Nuevo Amanecer

El Rayo que no Cesa (Poesía.1936)


Miguel Hernández (Orihuela. Alicante 1910-1942)

La puntualidad del corazón

Imagino aquella noche, en el Rosal de la Frontera. Ha cruzado el río Guadiana que separa España de Portugal, un lugar precioso para perderse, para volver a empezar. Miguel trata de hacerse invisible. Atrás pretende dejar las amenazas de la muerte, o de la búsqueda y captura. Miliciano y poeta de la República tiene en su haber todas las culpas para el régimen de Franco. Por fin lo descubren. Es la Policía de Salazar, y lo devuelven a España. Fue fácil encontrarlo, no se puede ocultar con su cara ruda de poeta o de pastor, sus ojos enormes y la frente amplia, tal como lo pintó Buero Vallejo en la misma prisión.
“No hay nada más importante que dar una solución hermosa a la vida”, escribe dos meses antes de su muerte, a un amigo y poeta. Miguel Hernández es un poeta de carne y corazón, un poeta del pueblo, tal vez uno de los pocos que del que de verdad podemos decir tal cosa. Se inició siendo verdadero pastor de un rebaño de cabras que tenía su padre, y sus primeras relaciones fueron las de los vecinos de su pueblo pobre en la España de entonces mientras repartía la leche. Tuvo la suerte de poder estudiar hasta una edad un poco más avanzada de lo que solían los hijos de pastores, pero más corta de la que debían los hijos de papás más ricos. Después del libro primerizo de Perito en Lunas, Miguel Hernández desborda con El Rayo que no Cesa, una auténtica maravilla de sonetos escritos con voz del siglo XX aunque respetando la tradición clásica, a la que Miguel era tan aficionado por su misma educación, de hijo de pastor y pastor él mismo, formado y enseñado a amar en los versos del Siglo de Oro. Pero Miguel Hernández le pone al clasicismo algo más, no podía ser de otra manera cuatrocientos años después, le pone el corazón, la piel. Tanto que hasta en su colección de sonetos tiene que intercalar tres poemas que no siguen el patrón de los sonetos, entre ellos, el último que introdujo, deteniendo incluso las labores de impresión del libro. Se había muerto su amigo y compañero del alma Ramón Sijé, con quien había jurado que si uno de los dos se moría primero, el otro cavaría su tumba. Pero Ramón se murió primero y Miguel tuvo que aguantarse la rabia de no poder cumplir su promesa, y por ello escribió, tal vez, esto da miedo decirlo, pero tal vez, el que sea El Mejor Poema Elegíaco en Español del Siglo XX: Elegía a Ramón Sijé: “Yo quiero ser llorando el hortelano/ del huerto que ocupas y estercolas/ compañero del alma tan temprano...” Miguel introduce este poema, el más hermoso canto a la amistad, en ese libro El Rayo que no Cesa y nos entrega ya para siempre una obra de oro.
Luego vendrán otros libros, como El Hombre Acecha o Viento del Pueblo, y otros poemas que son cada cual una gloria, como el que probablemente sea El Segundo Mejor Poema en Español del Siglo XX: Las Nanas de la Cebolla, una especie de canción de cuna, de consuelo, estando él en la cárcel, cuando recibió la carta de su esposa (aunque no aceptó casarse hasta más tarde legalmente, pues Miguel pensaba que no necesitaba un papel ni una bendición para quererla, aunque más bien era en protesta contra las autoridades religioso-militares de la cárcel) en la que le mencionaba que no tenía para comer más que cebolla, y que su hijo, el segundo hijo de los dos (el primero se había muerto al año de haber nacido), se amamantaba de unos pechos que no podían ofrecerle ya casi alimento. Manuel Serrat le puso música muchos años después y aún suena por dentro cuando uno la escucha. Quien no lo haya hecho, se lo recomiendo.
Miguel murió en la cárcel de tuberculosis, sin cumplir los treinta dos años. Da escalofríos. Le conmutaron la pena de muerte gracias a varias gestiones de escritores y amigos, pero no le hicieron ningún favor porque la muerte vino a llevárselo después de una larga y dolorosa agonía en varias cárceles, y en la última, en el penal de Alicante.
Su delito había sido alistarse en el bando de republicano de la Guerra Civil, haber estado en la Unión Soviética, y haber escrito y hablado para el corazón del pueblo. Sin embargo, con la misma inocencia con la que creyó que iba a pasar inadvertido en Portugal, con esa inocencia siempre esperó la bondad, la misma que él repartía.
Miren, yo no tengo grandes palabras para decirlo, pero a Miguel Hernández tienen que leerlo, y sentirán algo así, como si sus palabras no las estuviéramos leyendo sino que salieran con una voz de dentro de nosotros, directamente desde la fuente de nuestro corazón. Hace cosquillas, pone la piel de gallina, a uno le hace sentir cosas como las que hace sentir su amigo y protector en ocasiones Pablo Neruda. Pero mejor que yo lo explica el gran Vicente Aleixandre hablando de él:
“Era puntual, con puntualidad que podríamos llamar del corazón. Quien lo necesitase a la hora del sufrimiento o la tristeza, allí lo encontraría, en el minuto justo... Era confiado y no aguardaba daño. Creía en los hombres y esperaba en ellos. No se le apagó nunca, no, ni en el último momento esa luz que por encima de todo, trágicamente, le hizo morir con los ojos abiertos”.
“A nosotros que hemos nacido poetas entre todos los hombres, nos ha hecho poetas la vida junto a todos los hombres”, dijo Miguel Hernández expresando su vocación por entero al servicio de los hombres. Sólo un San Juan de la Cruz hubiera escrito desde la cárcel semejantes monumentos literarios.
Nos resta dar gracias a Dios por este poeta, cuya grandeza está, como en los clásicos, en que al leer cada uno de sus poemas huelen como a recién hechos. Del barroquismo de Góngora en Perito en lunas va pasando a la influencia de Pablo Neruda y Juan Ramón Jiménez para saber que no hay otra poesía que la que se recita y se canta.
Aún lo puedo imaginar, recogiéndose las lágrimas hacia dentro, sin que las viera el carcelero. Aún lo puedo ver preguntado si es cierto, pero cierto, cierto lo de Federico García Lorca, lo de que lo asesinaron y todo eso, aún lo puedo imaginar.
Qué joven moriste, qué joven murieron todos, tú, Federico, cuánto me hubiera gustado que nos hubieseis acompañado más en el camino, y no que os quedaseis así en vuestra sonrisa de ángeles casi, con los ojos abiertos, aún sin ser tocados. No pudieron mancharos ni la enfermedad, ni el hambre, ni la cárcel ni el paredón, ni la saliva del odio. No os mataron, eso creyeron ellos, estabais entonces y estáis a buen recaudo en nuestro pecho. Y aún tendremos que hablar de muchas cosas, “compañeros del alma, compañeros”.
Los poetas del Siglo de Oro nunca hubieran imaginado un poeta pastor mejor que éste, que además de morir enamorado, murió luchando.