Nuevo Amanecer

“Ser o no ser, tal es la cuestión”


Curioso es que “To be or no to be, that is the question” (Hamlet, 1603, III, 1), la más famosa frase de la literatura, haya sido tan poco glosada, y tan sólo en base al mismo texto y la psicología del personaje. Aunque, en la misma época, tenemos dos preocupaciones similares: Las de Calderón de la Barca, y de Descartes. La Vida es Sueño (1635) empieza (Jornada I) con las dudas del príncipe: “fiera de los hombres” y “hombre de las fieras”, “monstruo humano”, “esqueleto vivo,/ siendo un animado muerto”, “monstruo de su laberinto”, “monstruo humano”, “Sólo quisiera saber,/ para apurar mis desvelos/ (dejando a una parte, cielos,/ el delito de nacer),/ qué más os pude ofender,/ para castigarme más./ ¿No nacieron los demás?/ Pues si los demás nacieron,/ ¿qué privilegios tuvieron/ que yo no gocé jamás?”, enternecido por Rosaura (nombre simbólico, rosa mística medieval), al igual que Hamlet se pregunta por Ofelia, en el mismo final de su tirada. La Jornada termina con el monologo de Segismundo: “Sueña el rey que es rey, y vive/ con este engaño mandando/ disponiendo y gobernando;/ y este aplauso, que recibe/ prestado, en el viento escribe,/ y en cenizas le convierte/ la muerte, ¡desdicha fuerte!/ ¿Qué hay quien intente reinar,/ viendo que ha de despertar/ en el sueño de la muerte?/ Sueña el rico en su riqueza,/ que más cuidados le ofrece;/ sueña el pobre que padece/ su miseria y su pobreza;/.../... Yo sueño que estoy aquí/ destas prisiones cargado,/ y soñé que en otro estado/ más lisonjero me vi./ ¿Qué es la vida? Un frenesí./ ¿Qué es la vida? Una ilusión,/ una sombra, una ficción,/ y el mayor bien es pequeño:/ que toda la vida es sueño,/ y los sueños, sueños son”. Características de la sociedad baja medieval de las Danzas macabras y la barroca de las Vanidades, las reflexiones de Segismundo apuntan la ductilidad de los bienes terrenales, y la verdad del ser en su relación fisiológica con la muerte.
En Discurso del Método, IV, (1637) Descarte explica: “...queriendo yo pensar, de esa suerte, que todo es falso, era necesario que yo, que lo pensaba, fuese alguna cosa; y observando que esta verdad: «yo pienso, luego soy», era tan firme y segura que las más extravagantes suposiciones de los escépticos no son capaces de conmoverla, juzgué que podía recibirla sin escrúpulo, como el primer principio de la filosofía que andaba buscando.../... Después de lo cual, hube de reflexionar que, puesto que yo dudaba, no era mi ser enteramente perfecto, pues veía claramente que hay más perfección en conocer que en dudar; y se me ocurrió entonces indagar por dónde había yo aprendido a pensar en algo más perfecto que yo; y conocí evidentemente que debía de ser por alguna naturaleza que fuese efectivamente más perfecta... y como no hay menor repugnancia en pensar que lo más perfecto sea consecuencia y dependencia de lo menos perfecto,... no podía... proceder de mí mismo; de suerte que sólo quedaba que hubiese sido puesta en mí por una naturaleza verdaderamente más perfecta que yo soy, y poseedora inclusive de todas las perfecciones de que yo pudiera tener idea; esto es, para explicarlo en una palabra, por Dios”. Lo que es el mismo procedimiento reflexivo que San Agustín en De Civitate Dei, XI-26: “Aunque no iguales a Dios, sino más bien infinitamente distantes de Él, pero puesto que entre sus obras somos la que más se acerca a su naturaleza, reconocemos en nosotros mismos la imagen de Dios,... Ante dichas verdades, no me causan ningún recelo los argumentos de los académicos que dicen “¿y si te engañas?” Si me engaño, quiere decir que soy. No se puede engañar a quien no existe; si me engaño por eso mismo soy. Dado que existo, ya que me engaño,... ni siquiera en el conocer que me conozco me estoy engañando... y aunque fuese falso lo que amo, sería verdad el que amo cosas falsas, pero no sería falso que yo amo”. En De Trinitate, XIV, 5, 7, San Agustín escribe: “nada conoce el hombre que le sea más cercano ni que le sea más inmediato a su mente que su identidad consigo mismo”, y Descartes (2º de sus Meditaciones): “nada hay que me sea más fácil de conocer que mi propio espíritu”. En Enchiridion, XX-7, Agustín escribe: “no puede errar quien no vive”, y en De Vera Religione, XXXIX, 72: “No quieras derramarte fuera, entra dentro de ti mismo, porque en el interior del hombre reside la verdad”. Santa Teresa, asumiendo la misma cárcel que Segismundo, dice: “Vivo sin vivir en mí,/ y de tal manera espero,/ que muero porque no muero./ Vivo ya fuera de mí/ después que muero de amor;/ porque vivo en el Señor,/... ver a Dios mi prisionero,/ que muero porque no muero./¡Ay, qué larga es esta vida!/ ¡Qué duros estos destierros,/ esta cárcel, estos hierros/ en que el alma está metida!/... que muero porque no muero./ ¡Ay, qué vida tan amarga/ do no se goza el Señor!/ Porque si es dulce el amor,/ no lo es la esperanza larga./... Sólo con la confianza/ vivo de que he de morir,/ porque muriendo, el vivir/ me asegura mi esperanza”.
Así el monologo de Hamlet prefigura lo del cementerio (V, 2), evocando la dualidad entre vida y muerte, realidad eterna y sueño de la vida. Hamlet dice: “Morir es dormir. ¿No más? ¿Y por un sueño, diremos, las aflicciones se acabaron y los dolores sin número, patrimonio de nuestra débil naturaleza?... Éste es un término que deberíamos solicitar con ansia. Morir es dormir... y tal vez soñar. Sí, y ved aquí el grande obstáculo, porque el considerar que sueños podrán ocurrir en el silencio del sepulcro, cuando hayamos abandonado este despojo mortal, es razón harto poderosa para detenernos. Ésta es la consideración que hace nuestra infelicidad tan larga. ¿Quién, si esto no fuese, aguantaría la lentitud de los tribunales, la insolencia de los empleados, las tropelías que recibe pacífico el mérito de los hombres más indignos, las angustias de un mal pagado amor, las injurias y quebrantos de la edad, la violencia de los tiranos, el desprecio de los soberbios?” La identidad entre por una parte verdad del Ser (relación vida-muerte: Shakespeare-Calderón de la Barca-Santa Teresa), y por otra cualidad ontológica (unidad del ser: San Agustín-Descartes), se halla en Parménides: “Pues lo mismo es pensar y ser”. El Ser es “íntegro, inmóvil e infinito... Pues si nació no es, ni tampoco es si va a ser alguna vez. Así el nacimiento se apaga y muda está la destrucción... Por lo cual es ley natural que el ser no sea imperfecto, ya que no carece de nada, y de otro modo carecería de todo. Es lo mismo pensar y lo que causa el pensamiento. Pues sin el ser, en el cual se haya expresado, no hallarás pensamiento. Pues ninguna otra cosa hay o habrá fuera del ser, puesto que la Moira lo encadenó a ser total e inmóvil. En él están todos los nombres que los humanos le pusieron convencidos de que eran verdaderos, nacer, perecer, ser y no ser,...” (Textos presocráticos, Barcelona, Edicomunicación, 1999, pp. 73-76). De esta tradición proviene la cuestión existencialista de lo absurdo, y en Camus (El mito de Sísifo¸ 1942), el que “Juzgar que la vida vale o no vale la pena” sea el único “problema filosófico realmente serio”.
Fe de Erratum: en el texto sobre Hilda Vogl, en vez de: “De orígenes alemanes”, leer: “De orígenes extranjeros”, los otros escritores y artistas citados siendo de orígenes italianos, españoles, rusos, norteamericanos.