Nuevo Amanecer

El rostro en el espejo


Fue Marina Moncada, la joven encantadora que conocí en los años 70-72 —ahora ya convertida en una espléndida mujer enteramente dueña de la aguda inteligencia que siempre tuvo— quien en una cafetería de Managua, una tarde de septiembre 2005, me dio a conocer el libro «Jacques Prévert», versión bilingüe del poeta Pablo Centeno-Gómez.
A Prévert lo conocía en revistas desde 1960. En septiembre del 63, el Nº 18 de Ventana, trajo la «Linterna mágica de Picasso», traducida por Michéle Najlis. El poema titulado algo así como Prévert en Saint Paul de Vence, de Iván Uriarte, fue publicado en la colección Librería Cardenal, tal vez en 1969; pero antes, por muchos años el acercamiento a Prévert se profundizó. Durante muchas noches de taberna, Iván repetía: ¡Rappelle-toi Barbara! [...] ¡Rappelle-toi Barbara! […] Roberto Cuadra se ponía arrecho, pero el verso y los siguientes se repetían más que las medias de El Guadalajara. Total, me gustó la poesía del tipo; como pude le seguí la pista y de alguna manera conseguí el tomito de Paroles (1945) reeditado en 1975 por Le point du jour, colección Folio. De modo que la calidad poética de Prévert no me era extraña, pero la maestría con que Centeno-Gómez logra sus traducciones, realmente, me sorprendió. Además, Prévert, leído por la voz cantora de Marina, casi me sonaba al mero francés. Entre la lectura, las masitas almendradas y el café con leche, surgió casual el asunto de los alimentos terrestres de la poesía nicaragüense en los siglos XIX y XX. Creo que estos párrafos pueden leerse como un resumen de la chispeante conversación de Marina.
La poesía nicaragüense (¡quién lo duda!) ha tenido en la poesía francesa y norteamericana sus esenciales fuentes nutricias. Obvio, no las únicas, pero sí las fundamentales. Como lo han demostrado los dariólogos de raza, sin poesía francesa, sin Verlaine, sin la musique avant toute chose no existiría la transparencia sonora de Rubén. Al menos, no habría uno de los tantos Darío que encierra Darío. Él hablaba de lo suyo en él, pero lo suyo en gran medida provenía de Verlaine. Y aunque Rubén (según afirmaba LAC) representa para la lengua española, más de lo que Verlaine representa para la lengua gala… sin la musique verleniana, no existiría al menos, uno de los tantos Darío que hay en Rubén. Igual, sin poesía norteamericana, sin Spoon River, sin Patterson, sin los Cantos, no habría José Coronel Urtecho ni Ernesto Cardenal. Al menos, no existirían algunas cosas de lo mejor en ellos. Con la Generación de los 60, el caso se complica. Además de deudores de la poesía norteamericana, también tienen pendientes con Saint John Perse, Blaise Cendrars, Henri Michaux, Robert Desnos, Paul Eluard, Antonin Artaud y el mismo Prévert. Sin esa doble corriente nutricia en los años 60, no existirían algunas cosas de lo mejor en su obra ni se explicaría su oficio. Cosa jamás sospechada por cierta crítica rastacueros.
Rubén reconoció su adeudo francés en diversas maneras en diversos escritos. Allí está «padre y maestro mágico» el Responso a Verlaine. Coronel y Cardenal han dejado testimonio de su crédito con la poesía norteamericana. Basta volver al «Panorama y antología de la poesía norteamericana» (1949) de Coronel, o a la posterior «Antología de Poesía norteamericana», firmada por Coronel y Cardenal. Algunos escritores de la Generación de los años 60, igual han reconocido su debito con tal poesía. Pero es Julio Valle-Castillo, un muchacho apenas nacido en 1952, quien ha fijado con ludismo fascinante ese viejo compromiso. Su poema Pound en Nicaragua (poema-ensayo) señala […] «Si hay algún lugar donde Ud. es plenamente UD. es aquí en Nicaragua… […] donde a Ud. más se le ha querido y leído y traducido / donde a Ud. más se le ha entendido… […] más que traductores (Coronel y Cardenal, son) su Boscán y su Garcilaso / introductores del paundiano modo a la poesía española de / las Españas, es decir de España y América» […].
La deuda con la poesía norteamericana que, desde luego, va más allá del ideograma de Pound hasta perderse en los largos bellos bíblicos versos de Whitman, y que tampoco comienza con Coronel y Cardenal, ha sido cancelada. Están tana-catana. Sus boscanes y garcilasos la redimieron con la calidad de su propia obra y con las mejores traducciones que alguna vez —como dice la Revista Vanidades— se han hecho de la poesía norteamericana al español.
El empréstito de la poesía francesa no ha corrido igual suerte. Después de Darío, el único puente visible entre aquella y la nicaragüense fue Luis Alberto Cabrales, quien había estudiado en Francia al final de la década del 20. Sin embargo, no son muchas las traducciones (al menos las que yo conozco) hechas por el extraordinario solitario triste relegado Cabrales. En 1977, Ernesto Gutiérrez y Raúl Elvir tradujeron el Anábasis, de Saint John Perse. Anteriormente, quizás a mediados de los años 60, el mismo Gutiérrez comenzó a publicar en LPL unas traducciones de los Cantos de Maldoror, de Isidore Ducasse. Creo que en la primera o segunda entrega escribió algo así como “al Conde se le va la mano, y yo se la corto”. Gutiérrez se refería al trato que el Conde da a los temas religiosos. Y realmente, le cortó la mano.
Cortó dos manos, la del poeta y la del traductor. Fernando Silva (aunque por ahora no las recuerdo) ha hecho algunas traducciones de Jean Cocteau. CMR, además de sus traducciones de Rimbaud, comenzó en las páginas de Le Phénix (1951) una versión de Dominique hoy presente, de Paul Eluard. Para los años 60, no obstante el entusiasmo que en ciertos poetas nicaragüenses enemigos jurados del imaginismo, provocaba el surrealismo —especialmente Breton— la traducción de poesía francesa no fue oficio pinolero de todos los días. Todo el escaso surrealismo practicado en Nicaragua estuvo fundado en textos de segunda mano. Apenas se recuerdan cosas de Breton y Rimbaud traducidas por Francisco Valle. Además, salvo el Anábasis ninguna de tales versiones adquirió la forma del libro autónomo. Fueron cosas sueltas para revistas o periódicos.
Los libros de poesía francesa transcrita al español eran entonces y siguen siendo ahora, producto importado en el español argentino de Aldo Pellegrini, o Pepe Bianco, o en el español colombiano de Jorge Zalamea, cuando no, en el castizo madrileño de las ediciones Júcar, como Eluard traducido por Mariano Antolín-Rato; aunque también hubo buenos ratos como el mismo Eluard traducido por Rafael Alberti, Xavier Villaurrutia, María Teresa León, o Caballero Bonald.
El Prévert entregado por el poeta Centeno-Gómez —un cautivante anacoreta de la poesía nicaragüense— representa un gran abono a una gran deuda. Si la poesía francesa del Siglo XX estuviera a punto de declarar deudor moroso a la poesía nicaragüense de esta época, las traducciones aludidas pueden evitar la molesta situación. Simple, pero con la complejidad que depara el oficio de lo sencillo, el francés de Prévert encuentra en el español nicaragüense de su actual traductor un idioma fino, cotidiano, preciso, lúdico, pero fresco, sugestivo, flexible y hasta musical disonante. Sus 87 poemas incluyen 40, de los 95 de Paroles (1945), 16 de Histories (1946; libro escrito en común con André Verdete), 3 de Spectacle (1951) y 28 de Fatras (1966). Claro, el Prévert de Centeno-Gómez no es (y así lo sugiere la portada del libro) una muestra completa de todo Prévert, pero lo que está, está. Y sin demérito alguno, el resto queda para más adelante.
Los usureros hablan de principal más intereses. Francia y sus poetas saben que Darío pagó el principal más los réditos correspondientes al Siglo XIX. Además de su labor divulgadora (Los raros y Opiniones, incluyen 17 escritores franceses) les devolvió una obra que aún no termina ―y posiblemente nunca termine― de deslumbrar al mundo de habla hispana. Pero esa cancelación no incluye el principal, muchos menos los intereses del Siglo XX. Éste adeudo sigue en pie.
Y la poesía nicaragüense de esta época aún se puede considerar incluida en la lista negra de las malas pagas. Pablo Centeno-Gómez, Michél Najlis, Iván Uriarte, todos profundos conocedores de la lengua gala y su literatura, tendrán que hacer otros desembolsos. Por enxemplo, traducir a todos aquellos poetas franceses que ―en compañía de los norteamericanos― asistieron a la generación de los 60 en el encuentro de su rostro y su espejo; y esto mientras surge otro gran poeta al amparo de la Cara Lutecia. Sólo un gran poeta, paga una gran deuda.
Los editores nicaragüenses, igual, deben hacer su apuesta. A nadie le caería mal un tomito que reúna todos los poetas franceses traducidos por poetas nicaragüenses. La mitad del trabajo ya está hecho en la lista que Centeno-Gómez agrega en la página Nº 15, al pie de su nota introductoria a Prévert. Y si algo falta, habrá que preguntarle a Jorge Eduardo Arellano. Estas cosas parecen esenciales a la poesía nicaragüense, y lo son para cualquier poesía en cualquier lugar del mundo. Especialmente, ahora que se apagan las voces de los mejores traductores nicaragüenses de poesía norteamericana, y apenas comienzan a surgir de cuerpo entero, los nuevos traductores de poesía francesa. Es vital mantener abiertos los puentes con los frutos contemporáneos. Hay que retomar las fuentes nutricias de 1960 para acá. La imagen en el espejo nunca daña el rostro propio.
Managua, 02, 10, 05.