Nuevo Amanecer

Poeta en Nueva York (1930)


Federico García Lorca (Granada. España 1898-Fusilado en 1936)

Hasta hace poco conservaba aún el libro de las Obras Completas de García Lorca editado por Aguilar en papel Biblia. Tal vez la única edición de las Obras Completas del poeta de Granada que se permitió en época de Franco. No hay que olvidar que Federico García Lorca fue fusilado a traición en las afueras de su ciudad natal, sin que sus muchos amigos a derecha e izquierda de la contienda pudieran hacer nada para evitarlo. Gracias a esas obras completas descubrí no sólo al García Lorca del teatro de la España Negra, como en la Casa de Bernarda Alba o Yerma, sino también al hombre que rescató parte del valor del ritmo flamenco, para lo cual organizó certámenes que aún hoy se celebran. También ahí estaba el Federico García de poemas, que sólo pudo haber escrito un andaluz, como los dedicados a la muerte del torero Ignacio Sánchez Mejías “A las cinco de la tarde...” o el “Verde que te quiero verde...”. Y cómo no, estaba el Federico más romántico tanto en poesía como en teatro, el que sabe lo que es el temblor del pequeño corazón de un pájaro solitario en nuestras manos; el de “cógeme la mano amor, que vengo muy mal herido, herido de amor huido, herido y muerto de amor”.
Me sorprendió igualmente descubrir al Federico de los discursos y las conferencias, la explicación más clara de su compromiso con la República, con la justicia a los marginados de los que él aprendió a apreciar tanto la vida. Pero sin que sean los versos que más se nos quedan en la memoria, sin que sea el Federico del pueblo, creo que es en Nueva York donde el poeta se revela. Fue una estancia que no llegó a durar dos años como estudiante en la Universidad de Columbia. El libro se publicaría en 1940, ya muerto Federico. Es la obra más surrealista de todas, y también la más difícil, cargada de símbolos y de sucesiones de imágenes, reminiscencias, un libro de poemas que podría haber escrito James Joyce si se hubiera puesto a ello. Pero Federico lo dota de una vitalidad que sólo él posee, que cambia el aire y el clima, como decía su propia hermana: “Cuando Federico está no hace ni frío ni calor, hace Federico”.
Cuando un ser precioso como él se enfrenta al desbordante choque de Nueva York, el inquietante futuro, el rascacielos donde el sol se vuelve cuchilla y un niño negro que llora en una esquina, le surge un grito, la búsqueda desesperada de una raíz natural entre semejante artificio, entre una humanidad desperdigada, sin identidad de sí misma. Nueva York acaso ha cambiado pero sigue provocando el mismo grito. Al poeta andaluz le sale por los poros todo el caudal que lleva dentro y recuerda la naturaleza y cómo no, a Walt Whitman, y entonces, en la orilla del río Hudson, le dedica uno de los que sin duda está entre los mejores poemas que se han escrito en lengua castellana: