Nuevo Amanecer

Prosemas de Tito Leyva


Se oirá la voz
Alguien apaga la luz que muerde mi ánimo. Un ruido en la boca, lanza una playa de arena y sal de menta disimulada. Y yo, desde la majestuosa edad del misterio, te llamo día de tu aliento, y llanura de escombros.

Pensándolo bien
La pared se detuvo a dudar, y desde el fondo del pájaro, la lluvia a chorros; árboles y otros senderos de la ira. Cierto asombro caló en las heridas, y sostuvo la pasión que secuestró la paciencia de los sureños. Cuando desperté un rayo de sombra me apretaba las ilusiones, y no supe qué hacer con tanto ruido en ruinas.

El corazón un puño cruzado sobre la sombra
Una inquietud que sin nombre muerde las aguas de la tristeza
El corazón un reloj envidiado por el tiempo
Una medalla que no conoce la lujuria
Una perla sin encanto y de rodillas
Un corazón que nació sin corazón en los ojos
Una ciudad parida y sin nostalgia
El corazón que se metió en mis huesos para hacer soñar
Al amor que me vence sin palabras

8 dic. y 2005

mi corazón puerto inseguro
donde prefiero morir.

Odiame corazón
Por sospechar de ti.

DESCUBRO QUE EL DÍA
En una sesión de amor, que sólo se escribe con luz de un frondoso árbol, amanezco. Retiro de mis pupilas, el trasiego de un puerto; la blanca amistad con las nubes; el duende habitado en la parida paciencia. Entre flores de distinto cuerpo brama un pedazo de intolerancia mullida sin reconstruir su destino. Otro es el aviso que no anuncia. Otro, el hombre que toca las puertas sin música y sin pausas. Y ahí recogido de hablar, hablo con la sal de la soledad, su sombra sembrada, y descubro que amo.

16 de noviembre y 2004

Circular
Tú vuelves a debatir y la inocencia de los ojos sólo busca un rencor en las pupilas. Pueblo detrás de un arco en las sombras se fastidia de ser como perro que no olvida. En las casas vecinas se oye el martillar de las angustias, que apenas se mueven a gritos. No esperaré, a sentir un pozo de alarma en mi corazón escondido de su propia lengua.

1 diciembre y 2005

Como un encierro
El agua se agota de tanta sed. La tarde se observa las grietas del socorro. De un tiempo de sol, aparecen los rubios inciensos de la intranquilidad y es, entonces, cuando las calles se desmayan; y salen de mí, los rudos dolores de la hermandad de los sueños, esos que intentan dormir a la luna como una hamaca que decora su raída soledad.

Me quedo con mis papeles
Es impronta la luz que moja su sombra y mis papeles se adueñan de mis calamidades. No pueden socorrerme, y no les guardo rencor; pero los odio cargando una cruz de fétida memoria. Esos papeles me han despellejado el alma y han roto mis oídos en los ojos. Han preferido guardar su voz en la sucia ironía de un secreto. Mis papeles me han vuelto solitario y no hay excusa para matarlos o al menos cortarles la lengua bajo un frío tormentoso. Los papeles decidieron moler sus rodillas sobre una alarma de lágrimas y gemidos, que perecer en un día parecido a una máscara infestada. Si no quiero hacer nada en contra de mis papeles, prefiero evitar que tengan una noche de vigilia en el cuerpo o derramar el amor como una nave al garete.

2 diciembre y 2005

Con un poco de
Con este poco de miércoles, puedo guardar secretos. Llamar a la voz y declararme inocente. Solicitar una amnistía para mis dedos y hundirme en los bajos retos de mis costillas. No sólo de luz, vive el cuervo. Sobre el campanario del ruido despiertan otras veces con más ruido. Miguel, el niño lustrador de Pantasma grita a su desconsuelo por un poco de ternura. Su madre quizás, lo espera mientras, él, se gana en Managua para la mudada. Diciembre es un ángel cruel de patas flacas y melena. Dicen sus favoritos, que por las noches es el frío, la peor de las tristezas. Desde un avión que sigue la marcha de su propio misterio no me vienen cartas ni caramelos. Diciembre es a veces, un papel entumido de recuerdos. Yo me apunto a descorchar los vicios de algunas sonrisas sin alejarme de mí mismo.

FUGA
Los ojos en cualquier parte como un insomnio que relampaguea como una sombra que se esmera en pulir sus dientes una canción en el último vagón de un beso una copa de sorbete abandonada a las moscas mi forma temerosa de roncar a mi izquierda la suerte de un árbol en el perro que ladra la alcantarilla inflamada de palabras soeces con sus respectivas heces un hombre con el sombrero en alto la diminuta voz de una gran plaza un río que se abre a sus alas de zopilote y otra vez el consuelo del desconsuelo en el oído parado de tanto amar como una fuga que vuelve a sostener el planeta y sin ti.

ADOLFO
Tenía la nariz como un purgante de la abuela desalmada la sonrisa de un ave muerta a las tres de la madrugada un dispositivo militar en el trasero le colgaba a cada instante y fue cuando quiso moler sus orejas y se mordió la lengua que lo odiaba tanto y luego intentó escoger el mejor traje para no ver su rostro difamado por el mundo pero no tuvo corazón en la agonía de su propia prisa Hitler.