Nuevo Amanecer

El oro de los tigres (1972)

Jorge Luis Borges (Bos Aires, Argentina, 1899–Ginebra, Suiza, (1986)

Un hombre de setenta años puede contener en sí mismo toda la poesía. Digo un hombre, porque hoy nos ocupamos en este barco nuestro de ida y vuelta de uno grande, pero se podría decir lo mismo de cualquier mujer, o hasta de un niño de setenta años.
Por eso, no hay que confiar en Borges mismo cuando dice que hay que desconfiar de las cosas de un hombre de 70. Es bastante engañoso, porque, más adelante, cuando inicia un poema enumerando --como a él tanto le gustaba-- algunas de las más famosas espadas de las leyendas de todos los tiempos (Excalibur, Durendal, Gram) dice: “Sus viejas guerras sólo andan por el verso, que es la única memoria”. Por tanto, un hombre de setenta años que aún contenga la memoria, tendrá para sí la misma poesía. Puede que no lo sepa, que nunca lo haya descubierto, pero nadie ni nada puede asegurar que no esté ahí. Por mínimo que haya observado el fondo poético de las cosas, el matiz de un atardecer, las sombras de la noche, el brillo de una mirada y un inmenso secreto por descubrir, un hombre o una mujer de setenta años es un poeta.
Y además, Borges estaba ciego. Este libro del Oro de los Tigres fue dictado pausadamente, escrito con la voz y con los ojos puestos en ese bermejo o amarillo que él describía como la nebulosa en la que se habían desleído todos los colores. El director de la Biblioteca Nacional de Argentina estaba viviendo como un personaje de sus versos o de su prosa la más íntima paradoja, estar en su templo preferido rodeado de todos los libros, custodiándolos, y sólo estándoles al alcance del tacto, pero no de la vista. No ver el cielo, estando ahí.
Puede que sea María Callas, la voz incomparable que ahora tengo de fondo de otro tiempo, la culpable de que me haya gustado tanto este libro al que siempre había mirado de reojo, sin creer que me fuera a producir la alegría de un descubrimiento. Los motivos son varios: el Oro de los Tigres nunca se ha mencionado como de las mejores obras de Borges, además, es un libro de poesía, y aunque a algunos pocos les gusta el Borges poeta, la verdad es que sus ficciones en prosa han tenido más fortuna. El Oro de los Tigres tiene breves textos de prosa poética, pero es eminentemente poesía. Los clásicos, y Borges es uno de ellos siempre, siempre tienen algo que decir.
El viejo Borges, el hombre de setenta años y ciego, es ayudado por la joven mujer que le guía los pasos, que le sirve de pluma a los versos que le salen de una voz ahogada de niño en busca de auxilio en el aire, diciendo que al fin y al cabo todo lo que es Borges, el erudito, el maestro de escritores, el jugador de las palabras, el mago, el laberinto, no es nada cuando está delante del amor, todo cambiado, todo único, y en esto no exagero si digo que uno de los mejores poemas del libro es EL AMENAZADO, un canto de amor precioso que cualquiera puede usar con decoro y con la persona que más quiera. Dice así:
“Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir.
Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz…¿De qué me servirán mis talismanes: el ejercicio de las letras, la vaga erudición, el aprendizaje de las palabras que usó el áspero Norte para cantar sus mares y sus espadas, la serena amistad, las galerías de la biblioteca, las casas comunes, los hábitos, el joven amor de mi madre, la sombra militar de mis muertos, la noche intemporal, el sabor del sueño?
Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.

Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo.
Es el amor con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles,

El nombre de una mujer me delata.
Me duele una mujer en todo el cuerpo.”

Les quise dejar en los labios la miel de este texto que me parece una descripción, más que del amor, de la experiencia propia del amor, del sentirse enamorado y roto. También lo elegí porque precisamente en una de las estrofas de este texto Borges resume una vida y su propia literatura, inútiles todas esas armas suyas frente al vendaval del amor. Se refiere al ejercicio de las letras, la vaga erudición (que él siempre consideró con cierto pudor algo insuficiente. También menciona simbólicamente su inclinación y gusto por la literatura nórdica, las sagas de Islandia y de los Celtas, y la lengua inglesa heredada de su abuela que aprendió al mismo tiempo que el español. La serena amistad es su cultivo más amplio, su círculo fiel y literario, sin espavientos, escudos ante la vida, como el mismísimo Adolfo Bioy Casares, junto al que escribió juegos y antologías como el de la Literatura Fantástica o Cuentos policíacos. Después, la biblioteca, universo y laberinto, su verdadero paraíso, y las casas comunes, los clásicos donde atemperar el ánimo y sentirse unido a una tradición clásica también española, una vez depuradas las experiencias surrealista o ultraístas que se trajo de Europa. También está la madre, única y tal vez el más grande amor de Borges, unido a ella hasta la ancianidad de los dos (como le dijo Luis Enrique Mejía Godoy a su mamá el día de su 60 cumpleaños: “Ahora, madre, somos los dos de la tercera edad”). La sombra militar de los muertos de Borges son los héroes: él, hasta cierto punto, sintió que la literatura no era la vida, sino la del héroe, la del que daba todo hasta el fin, y llega a decir en un verso: “Yo que padecí la vergüenza/ de no haber sido aquel Francisco Borges que murió en 1874”. Y por último, esa ceguera, noche intemporal, esa forma de paradoja no vivida como un castigo, sino como una forma de volverse imagen proyectada de sus propios personajes, hacen de Jorge Luis Borges una vida única de literatura. Sin él, nos hubiera costado más entender que en un solo segundo cabe todo el universo (“Ahora, precisamente ahora/ mueren los hombres del Metauro y de Trafalgar”), o que un solo objeto lo contiene: el Aleph. Borges, el mito, el misterio, el laberinto, la metaliteratura, el maestro, el ciego sacerdote de las palabras, Borges de siempre y por el que después la literatura latinoamericana se desarrolla en busca del realismo mágico. Todavía no había regresado Alejo Carpentier de París a Cuba para contar en nuestra propia lengua.
Este viaje de ida y vuelta sólo pretendió hoy ser un humilde homenaje a Borges, una escuela en sí mismo, por haberme encontrado con el Oro de los Tigres, por haberse presentado de esta manera y por poder sorprender todavía a un joven del siglo XXI que abre un página y se fascina ante éste, que se pasea como un gato “dueño de un ámbito cerrado como un sueño”, a éste, algo elitista, algo frío y distante, algo exquisito y políticamente confuso, pero que nos dio palabras que son para siempre utilizables, que nos salen justas del alma. Bajo el color de la voz de María Callas muriendo en la voz de la Traviatta, he cerrado el universo del Oro de los Tigres y me quedo con algunos versos, para cuando me pregunte a mí mismo lo que ocurre, o para cuando tenga ocasión de decirle a alguien: “Estar o no estar contigo es la medida de mi tiempo”.