Nuevo Amanecer

Tere, crónica de un alma perdida


“¿Ya nos vamos?” –les pregunté a mis acompañantes--, “ya es noche”. No, respondieron, vamos a pasar por donde unas amigas. Andábamos eufóricos por el cierre de campaña electoral en Managua, ya que éramos parte de la caravana de vehículos. Nos dirigíamos hacia la zona Oriental; nos detuvimos frente a un bar de muy mal aspecto de los Laureles Sur, música mexicana y gritos que salían del lugar; William, que venía conduciendo, sonó la bocina. Desde mi puesto, en la parte trasera del vehículo, pude ver que de una casa mal construida y con cercos de alambres y ripios, al lado del barsucho, salían tres mujeres; la última ató el pedazo de madera que servía de puerta a la casa con un cordón blanco, pero por las hendijas se escapaba una lúgubre luz amarilla de una bujía de 75 watts y se observaba una mesa sin sillas y un piso de tierra. Me dio cierto temor estar ahí, “tantas cosas que uno escucha en las noticias”, pensé.
De pronto, las tres mujeres, bien vestidas y maquilladas como casas recién pintadas, se subieron al carro. “Dale, Tere, vos primero, dijo una. Y de repente una morena de piernas exquisitas y una falda de jean azul que no dejaba nada a la imaginación se subió… sobre mis piernas; “chineame, amor, voy con vos ahora”, casi gritó Tere. Me azoré, no pude moverme ni decir nada, la risa que dibujó William más el asentimiento de su cabeza me hizo caer en la palabra “amigas” y se me vino a la cabeza la regla aritmética exacta que dice que tres más tres es igual a seis; “cabrones”. Adelante se fue Mary y atrás Carol. “Parece que esta noche va a ser larga”, bramó José, mi otro amigo de atrás.
Nos enrumbamos hacia una disco, las niñas querían bailar, “y algo más”, dijo Tere. “Dejá de hablar, muchacho”, ironizó ella, porque yo no decía palabra alguna, no sabía cómo comportarme con ella. Aunque he estado en lugares donde las mujeres hacen de su cuerpo un negocio, nunca he tratado con alguna de ellas ni he pensado en los motivos que las mueven a tomar esa determinación; hasta ese momento, eso me parecieron Tere y sus dos amigas. “¿Cuántos años tenés?”, fue lo que le pude preguntar a aquella morena de bello rostro que cohibía. “18, pero eso no importa, yo ya soy una mujer”, respondió tajantemente, como para no dar lugar a dudas y respetarla como tal.
La oscuridad en el vehículo me impedía verles el rostro a las demás jóvenes. Cuando llegamos a la disco las pude apreciar mejor: Mary era una negra sólida de la misma edad de Tere, un pantalón de tela gruesa, crema, rozaba su cuerpo bien confeccionado, llevaba el pelo corto y unos aretes enormes y redondos, y Carol era una morena bien definida y de pelo crespo negro y largo, rasgos finos y labios casi perfectos. El ambiente del lugar era caribeño; desde que llegamos no dejé de ver a mi acompañante y sus amigas. Nos sentamos en una mesa e iniciamos a tomar ron. Platicamos –bueno, ellos--, sobre cosas triviales: el calor del día, las discos nuevas y sexo; las jóvenes no parecían tener el mínimo pudor y muy por el contrario sus lenguajes eran procaces. Las diez y media de la noche; los ojos de José, achinados y desorbitados por el ron, se centraron en los bustos de Carol, la lujuria era transparente en sus pupilas y parecía sufrir de licantropía. Tere y yo no habíamos conversado mucho, no encontré plática alguna que pudiera satisfacernos, así que opté por el silencio y la observación. Tampoco tomé. La cara de ella denotaba aburrimiento. Me concentré en definir bien a aquella mujer que con sus dientes de ratoncillo me parecía angelical, sus gestos revelaban un sufrimiento solitario: su mano en la quijada y uno que otro suspiro. Una hora después, decidimos ir a un lugar más alejado y poco concurrente: el mirador de Las Nubes, en El Crucero.
Llegamos al filo de la medianoche. El lugar, desierto y oscuro, es el preferido de parejas que desean aletargarse, con una panorámica de la Managua dormida con sus luces amarillas, “y algo más”, habría dicho Tere. Había un viento en ráfaga y el frío era penetrante. Las dos parejas acompañantes se bajaron y en la penumbra se perdieron sus sombras como por caminos rurales, solo el ruido de los pasos se escuchaba intermitente llevado por el viento. Tere decidió quedarse conmigo dentro del carro, la minifalda y su camisita, que apenas si llegaba a su abdomen, la hizo desistir de buscar un paraje más privado. Prendimos la luz, nuevamente me centré en observar sus movimientos; el alcohol aún corría puro en sus venas, su mirada algo atolondrada me dejó una sensación de niñez perdida; mi lascivia pronto se convirtió en sociología y de improviso solté una metralla inquisitoria: quería averiguar el porqué una “mujer” de 18 años, guapa, esbelta y deliciosa navegaba en este mar de inmundicias del placer de la carne por estipendio.
Qué le habrá pasado para que viva de este modo, me preguntaba. Se lo dije así, con temor de un te vale, pero con la seguridad de una confesión reprimida por las ataduras de un silencio necesario. Tere lloró; su relato no distó de las historias que a diario leemos en los periódicos, parece una esquematización de patrones de acción: el padrastro abusador, la madre “pasiva” y la infaltable pobreza que afecta a esa inmensa mayoría de gente que es marginada y que cada vez se hunde más en esos tremedales de la iniquidad, por el desajuste en la balanza en la distribución de la riqueza y la falta de una educación para sobrevivir.
“Mi padrastro, el maldito, me abusó a los trece”, me contó Tere con una dejadez que más parecía una resignación que una denuncia; dónde he escuchado esto, me dije; ah, a diario, en todos los medios de comunicación, el pan de cada mañana, tarde y noche. “Mi mamá se dio cuenta y prefirió a su marido, a mí me mandó donde mi abuela; dejé de estudiar, llevaba segundo año”, siguió Tere, con su calvario que apenas comienza a su pequeña edad. Un río negro bajó de sus ojos y se detuvo en la comisura de sus labios, su nariz se puso roja y con sus manos se tomaba las sienes, como queriendo salir de un sueño atávico de mujeres pisoteadas por machos eternos y sanguinarios.
Después de un momento de silencio mutuo, continuó: “La Carol y la Mary se fueron de sus casas casi por lo mismo; la prima de la Mary nos dio lugar en su casa, es madre soltera. Salimos con gente mayor, que es la que nos mantiene; la necesidad pronto se vuelve rutina y cansa, quisiera volver a mi casa y comenzar todo, pero mi mamá me dijo que no regresara, que mi vida estaba en la calle”. Me pareció desgarradora la última frase, la miré con más compasión, le puse mi mano sobre su cabeza, tratando de revertir su daño y despertarla de esa pesadilla; se calmó y se volvió a teñir su rostro sucio de pintura y desconsuelo. Unos pasos nos indicaron que los amigos regresaban. Tere adoptó una postura falsa de alegría venal, sus ojos de sangre no llamaron la atención. Mientras bajamos, el clima se volvía más cálido, el viento cesó; como un autómata vi a Tere, su rostro me pareció difuso, como número de una estadística de nunca acabar. Las caras de miles de niños ultrajados de ambos sexos irrumpieron en mí, la música me resultó estúpida y el movimiento de cabeza de Mary a su compás me pareció un ultraje a Tere. Ella hizo una mueca con sus labios en semi sonrisa. Te entendí. Era un pacto inviolable, un sello que nos unía, que me hacía partícipe de su sufrimiento mudo. Las dejamos en su “hogar”; se despidieron con un nos vemos otro día. Tere abrazó a sus compañeras y las tres caminaron juntas, una perfecta línea de desgracia me ofuscó. Traté de dormir esa madrugada, no me resistí, no pude. Tere venía una y otra vez, lo siento, te fallé, revelé el verdadero acierto de tu alma perdida.