Nuevo Amanecer

Tim Burton y la necrofilia gozosa


La imaginería creativa de Tim Burton, una y otra vez se ha dicho, tiene sus raíces en la literatura gótica y romántica europea y estadounidense. Sin embargo, una y otra vez sorprende la capacidad evolutiva del forever young --que no forever kid-- Burton para recrear y revertir mundos y sub mundos, de tal modo que no permite que se conviertan en fetiches comerciales desechables, sino en fetiches subversivos, efectivos y efectistas, llenos de aristas y trampas que los hacen inclasificables y personalísimos.
De Beetlejuice a Batman y Batman Retorna, de El joven manos de tijera a El extraño mundo de Jack, el gótico Burton ha ido burlando las taras y fobias del conservadurismo y sus fijaciones con lo convencional y lo normal, para dar oportunidad y carta de autonomía a gozosas anormalidades, siempre más humanas y sensibles que el mundo políticamente correcto de la realidad real, pero sin caer en los infantilismos de la melancolía por el “nunca jamás” o el rescate del “paraíso primigenio”. Las subversiones de Burton, que ocurren en lo atemporal, señalan, sin embargo, el aquí y el ahora.
En El cadáver de la novia (Tim Burton’s corpse bride EU 2005) asistimos al matrimonio arreglado de Víctor Van Dort (voz y figura animada de Johnny Depp) con Victoria Everglot (voz de Emily Watson), hijos apocados y opacados de dos familias opuestas e insatisfechas, los nuevos ricos Van Dort y los aristócratas empobrecidos Everglot. La unión de los hijos --sus nombres remiten a Víctor Victoria, el ambiguo filme de Blake Edwards sobre las fronteras de la bisexualidad y el travestismo-- es indispensable para que ambas familias alcancen el brillo social y económico que llene sus vacías existencias. Sin embargo, el nerviosismo de Víctor malogra el ensayo prenupcial, y en un arrebato de vergüenza huye al bosque sólo para ofrecerle matrimonio, sin querer, a Emily (voz de Helena Bonham Carter), la novia muerta que espera el retorno del amante traidor y asesino.
Acompañado nuevamente por la lúdica y estilizada música de Danny Elfman, Burton nos lleva de paseo por la región de los muertos, una región placentera, donde todos han encontrado la libertad, igualdad y fraternidad que no han hallado siglos de revoluciones sociales, económicas, religiosas o políticas. El mundo muerto de Burton se carcajea de la intolerancia de los vivos, del acartonamiento eclesiástico y la incomunicación inútil de las clases sociales, y es abiertamente anárquico y liberado, y más entrañable que el mundo mezquino y cobarde de los vivos.
Apoyado por el audaz trabajo del diseñador español Carlos Grangel y por la técnica de filmación cuadro por cuadro stop motion, Burton erige una atmósfera gótica de claroscuros y ocres emparentada con El extraño mundo de Jack, pero con rasgos propios cargados de referencias al cine negro de las décadas de 1930 y 40.
Sin llegar a las rupturas discursivas y los hallazgos visuales de otros de sus filmes, Burton obtiene con El cadáver de la novia un ejercicio cinematográfico vitalmente fantasioso, que una vez más pone en evidencia el talento aventurado y lúdico de un cineasta enamorado de su oficio y de las posibilidades contestatarias y aun provocadoras que le ofrece.