Nuevo Amanecer

EL CAMINO DEL CORAZÓN (1992)


Fernando Sánchez Dragó (Madrid, 1936)

“Cuando tengas delante dos caminos, elige siempre el que te indique el corazón. Siempre acertarás”. Popol Vuh

Uno también tiene sus deslices, y sus debilidades. A veces uno va en un auto y escucha una letra captada furtivamente, en medio de una canción cursi, y llora y no sabe por qué, tal vez porque se acuerda de aquella muchacha, cuando uno tenía diecinueve años y te habían contado que estaba algo enamorada de vos. Y la mirabas de arriba abajo y de lado a lado, y no era que no te gustara, sino que le faltaba algo que todavía, que no... No sabías explicarlo. Vos te decías que la muchacha era bonita y compartía con vos reuniones, sueños y más de un ideal. Pero qué le faltaba. No sabías. Simplemente no te llegaba del todo a atrapar el corazón. Pero no desistías en el empeño de perseguir el amor, y mientras vos hacías tus indagaciones, mientras exigías más de sus ojos, de su pensamiento, ella se torturaba en ese tenerte y no tenerte, sin comprender entonces lo volátil que podemos ser. Te dices, como para consolarte, que tenías diecinueve años, pero piensas que años después la volviste a ver y aún tenía el resentimiento en la mirada, como si hubieras jugado con ella. Para el sufrimiento no hay edad ni causa más cierta que otra, es un piedra pulida que araña el alma y sobre todo cuando es a causa del amor. Ya lo dice Ernesto Cardenal en uno de sus poemas, cuando le cuentan que Claudia, siempre Claudia ¿verdad?, se había enamorado de otro y él, arrecho, se fue a escribir un artículo en contra del gobierno por el que estaba preso. El poema lo dice mejor.
Aquella muchacha un día te enseñó un libro. Vos lo miraste de soslayo, como con desprecio, a sabiendas del tipo de lecturas que a ella le gustaban, esos libros de autoayuda de los que vos huías. Y mirá el título: “El camino del corazón”, qué se podía esperar. Y más aún de su autor: ese tipo con pinta de pedante del que dicen que era una retahíla inaguantable que iba de la izquierda a la derecha sin ninguna constancia. De él se podría haber dicho la frase que se atribuye a Churchill: “quien no es de izquierda o revolucionario a las veinte años es que no tiene corazón, quien no se hace conservador a los cuarenta es que no tiene cabeza”. Vos siempre te has resistido a creer en esa frase tan simple. Pero mirá, el título no avecinaba nada bueno: El Camino del Corazón. Pero vos le prometiste leerlo, porque a ella le había gustado, en un intento más de parecerte a ella para ver si así te termina enamorando del todo. Ya sólo, en tu cuarto por la noche, empezaste a leer eso, sobre todo la página admirable de la despedida del hombre de treinta años (“cuando cumplí treinta años, la muerte comenzó a ser un hecho posible”) dice la frase rotunda de la novela de Arundathi Roy, esa escritora de la India, país al que siente tanta inclinación el mismo Sánchez Dragó. Pero en El Camino del Corazón, el hombre se despide de una mujer embarazada para viajar hacia el Oriente, Vietnam, India, etcétera, en busca de todo, bajo el auspicio de esa frase con que se inicia el libro que pertenece al Popol Vuh.
Y lees la despedida escrita en infinitivos:
“Salir como Marco Polo una mañana. Sentir el viento en las venas. Llevar en la mochila el Quijote. Volver la cabeza una sola vez antes de doblar la esquina. Sonreír. Decir adiós con la mano. Dejar tras él, asomada al balcón, una mujer encinta. Bajar con alas en los talones desde la Plaza del Chupete hasta la humilde estación del ferrocarril en la que un pintoresco grupo de cineastas rodó años atrás una de las más febriles escenas de la película “Doctor Zhivago”. Saludar con un gesto a los transeúntes conocidos. Pasar de largo con alegría ante los desconocidos. Silbar una canción de moda. Pedir en la taquilla un billete de segunda. Comprar por última vez en mucho tiempo un periódico español. Subir al tren. Mirar por la ventanilla los retales verdes, amarillos y ocres de los campos de pan llevar. Acordarse del Cid, de Unamuno y de Castilla. Apearse en Pamplona. Comprar un mapa, dos bocadillos y una bota de vino. Llenarla. Beber de un sorbo a la salud de los que se quedan. Beber otro sorbo pensando en quienes, sin saberlo, le aguardan”.
Precisamente, eso quisieras hacer: viajar, viajar antes que todo venga, antes que el tiempo... Oriente siempre ha sido el inicio de todo. Nuestra cultura, nuestra forma de entender el mundo y hasta nuestra espiritualidad es básicamente oriental y en tal manera que sólo una concepción materialista occidental ha podido inquietar levemente el sentido de la existencia cautivado por la mística oriental que todos llevamos no sé si como reminiscencia o como cultura. Es decir, el viaje a Oriente es un viaje al principio, a los orígenes, un viaje que irremediablemente sólo puede llevarnos a lo más íntimo de nosotros mismos.
No son exactamente aventuras lo que le acontece al protagonista. Son encuentros con personajes en los países de Asia que va recorriendo y de cada uno de ellos hay una enseñanza como si estuviera rescribiendo el viejo arte de contar pequeñas fábulas con moraleja final. ¿Un libro light? Puede serlo, pero de los que he leído y de ese estilo, es con el que más me he sentido identificado. Quién no quiere viajar allá. El viajero siempre vuelve. En el viaje se puede cambiar muchas cosas. Para quien tiene pies y tiempo, el viaje es necesario. Si no, están los libros. No quiero dejar de decir que, en realidad, nunca he vuelto a leerlo, ni siquiera me he atrevido a rozar su primera página hasta que la he tenido que reproducir en esta sección de ida y vuelta. Cuando le devolví el libro a la muchacha, recuerdo que le dije: “Gracias por el viaje”, y después, me dediqué a regalar el libro a todos los amigos que cumplían años. Pero nunca lo volvía a leer, como si no quisiera quitarme la imagen que tengo de él, como si no quisiera descubrir lo que ha pasado con Peter Pan. En cualquier caso hay que viajar, salir de uno mismo antes de que nos hagamos envejecer.
Decía que uno tiene sus deslices, sus debilidades afectivas y hasta literarias. Con aquella muchacha nunca pude tener otra relación que no fuera de amistad, pero siento que ella me dio mucho más de lo que yo pude devolverle. No puede hacer nada malo este libro, no más que volver a soñar con la libertad. No puede haber libro malo del que no se saque algún provecho, decía el Lazarillo de Tormes. Hay un momento crucial en la novela, y algo provocador: el viajero se encuentra junto a un compañero de camino y ambos se encienden, creo recordar, que un cigarro de marihuana. El viajero entra en una alucinación y todo cambia, se vuelve a sentir como un niño, y entonces vuelve a creer en Dios sobre todas las cosas. Feliz reencuentro.