Nuevo Amanecer

La Guerra del Fin del Mundo (1981)

Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936)

Después de Conversación en La Catedral, ésta me parece la mejor novela de Vargas Llosa y con ellas lo invitamos a subir a esta singladura de ida y vuelta aprovechando que hace muy poco pasó por acá recogiendo el galardón que en Nicaragua lleva el nombre de Rubén Darío, la segunda vez que Vargas Llosa visitó el país con sus ojos de pájaro vigilante. La primera vez fue durante la revolución, ni más ni menos.
No se me ocurre mejor metáfora o comparación hoy para esta novela que lo que sucede en el Oriente Medio. El fanatismo contra el fanatismo, una guerra sin simpatías si no fuera por los inocentes de siempre, en las camas de los hospitales mirando a los techos sin nada. La guerra del fin del mundo se refiere a todas las guerras del mundo, partiendo de un conflicto olvidado que ocurrió a finales del siglo XIX en el Nordeste de Brasil. Fue un suceso tan extraño y peculiar que sólo una novela como ésta pudo hacer de él algo común y universal.
Volvemos al Sertón brasileño. Si antes lo hicimos de la mano de Guimaraes Rosa, ahora regresamos con la voz del peruano Vargas Llosa, o el “español del Perú” como le llamaron al ingresar como miembro de número en la Real Academia Española de la Lengua en Madrid. Canudos se encuentra en el interior, mientras que Salvador de Bahía se encuentra en la costa, donde se asienta la civilización. Canudos es lo ritual, la tradición, lo rural, resistiendo el ataque de los soldados enviados desde la ciudad. Pero la cuestión no es tan simple. No se trata sólo de un combate entre modernidad y tradición, o entre ciudad y campo, o ni siquiera entre el bien y el mal. Esta compleja y necesaria novela nos compromete a todos a mirar por dentro nuestra violencia, su origen extraño que nace en la desesperación.
No tiene otra explicación la figura del Consejero, un ser semi-místico que envuelve en su misticismo a los yanguzos, a los habitantes de las aldeas del interior del Sertón brasileño. El Consejero es una especie de profeta harapiento que involucra a todo un pueblo en un sueño conjunto de sacrificio y religión y que provoca una guerra sangrienta repleta de crueldad. Forma algo parecido a una secta con todos los marginados, cegándolos en el fanatismo. Pero los otros, los soldados que atacan, tampoco buscan un bien común, o la finalidad de la justicia. En esta guerra no hay imparciales, tan sólo el trío de Jumera, el periodista miope y el Enano. Ellos tres, inclinándose afectivamente más al bando del Consejero, porque se cuentan entre los marginados, avanzan por la historia sin posicionarse sufriendo la misma historia.
El periodista es una figura esencial en esta novela. Por él se cuenta y podría ser un personaje hecho en honor de Euclides Da Cunha, quien fue el primer escritor en relatar aquella masacre de finales de siglo sucedida en una de las regiones más olvidadas de Brasil. El periodista tiene la misión de contar, de hacer real lo que podría quedarse en lo invisible del olvido, y aunque la novela va y viene de la Costa al interior y trasiega por diferentes diálogos y escenarios (estructura típica de Vargas Llosa), el periodista está siempre presente, sabiendo que la muerte le acecha en su misión de contar. Sólo el amor le traerá la valentía o, mejor dicho, la pérdida del miedo a morir. Sólo el amor es esa especie de redención final y lo único que encuentra sentido en medio de la brutalidad del mundo. Esto puede sonar demasiado dicho, demasiado vago, pero si lo digo otra vez y otra, más me convencen las palabras. Puede cada uno buscar su ejemplo en su propia vida. El amor a quien sea, a lo que sea, el que sale porque sí, el que se da sin nada que espere a ser devuelto, un amor… un amor que no se explica porque no necesita explicación. La guerra impone el ruido, como la Historia, pero la vida se forja en el amor, algo más dulce y silencioso, que siempre vence, porque siempre pasa.
Al Consejero casi nunca le oímos directamente, con lo que como lectores apenas se nos deja oportunidad de ser manipulados o sugestionados por él. De cualquier modo sería difícil que así sucediese, sin estar con nuestros pies descalzos y nuestra hambre en esos caminos por los que él transcurría. Indudablemente, pensamientos y sentimientos no son iguales con hambre que satisfechos. Pero sí podemos imaginar, por arte y milagro de la literatura, el poder de convencimiento y de embrujo que aquel ser tenía para con los campesinos de aquellas regiones. Una especie de flautista de Hamelin, místico que atraía hacia sí y hacia la muerte a toda la desesperación de un pueblo reunida por fin en torno a algo en qué creer.
No puede ser otro final que el de una tragedia, un final total, como esta novela. Y al ser total nos deja llenos de preguntas, de inquietudes. Cuando la leía, tenía la sensación angustiosa de querer entrar dentro de la historia y detener aquella locura, como cuando uno ve las noticias de Irak por televisión y se siente después desbordado por el peso visual de las calles calcinadas y los ríos de sangre.
La Ciudad y Los Perros, Conversación en La Catedral, La Guerra del Fin del Mundo, Lituma en los Andes, y tal vez La Casa Verde son las obras que componen el magisterio de Vargas Llosa, un eterno aspirante al Nobel al que se le adelantó su adversario, más político que literario, Gabriel García Márquez. No nos quedaría espacio para hablar del Vargas Llosa periodista o el del intelectual encima de un escenario, disfrazándose a veces de político, del hombre que se fue de la izquierda a la derecha siguiendo la corriente de su tiempo y aquella frase de Churchill que mal traducida viene a decir: “quien no es de izquierda a los veinte es que no tiene corazón, y quien no es de derecha a los cincuenta es que no tiene cabeza”. La parcialidad de una visión política y de una creencia dudosa no empaña la enorme claridad con la que el escritor vuelto a sus orígenes deslumbra en sus novelas, tan nuestras, tan de nuestro tiempo que son de agradecer y nunca te traicionan. Algunos deslices como Historia de Mayta o El Paraíso en la Otra Esquina, incluso La Fiesta del Chivo, que a uno que ha leído siempre a Vargas Llosa, lo deja con el sabor de la repetición y lo predecible, no importan. Ya Vargas Llosa tiene su lugar en nuestra imaginación, y a ese lugar se debe.
En todas sus novelas, el amor viene siempre a redimirnos, y lo hermoso de todo es que es verdad, ¿no creen? Es lo único por lo que tendremos algo de sentido. El amor, “quien lo probó, lo sabe”.