Nuevo Amanecer

La plaga

Los primeros comenzaron a llegar sin previo aviso, como a las 5 de la tarde, o al menos fue entonces cuando nos dimos cuenta


Nouadhibou, Mauritania, entre el desierto y el mar

Miércoles

Por la cantidad que vimos cubriendo el cielo, no pensamos que serían tantos, o quizá creímos que pasarían de largo, como otras veces en que habíamos encontrado puños de ellos en la playa o en los alrededores de nuestro ranchito marinero. El aire era caliente y hacía un bochorno poco usual.
Tomando los tres consabidos té con unos amigos, Thierry, dueño de un hotelito, nos contó que habían llegado alrededor de las 4 y con voracidad, o como diría mi madre, “con hambre atrasada”, se habían lanzado a por cuanto verde y tierno habían encontrado, comenzando con el jazmín del hotel como exquisito aperitivo; de él sólo quedaban las endebles ramitas de la enredadera. Igual suerte habían corrido sus hibiscos, sus plantas de flores, las palmeras... y era de esperar que el resto cayera sin remedio. Un trabajo de dos años de mimos y cuidados intensivos, había logrado lo que parecía imposible en estas tierras: un vergel cuasi perfecto, orgullo de su dueño y que proveía al hotel de productos hortícolas frescos y de primera calidad. Nuestro amigo contenía a duras penas su frustración y tristeza. Nosotros comenzábamos a sobrecogernos preguntándonos ingenua y egoístamente si nuestro patio correría la misma suerte.
Esa noche teníamos que ir al aeropuerto y nos topamos de manos a boca con un espectáculo nunca vivido por ninguno de nosotros. Era escalofriante tener que atravesar el estacionamiento y entrar en la penumbra de la modesta sala VIP. Las paredes que rodean el estacionamiento parecían moverse y el incesante ir y venir de los invasores buscando la luz, convirtió nuestro corto recorrido en una carrera digna de una película de terror. Me protegía la cabeza contra los violentos aterrizajes evitando que se me enredaran en el pelo y aumentara mi angustia. Estábamos tan asustados que no parábamos de correr agitando los brazos como espantapájaros.
Pero dentro de la sala VIP tampoco estábamos a salvo porque se colaban por debajo de la puerta y se tropezaban en la penumbra del interior, así que ni siquiera nos sentamos por miedo a que nos convirtieran en objetivo, era mejor moverse constantemente y machacar a todo aquel que se pusiera a nuestro alcance. La luz exterior les atraía y el suelo delante de la entrada era como un gran tapiz en movimiento. No se nos cruzaba por la mente salirnos para disfrutar del frescor de la noche aunque dentro hacía un calor de mil demonios.
Llegó finalmente el avión con la delegación que esperábamos, pero yo me quedé dentro de la sala, ahora vacía, indecisa y temerosa. No me atrevía a cruzar la alfombra móvil delante de mis narices y no tenía la llave del coche, con lo que si salía, no tendría dónde refugiarme.
La espera fue un continuo sobresalto por los proyectiles que se cruzaban en todas direcciones y que en ocasiones aterrizaban en nosotros hasta que, pasados unos 20 minutos, terminados los trámites, pudimos salir y dirigirnos al hotel con nuestros visitantes. Uno de los recién llegados nos contó que en la capital la situación era terrorífica y duraba ya tres días. Inadvertidamente, creyendo que se trataba de una nube producto de quema de llantas, se habían visto en el corazón mismo del enemigo cuando avanzaba compactamente por la ciudad y habían observado sobrecogidos las dimensiones bíblicas de aquel enjambre de muerte. Nuestra reciente experiencia en el aeropuerto había sido un pálido asomo de lo que nos contaban.

Jueves
Amanecí cansada por el desvelo de la noche anterior y al abrir la ventana de mi cuarto comencé a vislumbrar lo que se nos venía encima.
Nuestro patio tiene, además de tres palos de hule --dos de ellos muy frondosos--, una enorme acacia cuya copa se extiende hasta tocar las ventanas de nuestra casa. Uno de los árboles más grandes de este pueblo entre el desierto y el mar. En las pequeñas jardineras hay narcisos, flores silvestres, girasoles, geranios e incluso un pequeño huerto que hasta hace unas semanas estuvo produciendo algunas verduras. Ya lo habíamos levantado todo y solo quedaban unas cuantas plantas de chiltomas. Tenemos también plantanillo que produce unas bonitas y coloridas flores rojas, además de unos pocos lirios y algunas rastreras que cubren como alfombra la base de las jardineras. En lo rígido del embaldosado del patio, las plantas y las pocas flores ponen la nota cálida y de vida en esta ciudad tan árida y la fronda de la acacia nos brinda una sombra generosa, especialmente por la tarde cuando el sol aprieta, y acoge entre sus ramas a docenas de pájaros que anidan allí y nos despiertan por la mañana con sus trinos y chillidos y su incesante revolotear.
Desde la salida del sol, la labor de destrucción ha dado inicio y la acacia ha sido la primera víctima. El suelo se va cubriendo con pasmosa velocidad de sus restos y se oye el piar de los pájaros, desplazados de sus nidos, junto al “crak, crak, crak” de las mandíbulas que implacablemente destruyen la labor de años de la naturaleza. Da escalofríos ver las ramas completamente enrojecidas y la impotencia e indefensión absoluta en que nos encontramos. No se puede hacer nada, o al menos es lo que nos dicen. Y es probable que así sea.
La labor de este ejército armado de filosos dientes avanza como una maquinaria perfectamente engrasada. La acacia está siendo convertida en minúsculos trozos que caen al suelo y sobre los que se abalanza otra parte del ejército que convierte el piso en una alfombra roja. Da miedo pisar porque el revoloteo que se arma me recuerda a la película de Hitchcok y uno se ve envuelto en una nube enloquecida que gira en todas direcciones.
No conocen el descanso, aunque por lo que parece, la oscuridad de la noche da un respiro a las pobres víctimas, condenadas sin remedio. Yo no tengo el más mínimo interés en salir a la calle, objetivo por demás un poco difícil porque la alfombra roja alcanza el porche de mi casa, así que me encierro y observo a través de los cedazos de las ventanas, a los atacantes moviéndose impunemente a su libre albedrío. Solo la muerte les detiene y ésta se sucede también inexorablemente porque su mortífero ciclo vital es muy corto.
Al anochecer, todavía queda algo de fronda en la inmensa acacia, pero estamos conscientes de que sólo es cuestión de tiempo.

Viernes
Desde que nos despertamos, el crik, crik, crik, incesante, nos devuelve a la pesadilla de la plaga. Aún sin abrir las contraventanas, a través de las paletas podemos ver que la acacia está prácticamente desnuda. Sus ramas, antes cargadas de pájaros con sus nidos, ahora se extienden tristes bajo el peso de aquellos que las han despojado de toda su belleza, rojas de vergüenza y de guerreros. Me transmiten una infinita tristeza que se apodera de mí en una oleada de depresión.
Me siento simplemente abatida e impotente, agobiada por el dolor de lo que se avecina, por el despojo que la misma naturaleza opera entre los suyos y cómo ello repercutirá en una población ya de por sí depauperada y con tantas limitaciones. Debería estar acostumbrada a los desastres, a las fuerzas desatadas de la naturaleza, ya mi tierra ha sido repetidamente castigada en múltiples formas, pero ésta es desconocida para mí y este país es infinitamente más pobre que el mío.
No logro remontar la onda depresiva y el día se me hace largo y tedioso, prisionera dentro de mi propia casa, observador de los monstruos a través de la ventana, dueños y señores de mi patio y mi jardín, que se mueven como quieren y donde quieren, seguros de su superioridad y sin el más leve asomo de querer marcharse.
Como estoy encerrada, no me doy cuenta que la desgracia es generalizada y que la plaga campea a sus anchas por doquier. Nos cuentan que el manto de invasores se extiende en una masa ondulante desde la carretera hasta el mar, cubriendo completamente la arena, el camino, las piedras, los arbustos...
Desde mi atalaya puedo también apreciar su formación en marciales legiones compactas; largos, delgados como una lanza ora saltando, ora volando, ora comiendo, ora peleando entre ellos por la posición en una rama o alrededor de una vaina en el suelo, ora muriendo lentamente al sol. Curiosamente, también se amontonan sobre las puertas de un verde intenso y sobre los verdes cedazos de las ventanas y me pregunto si serán capaces de comerse estos últimos o si simplemente son atraídos por el color.
Son extremadamente duros; sus alas son como corazas punteadas de negro, pero también su cuerpo es resistente, como un caparazón rojizo con largas patas armadas con multitud de minúsculos garfios. Pero lo más impresionante son sus mandíbulas, un poco más oscuras que el resto del cuerpo, parecieran hechas de un material aún más duro que éste. Los ojillos a los lados de la cabeza se mueven incesantemente a la vez que las antenas, siempre alerta, detectan cualquier amenaza, lo que impide que se les pueda masacrar si no es por sorpresa.
Pareciera que sus movimientos responden a un plan preconcebido. Primero la emprenden con la acacia, con sus millones de pequeñas hojas. No se distraen con los otros manjares que les rodean; se concentra con toda determinación en uno sólo y no cejarán hasta haberlo acabado.
Siempre había leído relatos sobre esta plaga, terror de los hombres del campo. También mi madre me contaba las tristes experiencias de mis abuelos cuando eran finqueros en el lado de Las Nubes y veían desvanecerse sus esfuerzos en unos pocos días de fiebre depredadora. Incluso en los meses anteriores, las noticias nos traían fotos y reportajes de los desastres acaecidos al sur del país y en los países vecinos, asolados sus cultivos por la plaga, pero uno no tiene una verdadera idea de lo que es hasta que lo vive en carne propia. Me cuesta creer que pueda haber un ser superior que lance una desgracia semejante contra un pueblo, como afirma la Biblia. Sería simplemente perverso porque significa condenar a millones de personas a la muerte por hambre, especialmente en países con recursos tan limitados.
El vigilante nocturno comienza a retirar los testimonios del desastre. Por el suelo yacen miles de cadáveres o de moribundos que en la oscuridad carecen de la ligereza y habilidad para moverse con rapidez, de manera que son presa fácil de los pies y las escobas. Tres carretilladas llenas de restos salen hacia el basurero, pero un buen bloque de ejército está agazapado en los árboles y en el resto del jardín esperando los primeros rayos del sol para reiniciar su labor.

Sábado
Ya la acacia no tiene hojas ni yemas, pero sus ramas desnudas permanecen cubiertas por una masa compacta de soldados que abrazados a ellas se niegan a abandonar su presa. Por doquier se amontonan los cadáveres, pero el resto del ejército se ha apoderado ahora del palo de hule más grande, la palmera y la parra con sus dos únicos racimos de uvas.
La visión no puede ser más desoladora, pero nos queda el consuelo de la fortaleza de la naturaleza y la esperanza que el año que viene podremos verla recuperarse lenta, pero seguramente.
Marie Noelle, la empleada, tiene la genial idea de encender fogatas en el patio para ahuyentarlos con el humo, y la estrategia da resultado. La acacia se ve liberada en un santiamén de sus carceleros que huyen apresuradamente, lo mismo que los que se daban el festín de su vida con el reto del jardín. Aunque nos dicen que volverán una vez pasado el humo, al menos vemos con alivio que parten en grandes cantidades. Quemamos cartones, plásticos, caja, y cuanto desecho encontramos disponible y que pueda producir fuego rápido con mucho humo. Y efectivamente regresan en números más reducidos al final de la humareda y se posan nuevamente en los mismos sitios donde les sorprendió la contraofensiva: el palo de hule continúa cayendo bajo sus implacables mandíbulas, lo mismo que la parra y la palmera. No sé si finalmente atacarán las adelfas o narcisos, cuyas hojas son lechosas y gruesas. Su número ha mermado y su ciclo vital se acerca a su fin, aunque su labor de destrucción continúa sin cesar hasta dejarse la vida en ellos. Mientras comen, también defecan incesantemente de manera que alrededor de los sitios donde se concentran, se amontonan mantos de caca en forma de pequeñísimos cilindros oscuros.
Por la tarde, cerca de la hora de Magrib, las calles comienzan a vaciarse apresuradamente de gentes que corren para llegar a tiempo para romper el ayuno en familia. Hoy es el primer día de Ramadán. Vamos al modesto hotel de nombre rimbombante (Nouadhibou Palace) y contemplamos con tristeza que del jardín no queda prácticamente nada. Han desaparecido las plataneras, las palmeras, el jazmín, las flores, el huerto.
Recorremos la ciudad y vemos que casi todos los árboles son sólo esqueletos de ramas y las palmeras han sido reducidas a la mínima expresión.
Tampoco hay nada que hacer con mi jardín, solo resta esperar que se marchen los invasores para poder iniciar la labor de recuperación, la poda y el riego de los restos del naufragio. Lo que me sorprende es que la gente de este pueblo asiste impertérrita a toda la debacle. Quizás es que ellos tienen más sentido común que yo y se rinden ante la evidencia sin asumir posturas catastrofistas o simplemente, como no están acostumbrados al verde no le dan ninguna importancia a perderlo. Por último, ellos ven en esta fatalidad la voluntad de Dios.
Las filosofías de los pueblos y sus respuestas a los desastres son pozos insondables que responden a patrones muy antiguos de comportamiento. Ahí yace precisamente la diferencia entre nosotros y nos imprime un carácter determinado del que muy difícilmente podemos despojarnos.
El atardecer es hermoso, con jirones de nubes blanquísimas que han atrapado la luz del sol que se aleja y la proyectan mágicamente en el azul impoluto del cielo. Visto así, no parecería que estemos bajo la maldición de una de las plagas más feroces que el hombre haya conocido: la de la langosta, como se dice en Nicaragua, el Capulín.