Nuevo Amanecer

Platero y Yo (1917)

Juan Ramón Jiménez (Moguer, Huelva, España, 1881- Santurce, Puerto Rico, 1958)

“Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro”. No hay nada de la infancia que no se recuerde después en algún momento. No hay un olor que no quede guardado o un sabor o la tonalidad de la luz mortecina que se derramaba como una tristeza por los cristales de la ventana de un aula del colegio, cuando el profesor obligaba a un compañerito, creo que se llamaba Madero, a leer en voz alta esta frase deslizante que a él se le trababa: “Plat, tero, es pe..peludo, su...su...ave....co como si fu...si fuera del..godón”. El profesor impaciente le obligaba delante del resto de los niños a repetirlo en un acto vergonzoso para ambos. Madero era gitano como algún personaje de Platero y Yo, como esos que parecían sombras dobles caminando sobre las piedras y la cal de las casas del viejo pueblo en siesta.
Creo que es en Mi Rubén Darío --el libro que el mismo Juan Ramón Jiménez escribió de sus recuerdos con su admirado poeta nicaragüense-- donde cuenta que lo estaba esperando en una estación de Madrid, ansioso por recibir a su maestro y poder acompañarle mientras le recreaba la vista con las bellezas de los monumentos madrileños. Rubén Darío aceptó gustoso la compañía del poeta de Moguer, pero al pasar un rato en el carruaje desde el que Juan Ramón alababa los monumentos de las calles de la capital de España, Rubén contrarió las expectativas que su discípulo tenía depositadas en él y le preguntó sin más: “Muy bien Juan Ramón, ¿y las mujeres dónde están?” El poeta moguereño se bajó del carruaje abatido por las debilidades de su maestro. Eran dos caracteres totalmente contrarios: aquél, ingenioso, vivaz, desbordante; éste austero, comedido, reservado. Pero entrambos la poesía en español tuvo un despegue necesario. Después, a Juan Ramón le dieron el Nobel que no alcanzaron a darle a Rubén Darío. Se lo dieron dos años antes de su muerte, en el mismo en que su mujer y compañera moría de cáncer.
Por otro lado, la prosa de Juan Ramón Jiménez, autor de Poeta Recién Casado o Dios deseado y deseante, es todavía hoy poco valorada. Su enorme presencia de poeta genial puede haber ahogado esta otra virtud. Sin embargo, aquí está la paradoja, el libro más conocido y albergado en las estanterías de las casas (que no es lo mismo que leído) es Platero y Yo. Y además es en el que más niños han puesto sus ojos desde la escuela, sin ser realmente un libro para niños.
La prosa de JRJ (como a él le gustaba firmar) se parece mucho a su poesía en cuanto a la exactitud de su medida. Repasada mil veces y corregida otras tantas, en Platero, este poeta de lo exquisito y de lo sublime, este discípulo orgulloso del cisne Darío, elige como protagonista a un burro, probablemente el último animal, el más castigado en los pueblos de España de su época (hoy, otra paradoja, cuidado por estar en vías de extinción). Se identifica tanto con el animal que entabla un diálogo constante por las calles de Moguer, no tanto con el animal, sino con el lector hablándoles del burro. Ante los ojos de animal y poeta desfilan personajes luminosos y oscuros, desfila la crueldad y la ternura en una misma persona y a un mismo tiempo, el niño cojo, la mujer lozana. Asno y poeta, extrañados los dos, se asoman a la vida menuda para contárnosla. En las calles de Moguer existen placas donde se rescribe la historia de Platero. Leído hoy, me parece que JRJ se propuso más con Platero de lo que luego fue. Ya no sólo un libro escolar para los niños de Andalucía y para los de muchos países de América Latina, sino una enseñanza literaria muy audaz. Suele ser común que cuando un turista pisa Moguer, lo primero que pregunta es cómo encontrar la tumba de Platero, como en Génova preguntan por la de Romeo y Julieta, en Rumania el castillo de Drácula, o en la Mancha por el pueblo de don Quijote. A lo mejor, lo que JRJ perseguía era un canto a la pureza que siempre queda en todo lo débil “Y yo me iré / y se quedarán los pájaros cantando”. Lo mismo le dice a Platero sobre una flor del camino en uno de los capítulos más poéticos del libro:
“¡Qué pura, Platero, y qué bella esta flor del camino! Pasan a su lado todos los tropeles —los toros, las cabras, los potros, los hombres—, y ella, tan tierna y tan débil, sigue enhiesta, malva y fina, en su vallado sólo, sin contaminarse de impureza alguna....
Esta flor vivirá pocos días, Platero, aunque su recuerdo podrá ser eterno. Será su vivir como un día de tu primavera, como una primavera de mi vida... ¿Qué le diera yo al otoño, Platero, a cambio de esta flor divina, para que ella fuese, diariamente, el ejemplo sencillo y sin término de la nuestra?”
La vida desde lo pequeño contada así, adquiere una magnitud grandísima. Pero JRJ fue un maestro severo y estricto donde los halla, si no que se lo pregunten a alumnos y discípulos de él, como la reciente premio Nesutadt, Claribel Alegría. Sin embargo, también recibió la crítica y el desprecio de muchas personas que le debieron tanto, como recordaba hace muy poco Andrés Trapiello en muy buena crónica de aquella traición estética que se hizo con Juan Ramón. Primero aprendieron del maestro para luego despreciarlo. Sin embargo, él se entregó a los jóvenes y a los niños con una generosidad impagable. Murió en el exilio de Puerto Rico, creo que rodeado precisamente de niños. No quiso volver a la España de Franco de la que había huido, aunque después sus familiares llevaron su cuerpo a la tumba de Moguer, alrededor de donde todavía hay quien merodea buscando la de Platero. Hoy reposan sus retos junto a Zenobia, su esposa, también escritora y traductora, si no me falla la memoria, una de las primeras traductoras al español del poeta indio Tagore. Y sí, Juan Ramón era muy especial, un poeta hecho vida con un montón de manías que, sin embargo, no le impedían darse con generosidad a quien le requería.
Cada vez que vuelvo a Platero me acuerdo de aquel niño gitano de mi escuela, el que no podía decir de corrido ni la primera palabra del comienzo. Luego supe con escalofríos que acabó muerto muy joven de un disparo de mano de un policía que le alcanzó “con un tiro al aire”, según dijo en su defensa, después de que aquel saliera corriendo de un bar en el que había estado robando. Sabíamos que su vida se había difuminado en la delincuencia, pero cuando me enteré de su asesinato, más que sorprenderme, me acordé de cuando él no podía terminar aquel principio de una de las novelas más tiernas que se han escrito, como si fuera la puerta de un mundo que alguien había decidido cerrarle a él para que no entrara nunca. Lo recuerdo así de niño, ruborizado, pero en pie delante de toda la clase tratando de decir “Platero es pequeño, peludo, suave, tan blando por fuera...”