Nuevo Amanecer

“LAS INTERMITENCIAS DE LA MUERTE”, de José Saramago

“Es así la vida, va dando con una mano hasta que llega el día que quita todo con la otra”.

Es Saramago (Portugal, 1922) un confirmado maestro de la ficción de lo absurdo, desde donde tiene la hábil sencillez de decir grandes cosas con la fluidez coloquial del lenguaje y un saludable humor. Atrae al lector, lo involucra, se refiere a él y hasta lo hace partícipe, vieja maña esta que también era de un su antecesor que escribía en portugués, Joaquim Machado de Assis (1839–1908), fundador de la Academia Brasileña de las Letras.
Tiene historias como aquella donde la península ibérica se desprende de Europa y flota a la deriva hacia el Oeste y el Sur, “La balsa de piedra”, un inexplicable fenómeno geográfico, a través del cual oculta su verdadera intención: la afinidad política, histórica y social que debe fundirse en Iberoamérica. O el fenómeno en donde todos, menos uno, en un inexistente país, van perdiendo la vista y despiertan entre las gentes oscuras pasiones, en “Ensayo sobre la ceguera”; o la otra donde los habitantes de una ciudad han decidido votar en blanco en las elecciones, dejando un vacío que no se puede resolver ante la rebeldía espontánea de los ciudadanos en “Ensayo sobre la lucidez”.
Ahora el irreverente escritor juega con la muerte, tan común y necesaria, algo que irremediablemente viene y de la que se quiere huir, causante de dolores, supervisiones e inspiradora de variados motivos religiosos y literarios desde todos los tiempos, de resignaciones, lamentos y esperanzas. La personaliza en una figura humana de mujer, se burla de ella y juega con lo que ha llamado “Las intermitencias de la muerte” (noviembre 2005).
¿Qué pasaría si a partir de un día no se produce ningún fallecimiento? Es un imposible, un hecho contrario a las normas de la vida, pero esta es la historia. En un país de diez millones de habitantes, a partir del primer minuto del primero de enero y durante siete meses nadie muere. Se ha causado una perturbación enorme: los enfermos graves quedaban como en una situación latente, sin terminar de irse, los hospitales se llenaban sin que nadie saliera por causa de muerte, los cementerios dejaron de recibir nuevos huéspedes, las funerarias y compañías de seguro tuvieron que replantear sus servicios; en las casas, las familias permanecían con los ancianos y enfermos que no podían partir, aunque quisieran. Recuerdo la ansiedad de aquel fantasma de un cuento de Oscar Wilde que decía, refiriéndose a la muerte: “¡debe ser tan hermosa!; descansar sobre la tierra oscura y suave, bajo la hierba acariciando el aire y escuchar el silencio… No tener ni ayer ni mañana. Olvidar el tiempo, perdonar la vida, reposar en paz”.
Hubo inquietud entre la gente y el gobierno, que “realmente hasta ahora no ha dado señal de vida”, por fin hizo lo que le correspondía. Era raro esto de la ausencia de la muerte sólo ocurría dentro de las fronteras del país, al otro lado, se seguía muriendo como siempre. Se reforzó la protección fronteriza para evitar ese brote migratorio de nuevo tipo, algunos viajaban al otro lado para poder morir, los insensibles familiares les facilitaban ese paso. Surgió una maphia que organizaba viajes de los interesados al otro lado de la raya imaginaria y cuando morían regresaban a enterrarlos, esto tenía costos y también contaba con la tolerancia cómplice de autoridades de gobierno.
Se desarrolló una amplia y contradictoria discusión filosófica sobre el fenómeno, en los comentarios de los diarios se expresaban variadas explicaciones y las iglesias decían que “la muerte era absolutamente necesaria para la realización del reino de Dios” y hasta se organizó una campaña nacional de oraciones para rogarle que la muerte “regresara lo más rápidamente posible a fin de ahorrarle a la pobre humanidad los peores horrores”.
El director general de la televisión encontró en su escritorio un misterioso sobre con una carta color violeta, un manuscrito que hizo inmediatamente del conocimiento del Primer Ministro por la gravedad del contenido. La información se manejaría confidencialmente y solamente anunciada en un comunicado público ese mismo día, a las nueve de la noche: “A partir de la medianoche de hoy, se comenzará a morir tal y como sucedía”, todos los que tenían que haber muerto desde el primero de enero a la fecha, morirían al primer segundo del día siguiente. La carta estaba firmada por “la muerte”. Dudaban de la veracidad, podía ser una broma, pero ¿y si no lo era? Con la noticia, el desconcierto se apoderó de la gente en las calles, las compañías funerarias, cementerios, forenses y otros realizaron reuniones urgentes para preparar el negocio a esta demanda que iba a rebasar sus capacidades, aunque implicaría recuperar las ganancias perdidas. Según cálculos, esto podría ser de sesenta y dos mil quinientos ochenta muertos en un solo instante. Fue mucho más que una hecatombe después de esa “tregua unilateral”.
Ocurrido el trágico incidente, decidió volver a ausentarse ocho días más, dando tiempo de enterrar la gran cantidad de difuntos. Era un “cambio de las actuales pautas de relación entre la muerte y los mortales”. A partir de ahora, cada persona que estuviera en el momento de partir, recibiría ocho días antes, una carta violeta firmada por la misma parca, donde le anunciaba su deceso y le indicaba: “Aproveche el tiempo que le queda, su atenta servidora, la muerte”. Los periódicos la atacaban y “apelaban a un diálogo abierto y sincero con la muerte”. La angustia y la desesperación se apoderaban de los destinatarios del anuncio anticipado. Trescientos habitantes recibían cada día la repudiada carta que nadie podía rehusar. Al cumplirse el tiempo fatal, todos morían con la precisión puntual que siempre ha existido. Se muere cuando toca y no antes ni después.
Todas las cartas llegaban, menos una. Inexplicablemente en tres ocasiones ésta fue enviada y retornada sin explicación de rechazo. Esto inquietó a la remitente que hasta comenzaba a tener miedo de sí misma; fue a revisar el expediente del destinatario: era un hombre de cuarenta y nueve, violonchelista que vivía sólo con su perro e inexplicablemente, un día de éstos, había cumplido los cincuenta alterando el orden del tiempo del que disponía. Intrigada y sin saber qué hacer decidió observarle, estuvo en su casa; lo vio dormir y despertar. Después decidió permanecer una semana más de cerca para encontrar explicación ante el único mortal cuya misiva era siempre rechazada, dejó escritas las cartas de los destinatarios de los siguientes ocho días, asumió la figura de una guapa mujer de unos treinta y seis, estuvo en el teatro viéndolo en un concierto, llevaba en su cartera el sobre que no pudo nuevamente entregar. El músico se percató de ella, viajaron en taxi, ella le habló por teléfono, él le dijo que se había enamorado con solo verla, ella estaba confundida. Finalmente la llevó a su apartamento y sucedió lo que tenía que suceder. Al amanecer, ella no pudo entregar el sobre, buscó un cerillo para quemar la carta, volvió a la cama al lado del hombre, lo abrazó. “Al día siguiente nadie murió”.
Ahora, podemos sonreír en su misma cara a pesar de lo peliagudo y serio del asunto. La existencia es finita y Saramago, desde esta novela, presenta magistralmente esa realidad. La muerte es necesaria e irrenunciable y por mucho que se le huya, llega. Alguna vez habremos pensado sobre la conveniencia de recibir un aviso previo, al recibirlo, si se pudiera, se comenzaría a morir en ese instante. Pensemos un momento ¿y si nadie muere ya?
fjbautista@yahoo.comm
Managua, 25 de diciembre 2005.