Nuevo Amanecer

Las Historias Privadas del Pulgarcito / Taberna y Otros Lugares (Poesía, 1969-1974)


Estando en la cárcel, Roque Dalton, que esperaba más la muerte que otra cosa, como si de un milagro de los primeros tiempos del cristianismo se tratase, se benefició de un terremoto que se produjo en El Salvador y que derrumbó la pared de su celda, ofreciéndole la libertad, como si fuera la imagen de un verso. Así pasó realmente. Podría haber sido un tipo con suerte. Pero “La muerte horrenda”, Roque Dalton, como la llamó Julio Cortázar, se le puso por medio, aunque no hizo sino agigantar su imagen. Probablemente la política y la lucha nos hubiera quitado del corazón al Roque poeta. Pero quién soy yo para decir esto. No se puede saber qué hubiera pasado si nos hubieran permitido el privilegio de tener más tiempo a Roque Dalton entre nosotros.
Él viene de una historia de amor y de violencia, prácticamente como lo tradujo en sus genes y en sus versos. Su padre, un norteamericano crecido cerca de Méjico y su madre, una enfermera que le curó las heridas después de una pelea y tras la que empezó esta historia. El resto es un trasiego de un poeta convertido a revolucionario que recibió muchas bofetadas y se hizo duro con ellas. La primera pudo habérsela dado en Chile el grandísimo pintor Diego Rivera cuando el joven Roque estaba completando sus estudios en la Universidad Católica de Santiago. Quiso hacerle una entrevista. En el prólogo de una edición de la Editorial UCA de Taberna y Otros Lugares, Eraclio Zepeda nos hace el favor de reproducir este disparatado y breve diálogo entrambos: el excéntrico amante de Frida Calo le preguntó:
“-¿Cuántos años tienes?
-Dieciocho
-¿Has leído algún libro de Marx?
-No
-Entonces tienes dieciocho años de ser un imbécil”
El mismo Roque dijo que en Chile llegó a la revolución por la vía de la poesía, y en esto Pablo Neruda tuvo mucho que ver, mucho más que Carlos Marx. Así que el marxismo de Roque Dalton era mucho más poético que ortodoxo. Pero quizá sea Eduardo Galeano quien nos lo ha presentado de la manera más bella. Le cedo la palabra:
“Roque Dalton, alumno de Miguel Mármol en las artes de la resurrección, se salvó dos veces de morir fusilado. Una vez se salvó porque cayó el gobierno y otra vez se salvó porque cayó la pared, gracias a un oportuno terremoto. También se salvó de los torturadores, que lo dejaron maltrecho pero vivo, y de los policías que lo corrieron a balazos.
Y se salvó de los hinchas de fútbol que lo corrieron a pedradas, y se salvó de las furias de una chancha recién parida y de numerosos maridos sedientos de venganza.
Poeta hondo y jodón, Roque prefería tomarse el pelo a tomarse en serio, y así se salvó de la grandilocuencia y de la solemnidad y de otras enfermedades que gravemente aquejan a la poesía política latinoamericana. No se salva de sus compañeros. Son sus propios compañeros quienes condenan a Roque por delito de discrepancia. De al lado tenía que venir esta bala, la única capaz de encontrarlo.”
Otro poeta que podría hablarnos de él sería nuestro Ernesto Cardenal, por ejemplo de sus recuerdos sobre aquella comida con Roque Dalton y Mario Benedetti en Cuba cuando todas las contradicciones, las dudas y las sospechas estaban sobre el tapete. Pero basta. Ahora la pregunta es: ¿qué nos queda para leer de Roque Dalton? Sabemos casi todo de su vida por medio de testimonios, fotos, documentos. Sabemos quiénes fueron los autores de su muerte, sus propios compañeros, algunos de ellos dirigentes históricos de la izquierda salvadoreña, uno de los ejemplos más claros de las contradicciones enquistadas en esa izquierda salvadoreña que ha dinamitado muchas esperanzas puestas en quienes buscaban otras alternativas a las de ARENA. Me refiero a esa izquierda que aún anda sujeta por manos de una rígida ortodoxia, de esa izquierda que dirime sus divisiones con una violencia que no hace más que enflaquecerla. Una lástima para tanta esperanza. ¿Pero qué nos queda aún por leer del Roque Dalton poeta? Yo me acompaño de estos dos libros.
Sin duda, Taberna y Otros Lugares es el más conseguido. No en vano, pudo pulirlo en Praga, cuando fue enviado a la antigua Checoslovaquia con motivo de actividades culturales y políticas. Los poemas están muy trabajados y entre ellos, inolvidables los Poemas de la Última Cárcel, entre ellos el IX Huelo Mal, por su última estrofa:
“Huelo a animal que sólo yo conozco/ desfallecido sobre el terciopelo/ huelo a dibujo de niño fatal/ a eternidad que nadie buscaría. / Huelo a cuando es ya tarde para todo.”
En algunas críticas se dice que Roque Dalton no era un gran poeta. Sin embargo, pienso que tenía una música que sólo él sabía, una voz le dictaba, le acompañaba hasta en la cárcel, en la que estuvo mucho, y tiene poemas que son verdaderas obras maestras, repletas al mismo tiempo de humor, ironía y acidez. En Taberna y Otros Lugares hay también joyas como la descripción que hace el vicario general Vilanova del órgano de la catedral cuando éste sueña con una comparación entre la naturaleza, la música y Dios que deja con la boca abierta. Las Historias Privadas del Pulgarcito, cuyo título es una provocación jugando con las palabras de Gabriela Mistral que decía que El Salvador era el pulgarcito de América, por su tamaño, Roque hace un repaso mitad con su voz, mitad con extractos de otros textos por la Historia no contada o mal contada de El Salvador. Siguiendo en cierto modo, los trucos de Pound y del mismo E. Cardenal en El Estrecho Dudoso, sin duda estremece la crónica de los textos aparecidos en los periódicos de ambos países cuando El Salvador y Honduras se enzarzaron en esa estúpida guerra “llamada del fútbol” a finales de los sesenta, por ver problemas de inmigración, cuando eran de pobreza igual en todos. Roque Dalton se hace, pues, centroamericano y latinoamericano ampliando su dimensión, buscando la raíz común, y en su canto de amor a los salvadoreños, nos copiamos todos y podríamos poner el nombre de nuestra tierra. ¿La patria de Roque y sus compatriotas?, él mismo lo declara en el que es probablemente el mejor poema de Dalton:
“los sembradores de maíz en plena selva extranjera,/ los reyes de la página roja,/ los que nunca sabe nadie de dónde son,/ los mejores artesanos del mundo,/ los que fueron cosidos a balazos al cruzar la frontera,/ los que murieron de paludismo…/los que lloraron borrachos por el himno nacional/ bajo el ciclón del Pacífico o la nieve del norte,/ los arrimados, los mendigos, los marihuaneros,/ los guanacos hijos de la gran puta,/ los que apenitas pudieron regresar, / los que tuvieron un poco más de suerte, /los eternos indocumentados/ los hacelotodo, los vendelotodo, los comelotodo/ los primeros en sacar el cuchillo,/ los tristes más tristes del mundo, / mis compatriotas, / mis hermanos.”
Ya ve, la poesía de Roque Dalton, cuando es difícil, se vuelve pura, y cuando pura, se pone a caminar en la tierra junto a todo lo que canta. A Dalton le acompañaba una voz, es lindo y consuela pensar que esa misma voz nunca le abandonó ni cuando caía abatido en el cruce de una traición. No podía haber escrito de otra forma su último verso quien pensara que la poesía tenía que estar fundida con la vida, y con la muerte. ¿Habrá de nuevo poetas como Roque Dalton? “Si al comprar mi almanaque no hice mal negocio, me dice que estamos en 2005.” Todo parece ya tan imposible. Y al mismo tiempo… todo está tan por comenzar.