Nuevo Amanecer

Arnolkis Turro


Arnolkis Turro, nacido en 1978 en la provincia de Guantánamo (Cuba), es un pintor y dibujante situado plenamente en la modernidad de la plástica latinoamericana. Estudió varios años en la prestigiosa Escuela Nacional de Artes Plásticas de La Habana, y desde entonces se ha dedicado con intensidad y constancia a la pintura y al dibujo e incluso a la escultura, exponiendo no sólo en galerías y centros culturales de Cuba, sino en Estados Unidos, Suiza, Alemania, México y España, sobre todo en La Coruña, ciudad de Galicia en donde residió un tiempo.
Ha utilizado técnicas mixtas en una imaginería de las cosas cotidianas, objetos y utensilios de mesa en aluminio, en donde la cuchara, el tenedor, como el mismo dice, “es el motor para la elaboración de nuevas lecturas, en donde la tenuidad del metal limita la proliferación del color”.
Sus series de dibujos en tonalidades suaves y claroscuros tenues nos introducen en un mundo infantil de raíces oníricas, un mundo mágico de cuentos de hadas (ninfas, ninfulas, hongos, niños orinando simplemente sentados contemplando el paso del Enigma), dibujos de formato pequeño y de penumbras encantadoras como para ilustrar cuentos de Andersen, Carroll o Perrault o los textos de dimensión fantástica de Eliseo Diego, ese gran poeta de su Cuba natal.
En esta ocasión, Turro, residente ahora en Nicaragua, presenta una muestra de sus obras últimas, distintas a las que ha expuesto anteriormente. Se trata de cuadros fuertemente influidos por las raíces frondosas y telúricas del trópico. Un arte dinámico impulsado fundamentalmente por el ritmo que crea imágenes, la imago mundi, la esfera imagen, como diría Lezama Lima, otro cubano insigne. En efecto, lo primero que nos revelan estas obras es su obsesión por la esfera, la esfera que engendra esferas y más esferas de colores encendidos. Una pintura elaborada a partir de estructuras espaciales geométricas que intenta el desciframiento de un universo de semillas, hojas, ojos, frutas, rostros. Un universo esencialmente dinámico y rítmico, dispuesto en franjas y circunferencias impregnadas de un cromatismo festivo. Un arte que genera imágenes múltiples, incluyendo los vitrales magnetizantes típicos de la mejor pintura cubana. Un conmovedor homenaje a la naturaleza y la floración desmesurada del trópico, que incluye también un homenaje al primitivismo nicaragüense.