Nuevo Amanecer

El complicado mundo


En 1452 nace cerca de Florencia, en Italia, uno de los hombres más extraordinarios y controversiales que la humanidad haya conocido: Leonardo Da Vinci. Abandonado y menospreciado por su padre Piero Da Vinci, un notario de pueblo, cuando apenas había recién nacido, fue criado por su madrastra Albiera Amadori, quien le enseñó a leer y le procuró el amor que jamás había tenido. Albiera, igual que su madre, una campesina burlada y maltratada por su indiferente padre, también murió, por lo que siendo aún pequeño Leonardo tuvo que enfrentarse a la vida solo y sin ningún recurso, únicamente con la incontenible fuerza de su enorme talento que ya empezaba a manifestarse a la escasa edad de cinco años.
A los 10 años, el dominio que Leonardo tenía del dibujo era asombroso. El campesino bastardo rechazaba la escuela y prefería vagabundear por las colinas dibujando todo lo que encontraba a su paso: árboles, piedras, aves. Prácticamente huérfano, le dieron posada en la escuela de arte de Verrochio, pintor y escultor florentino, quien le daba clases de pintura. Pero para poder tener derecho a eso tenía que ayudar a la mujer de éste en los oficios de la casa. Se levantaba del jergón de paja en que dormía antes que los demás aprendices de arte, se iba a buscar agua a la fuente pública, encendía el fuego en la cocina y el taller, barría el suelo y fregaba los platos. Sus compañeros de estudio se burlaban de él por su condición de campesino y por su falta de educación formal, pero todos se quedaron callados cuando Leonardo empezó a dibujar; convirtiéndose así en el discípulo preferido de su maestro.
Sus sueños tenían la dimensión del universo. Ya a los 16 años recibía encargos de pinturas de gran importancia, los que alternaba con sus estudios de matemática, química, mecánica y geometría, todo lo cual le serviría para diseñar sus grandes inventos y para construir artefactos de guerra superletales. Como las obras científicas estaban escritas en latín, para poder leerlas todas se propuso la ardua tarea de también estudiar gramática latina, pues tenía el decidido propósito de convertirse más que en pintor, en un gran científico. Logró conseguir una copia del De Re Militari de Vitrubio, famoso arquitecto romano del siglo I d. J. C. y se autoproclamó inventor militar.
Leonardo pasó toda su vida tratándole de demostrar a los demás lo que verdaderamente era él. El asunto de la pintura en realidad lo hacía en cierta forma sólo para cubrir sus necesidades, para enfrentar su pobreza; la pintura estaba en segundo plano. Su meta estaba enfocada en los inventos con los que, según él, asombraría al mundo y obtendría fama y riqueza inimaginables. Con el fin de obtener ayuda trató de convencer al duque de Milán presentándole una gran variedad de inventos. Lo mismo hizo con el duque Ludovico Sforza, al que en una carta le decía: “Puedo haceros puentes ligeros y móviles, túneles que sé excavar sin hacer ningún ruido, lombardas que se cargan por detrás, catapultas de bellísimo diseño, trabucos maravillosamente eficaces, naves capaces de resistir el fuego, la pólvora y el humo; puedo también haceros esculturas de mármol, bronce y arcilla, pinturas de todos los tipos imaginables, capaces de resistir la comparación con cualquier otra, quien quiera que sea su autor”.
Leonardo tenía gran fe en sí mismo, pero ésta se extendía a una especie de quimera que en cierta forma le restaba progresos a su decidida tarea de ser lo que pensaba. No cumplía con los trabajos que le encargaban habiendo siempre recibido adelantos. Tuvo la audacia de asegurarle al duque Sforza que él como escultor podía construir el caballo de bronce con jinete, monumento dedicado a la memoria del honorable padre del duque y a la ilustre casa de Sforza, y que muchos destacados escultores, incluyendo al propio Miguel Ángel, había rechazado, pues las dimensiones exigidas por el monumento hacían imposible fundirlo en bronce. Lo que resultó fue un fracaso total, junto a la burla de muchos. Leonardo se quedó con el adelanto recibido.
Unos frailes amenazaron con llevarlo a los tribunales por no haber concluido “La Adoración de los Magos” destinada a la capilla de San Donato; antes había fallado con un retablo de San Bernardo. La irresponsabilidad de Leonardo era increíble. Mientras pintaba su retrato más famoso, “La Mona Lisa”, repentinamente lo interrumpió para ponerse a trabajar, según él, como Ingeniero Militar al servicio de la señoría de Florencia, trabajo que consistía en la desviación del curso del río Arno que pasaba entre la ciudad de Pisa. Con esa estrategia, según Leonardo, le pondría fin a la interminable guerra entre Pisa y Florencia. Pues los písanos que se apertrechaban de armas y municiones a través del río ya no podrían seguir haciéndolo. Naturalmente fracasó con su idea e hizo quedar mal a Maquiavelo, quien desde su cargo de Secretario de Estado lo había recomendado.
En 1482 se declaró la peste en Milán. La gente moría como moscas. En todas las plazas públicas se encendieron hogueras para purificar el aire. Largas procesiones recorrían las calles. Hombres y mujeres flagelantes se paseaban por la ciudad desnudos y dándose latigazos. Las ropas de los muertos eran incineradas. Hombres encapuchados con largas tenazas de hierro amontonaban los cadáveres en carros rojos y luego los arrojaban a la fosa común. Leonardo estaba trabajando en la “Virgen de las Rocas”, obra que le habían encargado con un adelanto de cien florines, pero en cuanto tuvo noticia de lo de la peste, abandonó los pinceles y decidió ocuparse del asunto. Pensaba que con ello iba a librar a la humanidad de tan terrible azote, y que desde el cielo Albiera, su fallecida madre de crianza, se sentiría orgullosa de él.
Su idea consistía en arrasar Milán hasta la última piedra y sustituirla por diez ciudades de 30.000 habitantes cada una, construidas según sus instrucciones. Jamás había construido ni un gallinero, pero la perspectiva de construir diez ciudades no le hizo vacilar. Arquitecto por designación propia, le escribió al Duque de Milán comunicándole su idea, y aunque éste no le daba una respuesta, por sí mismo se dedicó a la tarea de hacer una serie de pequeños inventos relacionados con el problema de la peste, mientras, la “Virgen de las Rocas” se iba llenando de polvo en su caballete. El juicio por no entregar en su tiempo dicha obra duraría 23 años.
Ya en edad madura, la hija del Duque de Ferrara, Beatrice d’Este, lo presentó a las damas y nobles de la aristocracia. Para borrar toda traza de sus humildes orígenes, así como la carencia de una educación formal, a la luz de las velas estudiaba el Vocabulario de Pulci, emprendiendo la laboriosa tarea de copiar siete mil palabras italianas, las más largas e impresionantes como silogismo, retórica sofisma, que luego empleaba en sus conversaciones. Su orgullo por haber aprendido todas esas palabras no dejaba de resultar conmovedor, y era tan grande que no pudo dejar de expresar su júbilo: “Domino ahora tantas palabras en mi lengua materna que es más probable que mi dificultad venga por una falta de comprensión de los hechos, y no por falta de palabras para expresar mis conceptos de los mismos”.
Continuó estudiando su gramática latina, al tiempo que también trataba de convertirse en narrador copiando fábulas, máximas, dichos que luego presentaba como propios durante las largas veladas de invierno en las que también para complacer a la hija del Duque cantaba y tocaba el laúd hecho por él mismo. Esto ocurría, cuando no dirigía ninguna representación teatral. El campesino y letrado ahora departía con la nobleza, era confidente de príncipes y condesas y hasta conocía de los chismes de palacio; encontraba tiempo hasta para dar consejos médicos, y como si fuera poco, también tenía tiempo para disecar cadáveres y ejecutar dibujos anatómicos de una belleza increíble.
En realidad, las ideas de Leonardo con relación a lo que él llamaba sus grandes inventos, incluidas sus auto designaciones en las que no lo respaldaban auténticos reconocimientos, no fueron en un cien por ciento veraces y tendían más bien al fracaso que al éxito. Ninguno de los proyectos en los que se embarcó como arquitecto, ingeniero militar o escultor fueron satisfactorios. A las órdenes de la Señoría de Venecia y con el fin de repeler la invasión de los turcos inventó una escafandra rudimentaria para que hombres sumergidos en el agua abrieran boquetes a los barcos enemigos. Los barcos nunca se hundieron. Leonardo salió huyendo a hurtadillas de Venecia lanzando miradas nerviosas por encima de su hombro.
César Borgia le encomendó drenar las marismas de Piobino que inundaban la ciudad, pero Leonardo también falló como ingeniero naval. Regresó a Florencia para continuar pintando la “Virgen de las Rocas”, pero apenas había dado algunas pinceladas cuando de nuevo fue llamado por César Borgia. Esta vez era para que elaborará unos mapas topográficos de Arezo, ciudad que había sido tomada en una revuelta contra la Señoría. La orden también era que volara la ciudad. Leonardo pasó de cartógrafo a experto en explosivos. Preparó una mezcla que por fortuna no resultó, después de cien intentos fallidos.
Giorgio di Santillana en su estudio “Hombres sin letras” escribe: “Leonardo tiene ortografía de criada, escribe exactamente como lo hacían los campesinos de su época y los actuales. Pese a sus grandes esfuerzos por conseguir una instrucción autodidacta nunca llegó a dominar el latín ni tampoco el italiano”. Sus conocimientos matemáticos tampoco pasaron de un nivel rudimentario. George Sarton, profesor de Historia de la Ciencia de la Universidad de Harvard, declara en su artículo “Arte y Ciencíw’: “Pese a todas las afirmaciones en sentido contrario, Leonardo no fue un gran matemático... Pese a su genialidad, se movía a palpientas, como un ciego, en el maravilloso campo de la matemática”.
En cuanto a sus revolucionarios artefactos bélicos, un estudio reciente demostró que la mayor parte de sus diseños militares no son originales. Con frecuencia se ha presentado a Leonardo como un científico olímpico, súper humano, que lo inventó prácticamente todo, desde el bolígrafo hasta el submarino y el helicóptero. Esta impresionante leyenda no casa muy bien con el hecho de que no es posible saber con certeza cuáles de sus máquinas son verdaderamente originales y cuáles no. En su estudio sobre la relación entre la ciencia y el arte de Leonardo, el gran estudioso de éste, Kenneth Clark, escribe: “De los cientos de máquinas que aparecen en los cuadernos de Leonardo, ¿cuántas son inventos y cuántas son simples dibujos de objetos que había visto?”.
El doctor Ivor B. Hart., director de los servicios de instrucción del Ministerio del Aire Británico, escribió: “Puede decirse que, en conjunto, los diseños de máquinas voladoras de Leonardo poseen escaso valor científico.
Son curiosidades y fascinantes ejemplos de cómo su genio mecánico se perdió en medio de sueños, esperanzas y ambiciones.
Su invento del helicóptero ha sido rechazado por dos autoridades de fama mundial, el profesor Ladislao Reti, en su obra Helicopters and Whirligigs, y C. H. Gibbs Smith, en Origins of the Heficopter. Un cuadro que se conserva en el museo de Le Mans (Francia) y que data de 1460 (cuando Leonardo tenía ocho años) presenta a un niño Jesús jugando con “un helicóptero de juguete”.
“La última cena”, que ha sido alabada hasta el éxtasis, se ha considerado una pintura muy mala, desprovista de todo sentimiento religioso, llena de agitación teatral, errores matemáticos y dibujos defectuosos, sobre todo en lo que respecta a las manos.
El famoso estudioso de arte Bernard Berenson y la comparó con “una ensordecedora y agobiante disputa en un mercado napolitano”. Kennth Clark señala que pocos años después de terminado, el mural ya estaba irreparablemente dañado. “La pintura que conocemos en la actualidad es en su mayor parte obra de restauradores. Leonardo quedaría horrorizado de poder verla”.
Aunque Leonardo no abarque de modo unánime la condición de un súper sabio como lo pone la historia, con la interminable lista de profesiones que se le atribuyen, con sólo sus magistrales dibujos anatómicos que son una maravillosa belleza y la genialidad de sus pinturas nos conformamos.
Lo que pueda haber de cierto o falso más allá de la verdadera figura del genio renacentista, es preferible, ya sea para bien o para mal, dejarlo a la propia autenticidad de los hechos en su carácter histórico.
Nos basta contar con la idea de que existió un hombre de la talla de Leonardo Da Vinci, con mucha más dignidad, mucho más coraje y mucha más valía que la mayoría de sus contemporáneos.
El hombre que para poder apaciguar el hambre y su insaciable sed de conocimientos, junto a la inminencia de su hermoso talento, hasta llegó a humillarse como fontanero, aparte de ganarse la vida como animador de fiestas, malabarista, cantor, tocador de laúd, y otras habilidades que lo sacaban de apuro y de una u otra manera lo acercaban a los personajes de los que esperaba ayuda.
Es probable que este comportamiento inestable de Leonardo de no centrarse en una sola actividad que debería haber sido la pintura y que era lo que verdaderamente dominaba, se debiera a dos cosas: la propensión innata que tiene todo genio de alimentar su ego con la admiración que hagan los otros de su obra (que en el caso de Leonardo venía acompañada de una excesiva vanidad) y la necesidad apremiante, diríamos casi desesperada, de contar con fondos económicos que lo sacaran de su agobiante indigencia.
En estos dos puntos se encerraría la lucha librada por Leonardo contra él mismo, queriendo atrapar ambas cosas a la vez, sin haber podido salir nunca de ese su alambicado mundo que lo acompañó hasta su muerte.