Nuevo Amanecer

La Felicidad Clandestina (Felicidades Clandestinas, 1971)

Clarice Lispector (Tchetchelnick, Ucrania, 1926 - Río de Janeiro, Brasil, 1977)

Siento molestarles con mis intimidades, pero confieso que tengo dos amores ilícitos de ultratumba. El primero es doblemente inmoral, su nombre es sor Juan Inés de la Cruz, la escritora mejicana con más chispa e ingenio que pasó debatiéndose con su mundo entre los muros de un convento, el único lugar de su tiempo donde una mujer podía dedicarse a la cultura. Para mí es imposible leer los versos de sor Juan y no enamorarme. Y se me aloca la imaginación aún más de lo que ya está de por sí, sintiéndola como un amor difícil, toda una hazaña: saltarse los muros del convento y, una vez dentro, ganarse el amor de esa mujer a fuerza de palabras y de ternura, y resistir no quedando como un niño ante su ingenio. Pero la muerte le pone trabas a este empeño. Sor Juana es una palabra ya sin cuerpo, pero una palabra tan viva que aún le hace a uno enamorarse de ella. Esto demuestra que la palabra sobrevive al tiempo, sobre todo si alguien puede despertarnos mariposas en el estómago después de casi tres siglos y un espacio inabarcable entre nosotros. Mas no se preocupen, aún no me he vuelto del todo loco.
Hay escritores que uno lee con la grave conciencia de que están ya muertos, pero en otros, a uno se le olvida pronto que lo están y no tarda en soñar que van al lado, como en este tren en el que escribo. Clarice Lispector me ha mirado. Fue un momento fugaz, antes de que sus ojos volvieran a perderse en el horizonte de la mañana. Espero que no haya sido un reproche. No es buen asunto esto de empezar una carta de amor a una mujer hablando de otra. Ella tiene las pestañas curvadas hacia arriba, los ojos almendrados, los pómulos salientes, la nariz pequeña, los labios a punto de decir algo, o a punto de dar un beso.
La primera vez que la conocí fue a través de un libro que, como me falla la memoria, diré que cayó entre mis manos, La Felicidad Clandestina. Quería asomarme a la literatura brasileña y esta colección de cuentos fue de verdad para mí una felicidad clandestina. Clarice defiende el título argumentando que la lectura se disfruta mejor a solas, como a escondidas, y entonces se convierte también en un acto clandestino que produce una felicidad tan sólo comparable a la de escribir una página que cuando uno la relee descubre que ha dicho todo lo que tenía adentro, y de la forma como tenía que decirlo. “¿Qué tengo que decir, cómo debo decirlo?” creo recordar que se preguntaba Clarice Lispector, en su primera novela Cerca del corazón salvaje (Perto do coracao selvagem). Realmente en el arte de escribir es más difícil alcanzar esta plenitud, este sentimiento de liberación y cercanía con todo. La lectura suele proveer de más ratos continuos de felicidad.
El libro de relatos de este encanto de escritora brasileña, aunque nacida en Ucrania, les aseguro que, por lo menos a mí, me reconcilió con la literatura. Cuando la leí venía de haberme tragado varias obras, tan importantes para la Historia de la Literatura como insufribles para mí. Puede ser que yo no tuviera la disposición adecuada, o no me estaba dado disfrutarlas. Pero este librito de Lispector, estos relatos, como el de la mujer que avanza pensando en Dios y a punto de atravesar los arcanos de su misterio, de penetrar en los espacios más altos del misticismo, cuando está adentrándose en las preguntas que todos nos hacemos, de pronto y precisamente, un roedor, creo que una rata, se le cruza en el camino. Todo su pensamiento sobre el infinito se vino abajo ante la repugnancia que le daba el animal. Todos sus artificios de espiritualidad derrotados por su sensibilidad, apenas una rata recordándole a ella y a todos nosotros que somos de carne y hueso, que temblamos cuando sopla el más ligero aire frío y lloramos al primer dolor.
Pero en la Felicidad Clandestina hay relatos que son una delicia, y a diferencia de las novelas de esta autora brasileña, también fallecida, a la que le declaro mi amor de ultrataumba, son a la vez directos y sencillos.
Las novelas nunca extensas, pero extraordinariamente densas, como La Pasión según G.H, o Lazos de Familia rompen con la tradición literaria brasileña, y en parte latinoamericana, e implantan el monólogo interior femenino. Aún hoy, estoy en pleno proceso de leer y disfrutar aún más de las novelas suyas que me quedan por leer y disfrutar como de aquella primera vez de La Felicidad Clandestina. Clarice Lispector añade a su encanto algo que me termina desarmando: el misterio.
Pero tal vez mi declaración de amor por ella surgió más fuerte cuando hace poco pude ver una fotografía antigua cuando estaba viva y en la que se puede admirar su belleza, una señora encantadora que hubiera hecho temblar a más de uno. Pero se mantuvo alejada por su altiva timidez, y eso la separó de muchas cosas.
Supe que estaba enterrada en el cementerio judío de Río de Janeiro. Todavía no sé quién era Clarice Lispector realmente. Tal vez en sus novelas ella misma también se lo preguntaba. Nuestra Virginia Wolf de América. Lo que no me perdono es no haber acudido en su día a dejar una flor en su tumba, pero hago la promesa de cumplir este rito en cuanto tenga ocasión. Mientras, quisiera dedicarle este Ida y Vuelta, como mi flor de palabras, y con el fin de un hermoso cuento de ella, titulado precisamente Amor:
“Es hora de dormir -dijo él-, es tarde.
En un gesto que no era de él, pero que le pareció natural, tomó la mano de la mujer, llevándola consigo sin mirar para atrás, alejándola del peligro de vivir. Había terminado el vértigo de la bondad.
Había atravesado el amor y su infierno; ahora peinábase delante del espejo, por un momento sin ningún mundo en el corazón. Antes de acostarse, como si apagara una vela, sopló la pequeña llama del día.”