Nuevo Amanecer

La Poesía Armada de Rigoberto López Pérez

El proceso espiritual de un hombre de bien

“¿Quién leerá los poemas míos/, cuando parta en la fúnebre barca?’, se preguntaba Rigoberto López Pérez, el 4 de julio de 1946, diez años antes de su acción heroica de septiembre de 1956, en un breve poema escrito en su León natal, cuando sólo contaba con 17 años de edad, como también en versos anticipadores de parecida fecha vaticina: “...echaré al mundo mi inspiración / donde rodaré yo con alma y corazón”. ¿Quién es este joven que en místicos sentimientos lírico‑ patrióticos clama al compasivo demiurgo: “¡Señor, Señor, Señor!/ calma mi acerbo dolor/ y dame un poco de armonía/ para calmar la melancolía/ que hay en la pobre alma mía”.
Qué gesta en su mente este poeta en ciernes, en 1950, que en balbuciente lenguaje épico, avizora y versifica: “Serán cristalinas notas sonoras/ las que saldrán vibrantes de las trompetas/ cuando lleguen las horas de las horas/ y en el cielo se aparezcan escuetas y potentes”, para terminar preguntando con vehemencia y hasta desolada desesperación : “Oh, libertad, libertad, libertad, dónde estás? “...¿Qué sugieren palabras como las siguientes de 1949, cuando tenía sólo 20 años?: “Oh poeta que hacia el azul miras? Con ese inefable afán/ ¿buscas acaso la rosa perdida/ o el sonido de las liras/ o las gamas de la vida/ que se han ido y no volverán?
Rigoberto es un muchacho de barrio, a la vez alegre y atormentado, martianamente “comido por el ansia de hacer el bien”; un lector y hacedor de poemas, que en palabras de Rubén Darío pudiera definirse como un “botón de pensamiento que quiere ser la rosa”; en cuyas soledades espirituales se forja una voluntad lírico‑patriótica, la de un peregrino a la búsqueda de una armonía interior que se corresponda y sea reflejo del mundo exterior objetivo, que hasta ahora se le aparece sombrío y trágico, bajo una dictadura sin piedad para el prójimo y que lo mantiene huérfano de la belleza en la que sueña y desea para el mundo y, desde luego, para él.
Este joven apasionado y noble evidencia unas ansias y un anhelo de plenitud moral en todo su corto y ardiente poemario. Léanse en prueba de ello los poemas El Estudiante, Bardo, Plegaria, Beethoven, Mi Partida y el que dedicara al poeta Antenor Sandino Hernández, así como sus pensamientos anotados en su libreta de apuntes, y se comprenderá la metamorfosis sicológica de este héroe en crisálida, del más puro crisol de este muchacho de excepción: “Se puede dar la vida por un ideal que llene el vacío que llevamos adentro”. Y más cuando con determinación escribe: “Las flores de mi jardín estarán marchitas, mientras exista sangre en las venas del tirano miserable”.
Otras anticipaciones
Hay diversos casos de escritores y poetas, aparte de otras anticipaciones menos notables, que han vislumbrado un destino personal trágico. Entre otros casos, que sería prolijo citar, cabe recordar la del poeta nacional ruso Alejandro Pushkin, quien, en su obra “Eugenio Onieguin”, traza en este personaje los detalles de la que sería su propia muerte, como también es el caso de las sombras y pájaros protervos de Edgar Allan Poe, el poeta norteamericano, así como el triste muestrario que crepita en la raigambre de casi toda la obra de César Vallejo. Parecido es el sentimiento trágico que signan algunos poemas, con redoble de tambores, gitanerías y detonaciones de fusilería, de los poetas españoles Miguel Hernández y Federico García Lorca, el último de los cuales dejó en reiterados versos ese presentimiento de lo que habría de ocurrirle en su Granada, como escribiría después de su muerte Antonio Machado. Federico versificó así:
Yo no quiero más que esa mano
Para tener un ala de mi muerte.
Y recordando a Mariana Pineda, el vate granadino (recuérdese que vate se
deriva de vaticinar) en versos fatalísticos, ve llegar a la descarnada e “inviolada virgen” que dijera Rubén Darío:
Pedro, coge tu caballo
O ven montado en el día
¡pero pronto! ¡Que ya vienen
para quitarme la vida!
Antoin Saint Exúpery, escritor francés, en su novela “Vuelo Nocturno”, presagia su fin en el personaje central de la misma, un piloto que emprende un viaje sin retorno como le ocurriría al novelista, quien desapareció en un vuelo de espionaje durante la Segunda Guerra Mundial. ¿Y qué decir del sueño premonitorio de Rubén Darío y su cerebro repartido entre sus amigos? ¿Será acaso porque la muerte es un juego y los artistas y poetas juegan a menudo con ella, pues siendo inevitable aparenta ser profética? Sea lo que fuere, algún día, tal vez no lejano, la ciencia podrá explicar éste y otros misterios. En este orden de ideas, podemos afirmar que López Pérez “predijo” las secuencias finales de su vida, segundos antes de su muerte, en su extraño poema en cinco estrofas de cuatro versos “La confesión de un soldado”, como lo veremos después.
Héroe de excepción
Rigoberto López Pérez nació el 13 de mayo de 1929. Hijo mayor de cuatro hermanos ‑Salvador, Efraín y Margarita‑‑, fruto de las relaciones de su madre Soledad López Calero, vecina del barrio de El Calvario de la ciudad de León, mujer sencilla y hacendosa, con el médico Julio Barreto, profesional muy conocido en la ciudad; relaciones que por sus características y circunstancias recuerdan los casos paternos de Sandino y Carlos Fonseca Amador.
Para los amigos de vecindario y para la mayoría de los que lo conocían en León, se trataba de un muchacho moreno, de buena estatura, sano, fuerte, amigo cariñoso, contador comercial y taquimecanógrafo, compositor de canciones románticas, músico violinista del conjunto “Buenos Aires” , un poco sastre, tipógrafo y colaborador frecuente de los diarios “El Cronista” y “El Centroamericano”. Rigo estudió primaria en el colegio de monseñor Augusto Oviedo y Reyes “Dulce nombre de María”. En sus días libres, jugaba pelota con la muchachada de los alrededores y asistía al estadio local a recrearse viendo béisbol. Solía vérsele en compañía del periodista Armando Zelaya Castro, de cuya hermana, Amparo, era enamorado.
Joven intrépido, como miembro del conjunto “Buenos Aires”, compuso varias canciones, una de las cuales la dedicó a la señorita Caridad Pérez, según nos relata el veterano cantante leonés Róger del Moral, uno de sus muchos amigos, presente en la Casa del Obrero la noche de “fin de fiesta” del 21 de septiembre. Rigoberto, sin embargo, para los familiares que le conocían íntimamente era un muchacho callado, de intensa vida interior, obsesionado por la lectura y particularmente por la poesía de Rubén Darío y por otros poetas nicaragüenses, así como por la música de los grandes maestros, especialmente por la de Beethoven. Se encerraba en su cuarto de la casa materna a concentrarse en la lectura de sus libros amados, y a redactar sus versos del alma, los que nos dejaría como testimonio de su sensibilidad y de su pasión redentora.
En ellos son notorios algunos tintes del modernismo tardío, y aunque es intensa y diríamos que hasta vehemente la inspiración, Rigoberto no domina las formas de la gaya ciencia, pues ésta en él es balbuciente y su técnica como versificador es desigual, cuando no débil y carente de ritmo. Su fuerza empero consiste en el contenido, en la razón y la pasión que lo dominan plenamente y que estallan a veces en destellos fulgurantes, más cuando se mide el tono suyo a la luz de su gesta del 21 de septiembre de 1956. Interesa subrayar a este respecto la que pudiéramos llamar metamorfosis espiritual de Rigoberto desde sus 17 años hasta la hora cenital de su martirio.