Nuevo Amanecer

Por eso estoy aquí


Desperté a medianoche porque seguramente escuché el ruido mientras dormía y me quedé un momento inmóvil aguzando el oído, tratando de captarlo otra vez. Estaba seguro de haber escuchado algo, pero no sabía qué podía ser. Estoy convencido de que siempre hay que investigar los ruidos que se escuchan a medianoche. Algo que no vemos los produce. Entonces, en todo caso, es mejor…
Clo-ppp. ¡Ahí estaba! Un sonido alargado, húmedo, inconfundible. Estirado hacia el final, hasta disolverse en un silencio de duración uniforme. Era sin duda el sonido de una gota sobre líquido, en alguna parte cercana, en la noche que me rodeaba. A intervalos regulares, exactos, como medidos por alguien muy minucioso, que sólo se ocupara de eso.
Sin encender la luz dejé la cama y fui en puntillas hasta el lavabo cuidando de no tropezar con ningún mueble, como si la gota pudiera escapar si me escuchaba acercándome, u ocultarse. Pero la verdad es que como seguimos siendo animales, aunque queramos olvidarlo, el instinto sigue normando muchas de nuestras acciones.
Toqué levemente el tubo frío para orientarme y puse debajo la mano extendida. Pero no cayó ninguna gota. Allí todo estaba bien. Entonces, el baño. Y sin cuidarme ya mucho del ruido fui hasta el baño y luego hasta la cocina, ahora con auxilio de una pequeña linterna, porque nunca voy a olvidar el día en que mi tía Emma puso el pie sobre una araña así de gorda. La araña murió aplastada, pero dos días después mi tía Emma la siguió, amoratada y tan enorme, que costó mucho meterla en el ataúd que ella había comprado a sus medidas.
Tampoco en la cocina había nada que goteara, y la cosa comenzó a parecerme muy extraña porque… porque de repente caí en cuenta de que fuera donde fuera, la gota parecía estar a la misma distancia. Cercana y clarísima.
Pensé que siendo la casa tan antigua, su acústica podría hacerme alguna jugarreta. Lo peor es que esa gota me estaba arruinando la noche. Debía encontrarla o morir, pensé exagerado un poco, dispuesto a reírme del asunto.
¿Y si fuera en el jardín?, pensé de pronto. Así que fui hasta la ventana y la abrí de par en par. Una vaharada de azahares próximo me dio en la cara, casi haciéndome retroceder. Y junto al aroma un poco menos que insoportable, el mínimo violín de un grillo. Y la gota, naturalmente. Pero no venía de fuera, donde todo estaba en silencio. Volví a cerrar la ventana y me senté lentamente en la cama, apagando con suavidad la linterna, como si quisiera escapar inadvertidamente de algo que no podía precisar.
Era evidente que el goteo no llegaba del jardín, porque cerrada la ventana lo seguía escuchando con la misma claridad… y a la misma distancia. Y como no creo en aparecidos ni en tonterías de supuestos inframundos o supramundos, una luz siniestra, la luz de los hechos que no pueden negarse, fue haciéndose en mi interior.
Cerré los ojos tratando de evitar el pánico y puse casi con resignación la cara entre mis manos. Sentía cómo crecía en mí el terror, ahora que había descubierto el origen del sonido.
¡Clo-ppp! El medido intervalo y nuevamente: ¡clo-ppp! Comprendí que nunca podría encontrar la gotera en toda la casa, o en todo el resto del universo, porque aquella maldita gota, desde que la escuché la primera vez, estaba cayendo en mi cerebro. Peor aún, en mi mente.
Por eso estoy aquí.