Nuevo Amanecer

KARIB: El santuario de las tortugas

Para un buen soñador: Williams Slate 100 millones de americanos existían cuando pasaba el navegante Colón, cerca de Bermudas.

Antes de dar con la novia americana, Cristóbal Colón se hechiza con los lunares y soles del Caribe, o sea, toda una multitud de misteriosas islas diseminadas como tortugas y ballenas en reposo, junto a las costas de los Atlantis. Entraba al territorio dominado por del indomable Hurrakán y de la pacífica Tortuga milenaria. Sí, las llamadas Antillas mayor y menor, y las Costas desde Florida- Veracruz- Cozumel-Yucatán - Cabo Gracias a Dios- Panamá-Aruba-Guyanas.
En aquellos misteriosos lugares, existía uno que otro templo de yeso y palma, con adorno de dioses marítimos, donde los Tainos vivían en libertad entre la sabrosa desnudez de sus mujeres y lo imponente de su ciudad costera. En aquellas Antillas, entre infinidad de aves y peces, entre el ver a cocodrilos y culebras, se movían los Amerindios, Arawackas, Siboneys, Igeris, Lucayos, Seminolas o Apalaches, se oía de la poeta y cacica Anacaona. Pero nada comparado a la fiereza de los Karib, trasladándose en panganas y canoas recorrían el territorio de agua, costa e islas para someter toda esa región antillana. Se expandieron desde el Orinoco, Venezuela, fueron reproduciéndose estos terribles guerreros matriarcales. Sólo oír Karib, era desplomar el risco, lanzarse al mar y encontrarse ya al tiburón, a los tentáculos del Kraken o las medusas, o ahogarse en el pleamar de la reina luna u oír los ladridos de los perros mordiéndola en el eclipse, o salvándose gracias al auxilio de la tortuga y delfines.
En tierra y paralela, las emigraciones de Norte / Sur y Caribe a las Costas, dan hasta la forma de los cráneos, el tatuaje o el dibujo en la misma piel o caracoles y ostras o conchas como adornos, como pendientes de las hembras raptadas o dadas como tributo, y el olor a cocos, palmeras y el rondó en su comediría atlántica, con chocolate y tortillas o guineos en el canto de tucanes y lapas, en el Gracias a Dios, provocando el mestizaje entre los mismos nativos: ya en Mesoamérica, ya con los primos y las primas isleñas. De ahí los Chibchas, los Carib de San Vicente, y de su familia salida de las Guyanas.
El delirio de oro, el trópico mágico como puerta a encontrar el Dorado, los imposibles con esa naturaleza como al fin dar con la piedra filosofal o la fuente de la eterna juventud, encontrando además las maravillas, la belleza y gracia con las mismas nativas, el comercio inicial de animales, frutas enormes a cambio de baratijas y armas como “aliados” y protectorados, apoyando a uno vs. otro en luchas intestinas nativas, dan enseguida la esclavitud, dado entre navieras europeas con los antillanos, fue minando tanto al cazador como al que pesca, sea sedentario o nómada. Entre guerras intestinas y européicas, vinieron las plagas: viruela, sífilis, piojos y ratas, gripe, gripe de chanchos, en plena labor salina o de minas, raptando a nuevas etnias de su lugar original y llevarlas hacia la Española (República Dominicana y Haití) y Cuba, así desfilaron entre muchos otros, los guachinangos, apodados así a los yucatecos; de Florida a los seminolas, los ulvas y wiswis de Nicaragua, entre muchos otros, dada la extinción de los arawacks, siboneys, tainos, amerindios, en Corn Island los kubra, y tantos y tantos nombres y lenguas perdidas en el anonimato, resguardadas entre las piedras y colares, entre los mejillones, ostras, entre los gaspares, guapotes y peces sierra.
El tráfico de esclavos desde el África o los indonesios, sumados a escapes o encallamientos de barcos y lanchas, los sobrevivientes medio se adaptaron a su nuevo islote y ya luchan o se asocian con los amos de tal o cual isla, nuevas mezclas: zambos, creoles, “mestizos de Bluf; ramas y mískitos del Sur, mayagnas (Sumus); los garífonas nacen de africanos y caribes, vienen de San Vincent”.
La piratería echa raíces coloniales en todo este territorio, con GB, Francia y Holanda y sus corsarios, bucaneros y los mismos piratas, que reclutan marinos que luego se independizan y se les pone doble recompensa, como a los mískitos con los ingleses- para atrapar y vender a sus mismos vecinos. La unión de continentes o mejor dicho, el choque vagabundo y aventurero a la par de la esclavitud, daría cosas supremas como el rondó, la barbacoa, el May Pale (palo de mayo), el gombey de Bermudas, los guyolas y agagá haitiano dominicano, o las danzas garífonas.
Barcos fantasmales rielan o están bajo agua con sus tesoros escondidos, piratescos, con sus granos de pimienta, chile, cacao, tabaco, azúcar, yeso, llevaban costales del rey maíz, la hermosa yuca, hablaban del venado, el guajolote o chumpipe, el ocelotl, coyote, de extrañas bestias como el tapir o el pescado de varios sabores de cerdo, res y marisco, el horroroso y temible Manatí. Los cangrejos fantasmas se hunden en las playas, ellos también limpiaron el lugar de abusadores.
En esa situación de marinos locales y del viejo mundo, se fue anotando la historia en petroglifos, en cuevas dibujadas, el héroe en líneas artesanales o de tejidos enfrentando a los monstruos del aire o el volcán; se graba en los panteones al enterrarlos como fetos, se graba en los mismos sonidos tristes de las ballenas, en ese jazz y luego blus en el milenario lenguaje melancólico, o lo cachondo del reggae, de ahí las creencias del Vudú, santanería, orichás, los jamaiquinos con su rastafari, o el exorcismo del Walagallo, el baile y leyenda de los Yupi y la reina Escorpión que aguarda a los muertos. En otra arista, el rito de recordar a los ancestros y pervivir en la lengua baile original o camuflada. La convivencia con la flor y fauna, pedir permiso a los árboles para cortarlos y poner la semilla para otro, cuidarse de los dueños de los distintos animales, y la fauna hermanada con los espíritus elementales, de ahí la Liwa Mairen, Ole Heg, Yamama oh, Mama Dglo, Logparug; la danza ritual de los muertos, la tradición, mito y leyenda en la danza, el canto como enseñanza de los orígenes de la tribu, la hermandad de la luna y el sol con Venus vivientes de carne y hueso, la danza teatral, los dibujos geométricos o en círculos, los tatuajes o pintarse todo el cuerpo para espantar a los espíritus; el colorido de la indumentaria, las máscaras, bebida, las comidas típicas ritualescas… en algunos casos perviviendo y otras por extinguirse, sin querer entender los “civilizados” que son otro árbol de un mismo tronco, bifurcado por sus ramas y sus aves papayas, bananas guacamayas, lianas róbalos.
Sin que el remolino de agua del tiempo pase, vienen y van las lluvias, las etnias del Karib se agotan o se atrincheran como sus deidades les da a entender vía el Buyel, Sukia, Chamán. Los antepasados castigan el olvido, el tiburón de fuego o el tronco caimán solicitan sacrificios a la par del hombre rama. Huracán retorna y ataca a la par de los dioses mudos que echan lava, y les dirán: “No olviden quiénes son son soooonnnnn”. La tortuga cruza océanos, llega y desova. Llora. Ya ni le respetan cuando desova, al lado está el perezoso, el inútil que se llama humano. Llora la tortuga. Vuelve agotada al mar aceitoso.
Como en el inicio, no se les pidió su parecer ni les importó su originalidad de idea y existencia, algo aprovecharon la riqueza sobre el conocimiento ambiental, étnico y geográfico que es igual a la esencia misma, a la vida cultura religiosidad, como subsistencia disfrazaron a sus deidades marinas con los dioses terrenos nuevos. Algunas islas son basureros de lavado de dinero o tránsito y hábito de narcos, otros, sin llegar al fondo de la idiosincrasia nativa, dando frutos en los ecoturismos. Maravillando a propios y extraños con apenas algunas pinceladas del rescate cultural de antaño. Los menos, solitarios, pescando aún esperanzas con los peces voladores, buscando un día alegre con la ola turquesa , remando a la par de los delfines y preparando entre guineos, pescados, con su olor a coco y rones del lugar, al ritmo de las caderas de las mujeres tropicosas y sensuales.
Sí, en esos siglos del encuentro de dos o más continentes podemos sintetizar dos cuestiones que dieron el encuentro: la pimienta y el oro. ¿Hoy? El objetivo son las playas…
El desove de Paslama en las islas
Ahora no sólo se boga con remos en las pangas ni el vigía grita ¡Tierra firme, isla a la vista! El catalejo reemplazado por radar y satélites; el ave metálica, la orca submarina, llegan antes las casas de paja, madera y palmera. Ven cruzar las balsas, los hombres con el agua a las rodillas agarrando cangrejos. La niebla anuncia ya no las Calaveras, sino a nuevos fantasmas más seductores: ser alienígenas con otros idiomas y pensamientos o la defensa sabia e inteligente del consejo de ancianos, por preservar el sazón único y plural de ideas, creencias antiguas, lengua materna, artes del Karib.
Rehacer hoy esa pangana y balsa antigua y ancestral conectada a la globalización de nuestros días adelantada en tecnología, pero no en humanismo, tiene que tener el matiz que conlleve una bien pensada infraestructura eco turística, puede vencer la hambruna, la ignorancia, las enfermedades, la contaminación, la falta de higiene, de romper el abandono y el aislamiento, y evitar a toda costa las explosiones humanas y demográficas. El hechizo de Caribe está latente, va a atraer a nacionales y extranjeros, sus islas, sus playas, mariscos son su tesoro, como lo es toda la gama de magia artística, porque será grato oír la lengua mískita o rama, la danza original del creole Palo de Mayo, el Zampopo o las garífonas, las leyendas de los héroes y fantasmas del Karib, la astucia del cocodrilo, con nuestras sirenas las anguilas y manatíes, los cantos sobre las andanzas pícaras del tapir, los cuentos del tramposo Anansi la araña, las fábulas del cangrejo, del pelícano glotonero, la ingenua langosta o de la misma madre tortuga.
¿Estaremos a tiempo para de palabra y obra pedir perdón a los caribeños? ¿Se quitarán el estigma de sentirse siempre esclavos y esperan que el patrón de turno les resuelva todo? Acciones claras por ambos lados, en un término medio. O seguiremos siendo cómplices de los homicidas que asesinan a los más inocentes del Caribe, así como a la ballena, el manatí y la tortuga, y otro tanto ser cómplices mudos de los más que piratas, esbirros asesinos de niños con la coca y el crak. Luego no nos rasguemos las vestiduras como hipócritas fariseos o juguemos al antropólogo tecnócrata y mecánico. Estamos a tiempo de hermanarnos, o mañana mismo empecemos a narrar que “había una vez el alegre Caribe tortuga, hoy es cementerio de… desperdicios”.