Nuevo Amanecer

DORMIR AL SOL (Novela corta, 1973)

Adolfo Bioy Casares (Buenos Aires, Argentina. 1914-1999)

Algo escorado por la imponente figura de Borges, Adolfo Bioy Casares es el otro clásico, lúcido y gran maestro de la literatura argentina. También el otro gran maestro de la prosa corta. La segunda década del siglo XX, quién sabe por qué motivo quiso regalarnos desde Argentina a tres grandes cuentistas: Borges, Bioy Casares y Cortázar. Los tres, al leerlos aún nos hacen cosquillas, nos tocan por dentro. Son debilidades que no se nos quitan ni se nos gastan ni se mueren. Los podremos olvidar por un tiempo, pero siempre vuelven. No encuentro mejor definición para decir que son clásicos.
Pero vamos a tratar de quitarnos de la vista los carteles, los apodos, los títulos, las categorizaciones de la crítica, los análisis, los comentarios de texto (puede que acabemos agotados), y también los altares y las sombras que la Historia de la Literatura ha levantado. Después de eso, qué queda de Bioy Casares. Si uno se acerca a su novela más conocida, La Invención de Morel, leyendo el prólogo que su amigo Borges, como siempre magistral, le dedicó, sin embargo está matando un poco la inocencia. A Bioy Casares es bueno leerlo sin recuerdo de comentarios de su obra, porque de lo contrario, uno crea obstáculos, y hasta puede asustar. Sobre todo, si pone atención a lo que dice Borges al declarar como novelas sin parangón y de las que el siglo XX aportó a la Historia Otra Vuelta de Tuerca, de H.James; El Proceso, de Kafka y, precisamente, La Invención de Morel, de Bioy Casares. Borges además añade, para concluir, que es la novela perfecta.
Puede ser, tal vez en el último siglo de Literatura Latinoamericana hayan existido dos novelas cortas perfectas, diferentes en su estilo y en su ejecución, pero perfectas cada una en su ámbito: La Invención de Morel y Crónica de Una Muerte Anunciada, de García Márquez. Sin embargo, esta vez, he preferido dar cuenta de otra de las novelas de Bioy Casares que me parecen más que buenas para acercarnos a los mundos del autor argentino. Dormir al Sol, como La Invención de Morel, posee los mismos poderes de sugestión y de encantamiento, pero me parece que además está escrita más con los pies en la tierra, con un perfil y un tema más humano que La Invención de Morel, así que no me arrepentiría de aconsejar la lectura de Dormir al Sol antes que la “perfecta” Invención de Morel, sobre todo si se busca una novela que nos hable de cerca, o desde adentro. La otra, es de una trama más conseguida, o más misteriosa si cabe, más literariamente perfecta. Dormir al Sol, perdón si no me explico, es más humanamente imperfecta.
Y antes de seguir afilando las paradojas y el ingenio (que mucho no me sobra, la verdad) voy a dar fe de mi alegría por esta novela. Ni más ni menos habla del amor, de la relación en pareja, de la comunicación, de la posibilidad o no de que el amor de dos personas pueda mantenerse, convertirse en convivencia a pesar de todo. Habla también de lo que esperamos del otro, de lo que nos imaginamos que es y de lo que no es.
¿Alguna vez han realizado ese juego o test psicológico de las tres preguntas? A uno le preguntan cuál es el animal que más le gusta, pero el que de verdad está por encima de nuestras preferencias en el reino animal; luego le preguntan cuál es el segundo animal que nos agrada más; y por último en qué lugar, real o imaginario, nos gustaría estar en ese momento. A cada contestación nos piden que demos tres razones que expliquen por qué optamos por esa respuesta. Al final, el evaluador o el psicólogo nos explica que la primera pregunta equivale a la forma en que creemos que las otras personas nos miran. Es decir si uno dijo que el animal que más le gustaba era el delfín por su alegría, su rapidez y su inteligencia, pues entonces creemos que los demás nos consideran alegres, rápidos e inteligentes. Sin embargo, el evaluador nos desmiente al decirnos que en realidad somos más parecidos a las características o razones por las que nos gustaba el segundo animal de nuestras preferencias. La tercera pregunta, la del lugar preferido, corresponde más bien a aquellas características que creemos nos hacen falta o que nos gustaría tener. Es decir si uno dijo el mar, o una playa en concreto por su calma, su frescura y su inmensidad, pues hagan cuenta. No es que opine que el test revele seriamente lo que somos, lo que nos gustaría ser y cómo nos miran los demás, pero al menos sirve para comprobar las diferencias que pueden o no existir entre lo que deseamos que sean los demás. En resumen, si apenas uno mismo se acaba conociendo al cabo de muchos años (“sabemos lo que somos, pero no lo que podemos ser”, decía San Agustín), cuán difícil es conocer al otro, y aceptarlo y comprenderlo y por fin amarlo. Entonces, el amor es la generosidad más grande. Ante la imposibilidad de conocer o aceptar totalmente, sólo queda entregarse porque sí, por el mismo amor, por nada, “polvo serán, mas polvo enamorado”.
A Lucho Bordenave, relojero de oficio reciente, le convencen de que su esposa debe ser internada en un extraño “Instituto Frenopático”. Aparentemente, no tiene ninguna enfermedad mental que le impida llevar una vida normal. Pero los argumentos convencen tanto que al final Lucho consiente. Cuando su esposa vuelve, a pesar de que Bordenave se siente culpable, porque piensa que le ha jugado una mala pasada, su esposa viene absolutamente cambiada, con un carácter muy dócil, transigente, nada que ver con lo que era, así que Lucho, al principio, no se culpa tanto ni deja de admirar semejante cambio. Lucho ha resistido las tentaciones de su voluptuosa cuñada mientras su esposa estaba en el Instituto, a pesar de parecerle absurda la situación. Uno siempre sospecha que la cuñada de Lucho estaba metida en algún complot que nadie descubre, pero no es más que un símbolo. Lucho, con su espera fiel y su empeño en hacer volver a su esposa, demuestra arrepentimiento y amor. Se hace propósitos de enmienda porque la relación sea mejor, a pesar de todos y de todo, y también de la incredulidad y la desconfianza de su ama de llaves que ha sido casi como su propia madre. Ceferina, su criada; la hermana de Diana, su cuñada; don Martín Irala, su suegro, miembro de una familia de antiguas riquezas; los extraños vecinos, el Instituto Frenopático, todo son dificultades, obstáculos, intromisiones en una relación normal de una pareja, en la que hay algo que falla: el carácter de los dos. Son diferentes. En ciertos momentos se apunta a que pueden amarse, pero no están hechos para la convivencia. Y por muy extraño que parezca, el Instituto Frenopático consigue de forma siniestra llegar a cambiar el carácter (el alma, según dicen) de una persona. A todo ello asistimos de la mano de Bioy Casares, que tiene la habilidad, como nadie, de ir introduciéndonos en el ambiente de un sueño, de una pesadilla casi sin darnos cuenta, con una verosimilitud que nos engaña y que luego, cuando queremos darnos cuenta, ya no podemos disolver sin la ayuda del mismo Bioy Casares, hasta que nos saca de ella otra vez por la puerta de la realidad y de las dudas. Tiene muchos trucos para ello. Por ejemplo, el empleo de la primera persona, el tono de confesión del protagonista, en una carta clandestina que hace llegar a un abogado, Félix Ramos, con el que no tiene una gran relación desde hace mucho tiempo. Al final el abogado, tan incrédulo y extrañado como nosotros, decide, al no poder resolver nada, olvidar la historia por un tiempo.
Ahí está el problema. No podemos olvidar esta historia. Podría ser un mapa, una guía mucho más efectiva que cualquier libro de autoayuda para ser felices en pareja o cualquier consejo de Paulo Coelho. ¿Qué es lo que no podemos olvidar de esta historia? Me parece que esta novela corta aún guarda un secreto, una pócima al menos de la felicidad en pareja, y por tanto una historia para el amor, o simplemente para la vida cuando no se está completamente solo.