Nuevo Amanecer

Los rostros descubiertos por Francisco Javier Bautista Lara

-Anotaciones­- Luis Rocha

-Cuando Francisco Javier Bautista Lara publicó su segundo libro, esa vez de ensayos literarios, “Entre autores y personajes”, intuí y así lo dije, que su autor se nos estaba revelando como uno de los novelistas ahí estudiados y a la vez como uno de sus personajes; personaje en busca de los otros. En fin, no solo como un tenaz consumidor de narraciones y novelas de grandes escritores, sino que a la vez consumándose entre ellos, tal y como lo demuestra ésta su primera novela, en la que él también es el personaje acucioso y solitario, ubicado discretamente en una parada de bus a la espera de otros personajes de rostros ocultos.
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-Dice él que sus personajes no tienen nombre. ¿Y para qué, si tienen los nombres de todos los seres anónimos que alguna vez hemos visto? Lo que sucede es que el policía, digo, el novelista, los espera, los aborda, se mete en sus vidas y les da dignidad de ser en estas páginas.
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-Vidas entremezcladas. Bautista Lara lo explica así: Gente común que circula en buses, en la Managua urbana y contemporánea, alrededor de todo lo cual se construyen estas historias escritas por un convaleciente que finalmente muere, pero que antes escribe y recoge las percepciones de esa gente en la Managua profunda que vamos descubriendo detrás de sus rostros.
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-Dice que cuarenta y cinco, pero probablemente Francisco Javier Bautista Lara tenga, como el segundo personaje que narra estas historias, aproximadamente un poco más de cincuenta y un años de edad. Pero contrario a éste aparenta, “según la óptica del que opine”, quince años más, o menos. El primer persona­je dice que esta novela es un manuscrito que recibió de parte del segundo, sin fechas, y que fue testigo de que los restos mortales del autor, es decir, del segundo personaje, “descansan en paz en un espacio del Cementerio Oriental de Managua” con una solitaria cruz que lleva grabado un nombre y dos fechas, la de nacimiento que registra el año 1953 y la de su deceso señalada en 2004. Para mí, que no soy policía, aquí se cometió un crimen de buena voluntad o con licencia literaria, pues un personaje hace fallecer al otro con la sana intención de que perdure en la memoria de sus lectores, convirtiéndolos a ustedes de esa manera en cómplices. Pero como todos sabemos, ser cómplice de un autor es la mayor de las satisfacciones, al igual que si un autor logra que los lectores se hagan sus cómplices, es el mayor de los éxitos, ¿Sin embargo, no es sospechoso que en la cruz no aparezca el nombre del supuesto muerto y que sí aparezca en la portada de esta novela?
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-Si Ernesto Mejía Sánchez decía que “el amor es un crimen”, no cabe la menor duda que la literatura es un crimen sublime, con mentiras y verdades como en la transcripción de un interrogatorio policial, o mentiras verdaderas al decir de Sergio Ramírez. Al ser cómplices, los lectores son tan culpables o tan inocentes como el tejedor de la trama o, si se prefiere, como el autor intelectual del hecho novelizado que, en este caso, tiene el atenuante de que las pruebas del delito, los rostros ocultos, son en el transcurso de las páginas descubiertos por el principal sospechoso.
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-De todas maneras serán los lectores quienes a través de esta lectura descifrarán este misterio, tan obvio, que no lo es. Como también tendrán la oportunidad de verse como en un espejo y así descubrir de quién es ese rostro ahí oculto.
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-En el capítulo quince, este segundo personaje que para mí ha resucitado el día de hoy, está entonces enfermo y dedicado a ordenar estantes y cajas de libros sobre todo de autores nacionales, entre quienes está Pablo Antonio Cuadra. Este hecho evidentemente casual en la novela, me recordó sin embargo su libro “Esos rostros que asoman en la multitud”, del que Sergio Ramírez escribiera: “Personas, retratos, rostros -esos rostros que asoman en la multitud-, poemas de personajes. Casi podríamos creer que estos personajes contenidos en la poesía, están en la cápsula experimental de una novela nicaragüense”. Digo yo por aquello de que en nuestra literatura nunca quedan cuentas pendientes, y sin pretender establecer analogías, que esa cápsula explotó en “Rostros ocultos”.
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El título del libro de Pablo Antonio Cuadra proviene de versos de Ezra Pound:
La aparición de esos rostros
en la multitud
pétalos en mohosa, negra (rama.
y la intención del poeta al ponerle este título la encontramos en su dedicatoria final a la esposa:
“Para nuestros antepasados de lengua náhuatl, la persona es el rostro. Al engañador decíanle: es el que pierde a los rostros ajenos. Y al poeta: es el que los gana, el que rescata rostros. Y al maestro: es el que hace, el que arma rostros. Y a la mujer: es el rostro-espejo que te devuelve tu rostro. Y a la mujer del poeta: es el rostro-silencio donde se refleja tu palabra. A ese rostro, estos poemas”.
Finalmente, y a propósito de lo anterior, quiero señalar que hay poesía en la narrativa de Francisco Javier Bautista Lara. Es, como muchos novelistas, un poeta de y en la prosa, por eso creo que en esta novela su autor es, como diría Pablo Antonio, el que rescata rostros. Quien los ha descubierto para todos nosotros.
NOTA: Palabras de Luis Rocha en el acto de presentación de “Rostros Ocultos”, en el Hogar Zacarías Guerra, el 25 de noviembre de 2005.