Nuevo Amanecer

La juventud no tiene dónde reclinar la cabeza

A propósito de “Retrato de poeta con joven errante”, Antología de poesía nicaragüense que será presentada el miércoles, 14 de diciembre a las 7:00 PM, en Galería Añil. La Juventud no tiene dónde reclinar la cabeza. Su pecho es como el mar. Como el mar que no duerme de día ni de noche. CMR

Aunque un académico o crítico mejor ilustrado que yo encontraría, en cada uno de los jóvenes poetas de esta muestra, material abundante para elaborar un merecido ensayo sobre cada cual, yo soy de la opinión que esta poesía tiene un peso específico que habla por sí mismo. Por esto, como antepasada fantasmagórica (pero aún flagrante usurpadora de oxígeno) que soy de estos jóvenes, me limitaré a decir qué emanaciones siento ascender desde estos verdes árboles escribiendo su primavera en el cielo de Nicaragua.
Cité a Carlos Martínez Rivas al inicio porque ese movimiento de mar que no encuentra dónde reposar la cabeza fue la más definida sensación que leer esta colección me provocó. Y aunque las palabras de Carlos parecieran ser una reflexión acerca de esa calidad inquieta de la juventud, lo cierto es que en Nicaragua, en lo que a poesía se refiere, la juventud siempre tuvo dónde posar la cabeza: maestros, reconocimiento social y, sobre todo, una épica social. Irónicamente, la historia convulsa de nuestro país ha sido una bendición para las artes.
Es un hecho misterioso pero cierto que la resistencia colectiva, la cercanía de la muerte, el peligro, la visión de la propia vida como un acto que puede trascender la individualidad, desata la imaginación y el impulso creativo como un reflejo de supervivencia. Ya está dicho en los poemas náhuatl: “¿Qué quedará de nosotros?... Al menos flores, al menos cantos”.
Los cantos han sido en Nicaragua una manera de afirmar la nacionalidad, una manera de quedarse. Para los poetas de mi generación y de al menos tres generaciones anteriores, las circunstancias impulsoras de la pasión poética nos rodeaban por todos lados, nos incitaban y nos demandaban tomar posiciones. Había que luchar más bien contra la tendencia de simplemente zambullirse en esas aguas de las pasiones nacionales. Ser parte del coro, conservando la propia voz fue, en gran medida, nuestro reto. Los jóvenes representados en esta muestra, por el contrario, emergen desde la realidad postmoderna, post-heroica, de una Nicaragua asolada por la mediocridad y retornada a una situación histórica cuasi colonial, donde ni siquiera los villanos poseen el digno perfil de los arquetipos.
Los monstruos de nuestro laberinto no son minotauros: son los hombrecitos de los paraguas de Magritte. No inspiran pasión, inspiran lástima. De allí que estos jóvenes no encuentren en su entorno ninguna gracia poética.
Por el contrario, el impulso de esta generación, que yo llamaría la Generación del Desasosiego, es el de salirse de ese entorno podrido donde su cabeza juvenil no encuentra ni reposo, ni propósito, ni guía, y emprender el viaje interior, ya sea hacia la desilusión o hacia la aparente fatalidad de la condición humana. Aquí y allá aparece el amor, la sexualidad, con su fuerza redentora, pero el mundo abstracto de la construcción de propuestas de identidad es el del desasosiego.
En este sentido, esta poesía se enmarca ya dentro del rumbo que se perfilaba en los noventa con voces como las de Carola Brantome, Blanca Castellón, Isolda Hurtado, Karla Sánchez y Marta Leonor González, por mencionar algunas de las más destacadas.
Es así que esta muestra está llamada a ser una referencia obligada para el estudio de la nueva poesía nicaragüense.
En ella, la muerte en combate sucede en la batalla contra la alienación, la soledad y la futilidad. La rebelión es ya no el escándalo de la sexualidad expuesta o de la proclama política, sino la aproximación desfachatada y desafiante a la violencia, al suicidio, al sexo sin romanticismos.
El lenguaje es aún tentativo, más logrado en unos que en otros, pero esta experimentación con el asombro del verso que a mitad de la línea se convierte en pañuelo de color o conejo, como si saliera del sombrero de un mago es, de cierta forma, y de manera muy interesante, a mi juicio, la negación muy nicaragüense de la solemnidad de la propuesta fatalista. (Hacía su agosto en la tragedia, como dice el verso de Francisco de Asís Fernández sobre Martínez Rivas).
Es un verso lúdico, travieso, que encuentra en su propia vida la maravilla de la creación, y que se afirma más sobre sí mismo que sobre el tema que escoge.
Hay aún marcadas influencias, búsquedas que requieren madurar, juegos gramaticales que no logran la coherencia necesaria para justificarse, pero esta Generación del Desasosiego tiene ya un grupo de representantes valiosos apurados y tenaces, buscando encontrar el sentido de la poesía –para ellos y para nosotros– en esta época cuando sufrimos el mayor de los desasosiegos.
Celebro este libro y estas voces, cada una de ellas original, fuerte y sin miedo de indagar en las posibilidades de la palabra.