Nuevo Amanecer

PRIMERAS HISTORIAS (1962)

Joao Guimaraes Rosa (Minas Gerais. Brasil 1908- R. de Janeiro, 1967)

Joao Guimaraes Rosa (Minas Gerais. Brasil 1908- R. de Janeiro, 1967)
Cualquier crítico verdaderamente académico y ortodoxo pondría su grito refinado en el cielo al ver el nombre de Guimaraes Rosa en el camarote de este barco de ida y vuelta unido a un libro de sus cuentos: Primeras Historias. Inmediatamente diría que la obra cumbre del médico, escritor y diplomático brasileño es su novela para siempre: Gran Sertón: Veredas. Y no lo voy a contradecir, pero uno invita al viaje a quien le place, y para mí Guimaraes Rosa es el de los cuentos, el maestro del Sertón, la cueva y el eco de todas las voces. Un hombre del pasado siglo imprescindible.
Volvemos ahora al Brasil. No al Río de Clarice Lispector, no a la colorida tradición de Jorge Amado, ni siquiera al humor burgués de Machado de Asís, siendo este último el primer escritor en prosa más curioso e interesante de toda América Latina, rango que siempre le ha otorgado Carlos Fuentes. Clarice Lispector seguirá siendo mi amor de ultratumba, pero se me hace injusto no albergar en nuestro barco en estos viajes de ida y vuelta por las literaturas latinoamericanas y españolas de los dos últimos siglos a Guimaraes Rosa, quien ha resistido a los intentos imposibles de toda traducción, incluyendo la que Ángel Crespo hiciera en Seix Barral de su obra. Volvemos hoy al Brasil profundo, con las andanzas de un médico, como muchos otros en el Brasil, que decidió dedicar la Medicina a una de las regiones más olvidadas de su enorme país continente. Si Guimaraes Rosa se hubiera dedicado a la Medicina como vocación verdadera habría acabado siendo probablemente como aquel doctor Chagas que descubrió una de esas enfermedades olvidadas que lleva su nombre. Pero Guimaraes Rosa, montado sobre unas mulas, se apareció en aquellas remotas regiones campesinas llevando tratamientos paliativos en sus alforjas. Eso era lo que veían. Lo que no veían era que a su vuelta se traían en las mimas alforjas cientos de historias de vidas para contarnos cómo era el Brasil profundo. Un Brasil desconocido hasta en las grandes ciudades del mismo país.
La maestría de Guimaraes Rosa se mide mejor en sus cuentos, y en el uso virtuoso del lenguaje rural del Gran Sertón de Minas Gerais, y eso ya de por sí es imposible de verter a otro lenguaje sin traicionar algo de su original sentido.
Sería imposible una traducción fiel de los primeros relatos chinos o incluso la de Las Mil y Una Noche sin que se pierdan inevitablemente en el camino los cientos, miles de preciosas referencias y juegos del árabe original. Sería imposible traducir al inglés las formas del lenguaje de los cuentos de camino de los campesinos nicaragüenses. Pero en esa imposibilidad nos movemos. Sin hablar en portugués y sin ser Guimaraes Rosa se hace bastante difícil disfrutar todo el misterio que encierran estos relatos.
El misterio es precisamente una de las armas de Guimaraes Rosa para atraparnos en medio de algún relato. Si Juan Rulfo (otro gran admirador de Rosa) se pudo sentir satisfecho de haberlo escrito todo en una obra breve, a Guimaraes Rosa le bastarían unos cuantos cuentos, una mera selección como la que bajo el título de El Audaz Navegante publicó en los ochenta la Editorial Nueva Nicaragua con gran acierto. Pero en especial, uno de los cuentos que aparecen en Primeras Historias, es de esos que podríamos seleccionar como los mejores cuentos jamás escritos. Hablo del que se titula La Tercera Orilla del Río. En él podemos encontrar el Guimaraes Rosa ya interesado en la mística, sin abandonar su paisaje rural, pero sobre todo una gran metáfora, algo fantasmagórica, algo simbólica, que consigue en su brevedad tenernos en vilo, con ese marcado lenguaje doliente que nos llega al corazón y que alivia el suspense, una historia que bien pudiera haber escrito Rulfo si no hubiera compuesto el Pedro Páramo. La Tercera Orilla no es ni más ni menos que el más allá. Un padre que desparece, abandonando a su hijo muy pequeño. El hijo que lo busca e intenta entender durante toda la vida por qué el padre decidió permanecer oculto sobre una canoa en el río sin venir nunca a la orilla. Sólo al final se produce un atisbo de encuentro, sólo al final se entiende la sucesión. Una vida marcada por la muerte, o por la ausencia de otro ser, una vida que al final termina siendo ausencia, huyendo a otra realidad donde poder ser vida. No podría explicarlo con mejores palabras, no podría explicarlo. Hay que leerlo.
En Guimaraes Rosa, antes decía, están todas las voces. Tiene una habilidad enorme para desdoblarse en escritor y lector al mismo tiempo. Se anticipa a nuestras preguntas y antes que los labios en nuestra mente las esbocen, él ya las escribe y contesta. A medida que va narrando, los personajes intervienen y capta el bullicio de una muchedumbre sin que ello ahogue o interrumpa el ritmo de la narración. Estamos, señoras y señores, ante un verdadero maestro. Uno de sus mejores críticos, el uruguayo Emir Rodríguez Monegal, ve en Guimaraes Rosa la continuación de James Joyce en clave latinoamericana. Otros sólo apuntan al regionalismo. En cualquier caso, es único e impresiona como al captar la crueldad, el mal y el bien, y también las formas de piedad y de olvido de la vida rural del Gran Sertón brasileño, Guimaraes se vuelve de todos un poco, y un poco más universal. Otros cuentos como Los Hermanos Dagobé o La Partida del Audaz Navegante dan buena cuenta de ello.
Aún se deberá hablar mucho de Guimaraes Rosa con mejores ediciones. Gran parte de la literatura brasileña que ha llegado hasta nosotros traducida y editada al español adolece en parte de traducciones más precisas. Quizá hay algo más en la literatura escrita por cantautores, con una interesante tradición en Brasil. El nicaragüense de Somoto, Luis Enrique Mejía Godoy, reclamaba para sí y para los autores de canciones el título de escritores. Y a fe que lo son, de una de las maneras más antiguas, la poesía para ser cantada. En Brasil, este conflicto ha sido superado desde hace mucho.
Pero aún echamos en falta novelas modernas del Brasil, escritas en carne viva, y más cerca de lo que ocurre en una gran parte de la sociedad brasileña, la de la marginación, y no sólo vistas a través del tradicional cuadro de Jorge Amado. Tal vez Nélida Piñón lo intenta, pero aún estamos un poco lejos. Creo que el cine y la música han ganado mucho terreno a la literatura en este sentido.
Guimaraes Rosa aprendió muchísimos idiomas por propio divertimento, que le sirvieron luego en su carrera diplomática y en lo literario para entender mejor el idioma natal, el portugués. Creo que eso mismo le sirvió para contar como nadie los misterios de una tierra desconocida, ni más ni menos que nuestro propio mundo de todo lo visible y lo invisible.