Nuevo Amanecer

SANTOCLO


El viejo se bajó de la carreta con la gran alforja, caminaba despacio, como cansado, arisqueándose viendo para todos lados, era alto y delgado, moreno limpio, de pómulos salientes y una pequeña barbilla puntiaguda, el sombrero con la brisera gacha lo hacía irreconocible y misterioso, las correas eran cintas de colores que caían a ambos lados moviéndose suavemente con el viento helado de la montaña, se acercó a los bueyes totiándolos pegado a las orejas, como diciéndoles algo, eran siete pinteados, resoplaban al vaho de la noche con el hocico al suelo, espumoso, el humor animal del sudor caliente, la rumiada penetrante del zacate limón, serenos y pensativos, con tres yugos atuto y el jefe guía adelante.
El viejo se fue agachado por el patio capeando los cordeles de ropa amarrados del frontal del rancho a unos palos de guasimo, caminó despacio tirándoles pellejos a los perros que hacían el intento de ladrar con un quejido fino, como lloriqueando, lo siguieron olfateando el suelo y mordiendo los tucos de carne.
En la lejanía, la luna llena recostada al Chachagua medio nublado dormía la siesta de las doce, por la parte de atrás del rancho divisó el resto del caserío apacible, rebalsado de luciérnagas confundidas con la estrellada de diciembre, entró por la cocina levantando en silencio la puertecita de varillas, vio con la claridad de la luna respingada en las tejas los trastes caídos cerca del fogón, el gato echado en el molendero hizo un maullido seco sin moverse, ahí puso la olla de aluminio nuevecita llena de arroz, frijoles, medio litro de aceite y tres sardinas de las grandes, se movía en puntillas con un chirriar de botas que apenitas se oían, el esplendor de la lunada hacía que su sombra embijada en las paredes se viera como un fantasma desmembrado pegado al techo.
Cuando se acercó al cuartito, la pelotada de gente dormía en el suelo con los sacos de bramante mediocubiertos, vio a los chavalos en el fondo despernancados, babeados, rechinando los dientes, se arrodilló y acomodó a los pies el camioncito de madera pintado de flores anaranjadas, dos chischiles de palma morados y la muñeca de trapo sonriente con las pequeñas trenzas adornadas de lasitos azules, alzó el puño izquierdo entre las rendijas del reflejo de luna para ver el reloj, lo sacudió varias veces como despertándolo. “Se me está haciendo tarde” --dijo murmurando.
Cuando se acercó de nuevo al fogón le brillaron los ojos de sorpresa, el gran calabazo amarillo ahumado de cinco litros estaba colgado en el tapesco de las cuajadas, lo sobó con cierta nostalgia.
Ni modo… --dijo pensativo--… me lo voy a tener que llevar… el mío ya se me está picando. Y se lo terció al hombro.
El viejo salió al patio, una ráfaga de viento lo hizo agarrarse el sombrero, los perros seguían en su faena jalando y mordiendo pellejos.
Se montó a la carreta presuroso, ajuchando al buey guía con el largo chuzo, mientras se alejaba levantaba las manos haciendo señas al aire, despidiéndose del rancho.
Cuando la Hortensia se levantó malencarada a calmar la samotana de animales que habían llegado de los otros solares a compartir el festín, escuchó en la lejanía del Chachagua los gritos.
…¡ajuuuuuuaaa ...!
¡ajuuuuuaaa...! ¡feliz navidad...!
feliz navidad ¡ajuuuuuaaa!
‑ Parece que vino de nuevo... --dijo la Hortensia, sonriente, alzando los ojos y viendo el mero cielo salpicado de estrellas.
Residencial Guanaca
Matagalpa Nov‑2005.