siglo a otro, tanto en el mundo hispanoamericano como en el individual del poeta. Por una parte, la pérdida de las últimas posesiones españolas, Cuba y las Filipinas, y por tanto, la derrota del viejo imperio en su guerra con los Estados Unidos, el ascenso del imperialismo norteamericano perfilándose en el Mar Caribe y sus islas; y por otra, los desplazamientos periodísticos de Darío entre América y Europa, y dentro de la misma Europa, su amistad con los Machados, Villaespesa y Juan Ramón Jiménez como natural consecuencia de la revolución Modernista en América y la península... La vivencia directa del desastre en la misma España y el prematuro sentimiento otoñal en un hombre que no alcanzaba los 40 años.
Para 1901, el poeta ha redactado y fechado ya 15 poemas claves de este libro, que reconoceremos integrando esta unidad diversa, o sea, en cada una de las tres secciones.
Veamos:
1.-“Tarde del trópico” (1892), en Otros poemas.
2.-“Leda” (1892), en Otros poemas, pero que por el motivo bien pudo haber pertenecido a Los Cisnes, quizá con el número V. 3.-“A Goya” (¿1892?), en Otros poemas. Por tratarse de la exaltación de un pintor español tanto del siglo XVIII como del XIX y aún más, de la modernidad, pude haber integrado la primera sección, 4.- “Ofrenda” (1893), en Otros poemas. 5.-“En la muerte de Rafael Núñez” (1894), en Los Cisnes. 6.-“Marcha triunfal” (1895), en Cantos de Vida y Esperanza. 7.-“Urna votiva” (1898), en Otros poemas. 8.-“Al rey Oscar” (1899), en Cantos de Vida y Esperanza. 9-“Cyrano en España” (1899), en Cantos de Vida y Esperanza. 10.-“Salutación a Leonardo” (1899), en Cantos de Vida y Esperanza. 11 y 12. “Retratos I y II” (1899), en Otros poemas. 13“Trébol” (1899), en Otros poemas... 14.-“El Caracol”, y 15.-“Marina”.
Volviendo a El Caracol, bien podemos afirmar que fue su primer título y quizá el esquema primigenio, basado en la aparición en el año 1997 de un lote de unos 45 libros de la biblioteca personal de Rubén Darío --aunque fragmentaria por la itinerante o inestable existencia de su dueño--, en los fondos de la Biblioteca de Harvard, procedentes de los archivos de Widener.
Resulta que en la contratapa dura e invertida del tomo Eglantinas (Buenos Aires, Revista Nacional, 1901), del escritor Pedro J. Naón (1872-1913), se lee de puño y letra de Darío este diseño:

Rubén Darío
El Caracol

1901
En sus páginas blancas finales se localizan cuatro poemas manuscritos: “El Caracol”, “Marina”, “Venecia” y “Epístolas I”. Precisamente, 1901, es un año muy fecundo para Darío: publica España contemporánea, que se corresponde en mucho con Cantos de Vida y Esperanza… y Peregrinaciones; trabaja en una serie de artículos para La Nación, de Buenos Aires, que recogerá con el nombre de La caravana pasa y aún oscila entre el ámbito lujoso, verbal y erudito de Prosas Profanas, cuya segunda edición, con las consabidas adiciones de “Las Ánforas de Epicuro”, se enriquecerá mucho más y saldrá con el prólogo sin firma de José Enrique Rodó... Es en este año, 1901, que Darío proyectaba con más seguridad un tercer poemario que se titularía como hemos anotado, El Caracol.
Dos años después, 1903, ya tenía una plaquettes con el título de Cantos de Vida y de Esperanza (aún con la segunda preposición: de); unos 10 poemas, pues la “Salutación del optimista”, datará hasta 1905, igual que “Spes”, “Los tres Reyes Magos” y “Pegaso”.
Entre 1904 y 1905, ya tenía otra segunda plaquettes, Los Cisnes y otros poemas, según el anuncio de “Obras en preparación” de la segunda edición de Los Raros (Barcelona, Maucci, 1905).
La edición, compuesta por 59 textos numerados en romanos y dividido en tres secciones, se imprimiría en edición personal, sin sello editorial y financiada por su autor en 1905 y es la suma de dos plaquettes, que se dividieron en tres secciones. La edición apareció ya con el título conocido, Cantos de Vida y Esperanza, los Cisnes y Otros poemas. Y fue muy bien cuidada por Juan Ramón Jiménez, quien desde antes contribuyó a compilar los poemas dispersos, incidió en algunas inclusiones y se permitió suprimir, acaso por modestia, la dedicatoria del poema IX, “Torres de Dios...”, que estaba dedicado a él.
La organización de Cantos de Vida y Esperanza… no fue improvisada ni apresurada, ni es la visión de otro poeta que no sea Darío, ni siquiera la del mismo Jiménez. Varios son los documentos, datos y rasgos que revelan la voluntad organizativa (El Caracol, uno de ellos y las dos plaquettes), intensiones y voluntad del autor. Su optimismo, entusiasmo, su esperanza, su fe en los valores y arquetipos hispánicos, reflejan su adhesión a la cultura hispánica, la nostalgia de la grandeza del imperio, ya para entonces decadente, y el dolor de su posterior derrumbamiento, arrancan desde antes del Desastre (1898); la sobredimensión política y americana de los Cisnes mitológicos y esteticistas, como ave emblemática de su poética, también es anterior y una constante de su poesía; y los Otros poemas en medio de su heterogeneidad, amplían y profundizan al poeta que siente, al poeta existencial, nocturno, otoñal; el mismo Darío valorará Cantos de Vida y Esperanza, los Cisnes y Otros poemas (1905), como la cúspide de su obra, en tanto “encierra las esencias y savias de mi otoño” (1) --haciendo la salvedad, de un otoño contradictoriamente luminoso, vigoroso, primaveral, veraniego--; otros críticos, como Pedro Henríquez Ureña, lo tienen como culminación del Modernismo y otros, más abiertos, como uno de los mejores poemarios de la pesimista Generación del 98 debido, además, a su hispanismo, por y a pesar de su optimismo tan americano. La actuación de Juan Ramón Jiménez quedó clara en Mi Rubén Darío. Entre acotaciones y marginalias se lee:
1.- Con mi ciego entusiasmo de muchacho, yo le había propuesto a Rubén Darío que sus magníficos Cantos de Vida y Esperanza y mis fugaces Jardines lejanos salieran juntos. A él, que comprendió, sin duda, el sentimiento que me movía y sabiendo que yo sabía poner cada cosa en su lugar, le agradó la idea. En aquella época, tan distinta de ésta, los más jóvenes, Antonio, Manuel Machado y yo, por ejemplo, sabíamos dar su lugar verdadero a los maestros (Unamuno, Rubén Darío, Valle Inclán, Azorín) tal vez por la seguridad que teníamos en el porvenir; y ellos, sabiéndolo, estaban a gusto entre nosotros.
Así pues, Rubén Darío se obligó a terminar su libro grande y maduro, y este libro y mis jóvenes Jardines verdes y amarillos salieron al mismo tiempo. Algo bueno hubo en esto, y es que quizás Rubén Darío, muy descontento ya de sí mismo en esa época, como se manifiesta en las cartas que escribe, se decidió a formar el libro.
2- R.D. empezaba ya en estas fechas a concebir su libro “Cantos de vida y esperanza”, pero este título no lo había pensado aún. El gran poeta, siempre alcoholizado olvidaba y perdía sus poemas, sus libros, todo lo suyo. Yo pude copiarle de mi memoria la “Marcha Triunfal”, “Cosas del Cid” (Sic), “Al Rey Oscar” y otros poemas que recogió en dicho libro. Su tercera mujer, la buena Francisca Sánchez, le ordenaba y le guardaba cuanto podía, copiaba las cartas que él escribía y las que los demás le escribíamos a él. Yo me sorprendí mucho de ver que Alberto Giraldo había podido publicar muchos años más tarde varias cartas mías de esta época en su libro “El archivo de Rubén Darío”.
3.- Nunca supe de los versos a Ganivet de que R.D. habla en esta carta, sino lo que en ella dice. Navarro Ledesma vivía y trabajaba en la redacción de “B. y n,” durante la madrugada, y era difícil verlo a los que vivíamos algo lejos de dicha redacción, porque en esa época no circulaban coches ni tranvías después de las dos de la noche.

2
El título, “El Caracol”, se lo da un soneto del mismo nombre, al que se le suprimiría en su versión definitiva el artículo “El”; a pesar de sus alusiones mitológicas, connotaciones sagradas y elementos plásticos, propios de Prosas profanas, ya acusa, como acabamos de anotar, una mayor subjetividad y complejidad, que lo aproxima a su humanidad y americanismo de CVE.
Léase su primera versión, es decir, la de posiblemente 1901:

En la playa he encontrado un caracol de oro
Pulido y recamado de las perlas más finas
Europa le ha tocado con sus manos divinas
Cuando cruzó las ondas sobre el celeste toro.

He llevado a mis labios el caracol sonoro
Y he suscitado el eco de las dianas marinas;
Le acerqué a mis oídos y las azules minas
Me han contado el secreto de su oculto tesoro.

Así la sal me llega de los vientos amargos
Que en sus hinchadas velas sintió la nave Argos
Cuando amaron los astros el sueño de Jasón;

Y oigo un rumor de olas y un incógnito acento
Y un palpitar profundo y una íntima voz viento
cual si el caracol fuese mi propio corazón

Ya en CVE se ofrece una versión con muy pocas variantes, pero todas mejorando notablemente la dicción, el ritmo y potencializando el lirismo y las connotaciones culturales. El soneto ya no se llama “El Caracol”, sino simplemente “Caracol”, con lo que suena a más abstracto que concreto, más revelador de la analogía entre caracol y corazón y más simbólico; no en vano, dedicado a don Antonio Machado, un poeta de acento lírico y filosófico y tan próximo afectivamente a Darío.
En el segundo alejandrino del primer cuarteto, Darío sustituye el adjetivo “pulido” por otro que contribuye eficazmente a la concreción del caracol: “macizo”, dice, logrando así calidades pétreas.
En el segundo cuarteto, se reconocen dos variantes en el verso 8:

Me han contado en voz baja su secreto tesoro.

Para suscitar o sugerir en verdad, la también índole indígena o americana del caracol. Ente sus labios y oídos, el poeta ha rozado y escuchado un tesoro secreto en voz baja, lo que inevitablemente remite a los caracoles mesoamericanos, sino recamados de “perlas”, sí grabados por grifos sutiles y floridos, como en una prefiguración del barroco maya en la América prehispánica. Además, la suavidad, sensualidad y dulzura que emite el caracol al ser soplado por un indígena, es en verdad, subjetivo, evocador, nostálgico de tiempos y mundos perdidos y de honduras entrañables, raigales y a su vez, desconocidas.

El segundo terceto perfecciona el verso 13 adjetivando el oleaje de profundo y suprimiendo la pareja sustantival poco feliz de

Y un palpitar profundo y una íntima voz viento

Para cerrar el alejandrino 14 del soneto entre paréntesis, rasgo que sugiere el futuro caligrama vanguardista y la desaparición de cualquier connotación personal o posesiva en aras de una mayor plasticidad y universalidad:

(El caracol la forma tiene de un corazón)

El soneto, en su versión definitiva, quedó así:

En la playa he encontrado un caracol de oro
macizo y recamado de las perlas más finas;
Europa le ha tocado con sus manos divinas
Cuando cruzó las ondas sobre el celeste toro.

He llevado a mis labios el caracol sonoro
Y he suscitado el eco de las dianas marinas;
Le acerqué a mis oídos y las azules minas
Me han contado en voz baja su secreto tesoro.

Así la sal me llega de los vientos amargos
Que en sus hinchadas velas sintió la nave Argos
Cuando amaron los astros el sueño de Jasón;

Y oigo un rumor de olas y un incógnito acento
Y un profundo oleaje y un misterioso viento...
(El caracol la forma tiene de un corazón)

3
Si en esta americanidad o indigenismo del “Caracol” europeo, hilo delgado, el poema “Marina”, que asimismo pertenecía a El Caracol, posiblemente también de 1901, pero corregido quizá dos años más tarde, según la data de “Costas Normandas, 1903”, está relacionado con el anterior y hasta se publicaron con el antetítulo “Junto al mar”, en el mismo número de la revista argentina Caras y caretas, Buenos Aires, 18 de abril de 1903, y después pasaron a Otros poemas de CVE bajo los números romanos XX (“Marina”) y XXIX (“Caracol”).

“Marina” en su versión primigenia dice así:

Mar armonioso, tu salada fragancia
Y tus colores y músicas sonoras
Me dan la sensación lejana de mi infancia

Mar armonioso
Mar maravilloso
De arcadas de diamantes que se rompen en vuelos
Rítmicos que denuncian algún ímpetu oculto,
Espejo de mis vagas ciudades de los cielos,
Blanco y azul tumulto
De donde brota un canto
Inextinguible,
Mar paternal, mar santo,
Mi alma siente la influencia de tu alma invisible.

Velas de los Colones
proras de los Vascos,
Odiadas y azotadas de ciclones
Ante la hostilidad de los peñascos.

O galeras de oro,
Velas púrpuras de bajeles
Que miraron el aso del toro
Celeste, con Europa sobre el lomo
Y los cuernos brillantes salpicados de espuma;
Seguido del sonoro
Tropel de los tropeles
Tropel de los tropeles de tritones.

Brazos salen del agua y lanzan
Como margaritas y piedras preciosas,
Mientras en las revueltas extensiones
Venus y el Sol hacen nacer mil rosas.

La versión final es más acabada y de una factura más densa; lo cual ofrece muchas e interesantes variantes, más que las de “Caracol”: casi verso a verso, signos de puntuación y espacios en blanco, que también tienen sus connotaciones. Todo lo cual revela una mayor elaboración y una superior voluntad artística y comunicante:

Mar armonioso,
Mar maravilloso,
tu salada fragancia,
tus colores y músicas sonoras
Me dan la sensación divina de mi infancia
En que suaves las horas
Venían en un paso de danza reposada
A dejarme un ensueño o regalo de hada.

Mar armonioso
Mar maravilloso
De arcadas de diamantes que se rompen en vuelos
Rítmicos que denuncian algún ímpetu oculto,
Espejo de mis vagas ciudades de los cielos,
Blanco y azul tumulto
De donde brota un canto
Inextinguible,
Mar paternal, mar santo,
Mi alma siente la influencia de tu alma invisible.

Velas de los Colones
Y velas de los Vascos,
hostigados por odios de ciclones
Ante la hostilidad de los peñascos.
O galeras de oro,
Velas purpúreas de bajeles
Que saludaron el mugir del toro
Celeste, con Europa sobre el lomo
Que salpicaba la revuelta espuma.
Magnífico y sonoro
Se oye en las aguas como
Un tropel de tropeles,
Tropel de los tropeles de tritones!
Brazos salen de la onda, suenan vagas canciones,
Brillan piedras preciosas,
Mientras en las revueltas extensiones
Venus y el Sol hacen nacer mil rosas.

Entre toda la polivalencia del mar o en la sobre dimensión de sus símbolos, la primera estrofa evoca el Mar del Sur descubierto por uno de los Vasco, Vasco Núñez de Balboa, o sea, el Océano Pacífico de la infancia de Darío, acaso las playas de Poneloya, acaso el puerto de El Realejo, el mar personal, no el mediterráneo intelectual; la segunda es plástica y la tercera mítico-histórica. Y he aquí, en la primera y tercera, que Darío introduce dos elementos, uno autobiográfico y otro, histórico, que confirman la connotación americana:

Velas de los Colones
Y Velas de los Vascos,
Hostigados por odios de ciclones
Ante la hostilidad de los peñascos...

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La importancia de estos dos poemas marinos reside en que en la mayoría de los poemas de CVE, el mar, el universo marino, flora y fauna, está presente, lo que justificaría el nombre fundacional de El caracol: “Como la esponja que la sal satura / con el jugo del mar, fue el dulce y tierno / corazón mío...”, “Los mares en que yace sepultada la Atlántida”, “La sublime hermandad de las olas”., “rompeolas”, “rocas”, “sirenas”, “moluscos”, “cangrejos”, “tranquilidad de mar...”, “Viste el mar de terciopelo”, “...es un ritmo de onda de mar”...Junto al mar latino, afirma, “digo la verdad”.
Este señalamiento no es ninguna novedad, al fin y al cabo, Venus o Afrodita, su poesía emerge del mar, “bajo sus pies desnudos aún hay blancor de espuma”. Juan Ramón Jiménez insistió en la identidad y hasta forma marítima de Darío. En sus Españoles de tres mundos (1942) integra al poeta a una fauna mítico-marino, y Pedro Salinas en su estudio sobre La poesía de Rubén Darío (1948) habla de su mar mediterráneo y aún más, de su mediterráneo interior: antigüedad, ansiedad, ancianidad.
Salinas dice: “Ya nos sale aquí al paso, en los primeros acentos del poema, una novedad: Rubén establece una relación directa entre el Mediterráneo, el mar de la mitología, cuna --en su extremo-- de Anadiomena, archivo de inmortales sensualidades, y la verdad.
¿No era esta superficie marina, inmediata provocadora para la imaginación de mitos gloriosos, de fábulas en las que todo se envuelve en belleza? Y lo que ahora busca aquí el poeta, no es el don de hermosura, sino el don de verdad. De ese mar, procede algo de la palpitación vital que le mueve dice en el Poema del Otoño

La sal del mar a borbotones
va en nuestras venas;
tenemos sangre de sirenas
y de tritones.

Jiménez, acaso el español que más admiró y quiso a Darío, dice:
“¡Cuánto he pensado que Rubén Darío era, no un lobo de mar, un raro monstruo humano marino, bárbaro y exquisito a la vez! Siempre fue para mí mucho más ente de mar que de tierra”.