Nuevo Amanecer

EL LIBRO DE LOS GORRIONES. (1868 )


Gustavo Adolfo Bécquer (Sevilla. 1836- Madrid.18770 )

Es en Sevilla. Una ciudad que es un privilegio, una luz especial, el sol abrasador, mitad árabe, mitad castellana, y la alegría andaluza que va unida por el río Guadalquivir y el Atlántico a esa alegría centroamericana que se parece tanto. Pero en Sevilla uno se encuentra también monumentos tristes, de una belleza melancólica que te obliga a sentarte y a contemplarlo, como si allí hubiera una historia para ti, como si estuviera escrito el final de un capítulo. Te quedas en silencio y escuchas pasar el viento, rodear la estatua. Y miras los ojos blancos de la figura en un gesto para siempre, escapada del tiempo y atrapado al mismo tiempo.
Me dijeron que en el Parque de María Luisa estaba él, como un nido en un tronco de un árbol. Entré por la puerta que da a la Plaza España (donde se rodaron secuencias de la película Lawrence de Arabia, otro romántico inglés de principios del siglo XX) y me costó dar con ella. Pasé jardines y un riachuelo, y tuve que rodear muchos árboles. Me daba la sensación de estar jugando. Pero por fin lo vi. Uno llega a él y apacigua el paso, como si tuviera miedo de romper un ritmo oculto, pero que se siente en el aire. Está Bécquer de espaldas a un árbol rodeado de musas y adornado con las armas de la escritura, es una de las estatuas más hermosas que he visto en mi vida. Es imposible mirarlo y no contagiarse del aire, del silencio. No impresiona, es más que eso, enamora. Como su poesía. Se parece un poco a la arquitectura. Hay iglesias, conventos, monumentos que te amohínan, te empequeñecen, como las catedrales góticas. Hay otros de estatura más humana, que tienen en su conjunto un algo, un no sé qué, haciéndote pensar que el escultor partió de la idea que tenías en tu imaginación. Bécquer, mi Bécquer del parque de María Luisa siempre está allí mirando fijo una senda, y a la vez parece que perdido. Y da un poco de lástima, verlo así tan solo aunque amparado por las musas, pero que en realidad parecen presentar a un ecce homo poeta.
Durante muchos años, generaciones enteras han utilizado sus versos, sobre todo jóvenes de secundaria enamorados, y por ende, cursis (imposible enamorarse sin algo de cursilería en el buen sentido de la palabra) para enviarse furtivamente declaraciones de amor. Hoy ya sonaría anticuado aquello de

¿Qué es poesía?, dices mientras
clavas en mi pupila tu pupila azul.
¡Qué es poesía! ¿Y tú me lo preguntas? Poesía... eres tú.
O de

Por una mirada, un mundo;
por una sonrisa, un cielo;
por un beso... yo no sé
que te diera por un beso
O por qué no esta rima de auténtico maestro del verso y el ritmo, si no, comprueben cómo escribe un ángel

Besa el aura que gime blandamente
las leves ondas que jugando riza;
el sol besa a la nube en occidente
y de púrpura y oro la matiza;
la llama en derredor del tronco ardiente
por besar a otra llama se desliza;
y hasta el sauce, inclinándose a su peso,
al río que le besa vuelve un beso.

O “Volverán las oscuras golondrinas a tu balcón sus nidos a colgar... pero aquellas que supieron nuestros nombres, esas nunca volverán”. Mas Bécquer es un poeta magnífico, un auténtico maestro que se anticipa a Rubén Darío en captar el secreto de la poesía. La poesía es imitación del ritmo del universo, del ritmo de Dios.
Un salmo de la Biblia dice: “No hay palabras que se escuchen, ni voces que se oigan, pero su ritmo se capta por todo el universo”. Habla de la voz o del suspiro de un Dios en todo. El poeta trata de captar el ritmo con palabras. Conoce su secreto, no el de todas, de lo contrario el poeta sería Dios, pero sí el de muchas. Agarra su ritmo, lo coloca en papel, lo deja volar y ahí está un poema. No hay poema que no se escuche primero en la cabeza. Si no es así se rompe como un jarrón frágil. Desaparece.
En Bécquer pocos poemas desaparecen. Es imposible evitarlo. Leído a la luz de su época, él es el romanticismo puro, el exponente máximo en poesía en español de esa corriente a la que tanto debe la literatura de los años posteriores, a lo que tanto debemos todos. Sin Romanticismo, no hubieran aparecido después muchas cosas como la psicología. El romanticismo nos devuelve la magia, la capacidad de creer en las cosas del corazón.
Despreciado por dos mujeres, Julia Espín y Casta, la que sería su esposa que después le abandonó. Muerto a la temprana edad de 34 años, sin haber obtenido el éxito al que aspiraban sus poemas y previendo que después de muerto sería mejor conocido, se fue sin haber querido participar de su propio tiempo en toda su dimensión. Le pareció poco el mundo. Prefirió refugiarse en la Edad Media y en una visión algo aristócrata, típica por cierto de su condición de pobre pero descendiente de nobles y artistas. Su padre era pintor y de hecho él mismo lo hubiera sido si la poesía no hubiera venido a rescatarle.
Sin embargo Bécquer es un poeta de su tiempo en el sentido de las penurias que tuvo que sufrir para poder ganarse el pan con la escritura. Colaboró en decenas de publicaciones, nunca le faltó amistades que supieron darle una mano antes que sus crisis económicas y sentimentales le hundieran. Pero murió tan joven, a pesar de la época y después de tantas incertidumbres que uno no puede dejar de mirar con inquietud la azarosa vida de un poeta tan bueno como él. Una vez Sergio Ramírez me dijo que el escritor se demuestra y crece en la adversidad, pero uno se pregunta si acaso es necesaria tanta lucha para que el hombre saque de sí la réplica de ese ritmo secreto que es la poesía. Las leyendas son la mirada en prosa de un poeta y son un encanto. Aún seguirá mucho tiempo, con la mirada ausente pero hermoso y triste como en la estatua de Sevilla.