Nuevo Amanecer

Tres relatos de Sergio Simpson


Volatilidad

Despierto en la mañana. El canto de las aves, el frío, y el dolor en el cuerpo me demandan liviandad. Siento la dolencia en cada vértebra. Me contorsiono como reptil y estiro como perro. El movimiento rotativo de mi cintura extiende los músculos del pecho, las costillas, la columna. Las piernas se enervan.
Camino por la montaña bajo la sombra centenaria de árboles. Corro por la serranía. Nado entre rocas cubiertas con musgo, y me escondo entre manglares. Vuelo encima de bosques y ríos. Me ubico en la cúspide de un pino, y veo el horizonte ovacionando al sol carmesí levantándose tras el mar.
Me agrada el delfín: danza y sonríe revoloteando. Gracias a Bécquer la golondrina trae recuerdos de amor, y el ruiseñor de miseria por encargo de Wilde.
Inhalo el perfume de las plantas, y mis pulmones se dilatan; de mis poros vierten dulces aromas cuya densidad les permite resbalar sobre mi carne, como miel de panal fecundo.
Escucho la sinfonía del viento, su partitura me envuelve con lenidad, me dirige al firmamento límpido donde el vacío es un manto transparente: protege de las emanaciones ideológicas de genes arcaicos.
Observo a mis pies: la nebulosa turbulenta del colchón amojona los linderos del esplendor y la negrura, del pasado y el futuro.
La transformación paulatina de mi organismo es un regodeo, extirpa los maleficios de mis células, y retorno satisfecho a dormir.

Ojos

Cuando duermo. Si supieras. Disfruto. Sueño con el esplendor apacible de tus ojos esquivos. Anhelo que vengas a mi espacio y gocemos.
Mi mente eclosiona al amanecer. Deseo tu sonrisa. Imagino el roce de tus manos, la piel tuya que de lejos la percibo y cerca me cautiva.
Tu gesto halagador, mi filosofía en evolución, un amorío en ciernes, otro imposible imponiéndose, un naciente afán vigoroso, acompañan mi pretensión ilusa durante prolongadas horas de noche y de día. Te veo cercana y presiento lejana: mis escribanos sentidos te acercan y la realidad soberbia te aleja.
No obstante, aspiro a liberar el alborozo que provocas en mi cuerpo, en contradicción con el terror de acariciarte y me rechaces.
Por los efugios e impertinencias del apasionado, tu figura gravita en las neuronas, recorre los vergeles de mi vacuidad, y pone en duda considerar que la vida es nada.
Eres vida y vida es la mía en mi vacío, y en mi vacío lleno de incertidumbre revives un propósito de placer; pues me embelesan tus ojos hermosos de mujer preciosa.

Ricura de fruta

No le basta ver el color bermejo y amarillo de la cáscara, ni aspirar el agradable aroma. Inmediato la estremece la inquietud. Su estómago se mueve. La boca se le llena de saliva. Se chupa los labios hasta enrojecerlos. Desea subir al tallo y cortar una docena, pero no puede, el árbol es muy alto, y con la vara corre peligro: cae, se revienta y ensucia. A ella le gusta la fruta madura, entera, limpia.
Se levanta a las cinco de la mañana, todavía en camisón estira su grácil cuerpo en el patio bajo los racimos, y recibe las gotas del rocío, con los brazos levantados, extendidos los dedos, el cabello suelto, observando el follaje, oliendo la tierra húmeda con las primeras lluvias, oyendo el gorgoritear de las aves en el río. Ansiosa espera la llegada de la muchacha doméstica y suba a las ramas y baje la apetitosa cosecha.
Consume el fruto. Le brillan los ojos. Florece una peculiar energía en su entraña, animándola al gozo, al olvido de los sufrimientos, y se deja guiar por los sentidos: mastica la suave fibra dorada, dulce, jugosa, y las papilas envían al cerebro mensajes de placer: en el vientre la frescura del néctar, en la piel el bálsamo, en el rostro una sonrisa seductora, y en el corazón una esperanza.