Nuevo Amanecer

Diario de Solentiname


(Fragmento)

Amanece lentamente en la larga cabaña, donde dormimos todos menos los Agudelo. La luz gris crece. La gente se levanta silenciosamente --¿la gente? Bueno, cinco muchachos veinteañeros actualmente (Laureano, Alejandro y Elvis --todos “permanentes”-- más Mario, sobrino de Ernesto, y Manolo Mayorga, un muchacho campesino de Ometepe), Ernesto y yo, y aquellos que vinieron conmigo: o sea Fernando Silva, médico de niños (un bullicioso payaso tropical con un enorme corazón), tomándose tres días aquí y en el río San Juan para alejarse del horror de una epidemia y recuperar energías para enfrentarse a otras (11.000 niños afectados por gastroenteritis).
La gente se levanta en silencio, se lava, no habla. Cerca de las siete, en la casa central construida de piedra (con terrazas bajas y amplias) suena una campana. Nos encontramos afuera, bajo la baranda, nos sentamos aquí y allá (un muchacho se mece suavemente en una hamaca). Empezamos el día leyendo cuatro o cinco salmos, por turnos --el mío hoy fue el salmo 26, mi favorito. Luego Ernesto lee un poco de la Biblia (continuando, hoy, el Libro de Job), y después un trozo de algún libro informativo, actualmente uno de Edgar Snow sobre la China maoísta. Éste quizá se comenta un poco, o alguien interpone una pregunta sobre Job, o bien alguna duda sobre alguno de los salmos. Luego nos dirigimos hacia la cabaña-cocina para desayunar: una de esas cabañas mayas de techo alto (con agujeros para que salga el humo en los dos extremos de la cumbrera), un gran horno de barro, una chimenea de barro, pero con agua corriente, bombeada del Gran Lago y puesta a hervir para consumo, porque hay algunos melindrosos --realmente William y Teresa y los niños (Juanito, casi tres, y una bebita, Irene)-- que aún encuentran que el agua del lago sin filtrar les molesta, ¡me conviene seguir su ejemplo! Hay una sola larga mesa de madera rústica; sillas toscamente aserradas. Piñas, aguacates y bananos de los árboles cercanos. Café. “Gallo pinto”: arroz y frijoles revueltos y fritos. Un queso duro como ladrillo y muy salado (llamado simplemente “queso seco”): la sal tan bienvenida, porque uno siempre está ligeramente húmedo de sudor (¡o lluvia!), y hay que beber agua constantemente.
Después del desayuno, ninguna “rutina” aparente: pronto encuentro la mía. El P. Ernesto me ha puesto una mesa junto a mi cama, y me siento mirando hacia afuera (a través de las ventanas enmalladas) un motín de árboles tropicales y arbustos florecidos --un malinche ardiendo en el verdor--, ganado Zebú en los claros; el lago visible desde ambos lados del angosto cuello de tierra en el que se encuentra la pequeña iglesia, el embarcadero (fuera de mira) abajo a la izquierda (mirando hacia el este, hacia San Carlos), y con una ensenada tranquila hacia el oeste, donde fuimos a nadar ayer. El llamado de los pájaros, siempre el llamado de los pájaros (día y noche): ahora sé por qué la poesía de Ernesto está tan llena de cantos de pájaros (pero ¿cómo puede uno traducirlos?)...

Continúa: Viernes, 21 de julio
Es probable que escriba cada vez menos, mientras voy entrando en el silencio. Quizá si mi letra fuera legible (en vez de este tecleo de pájaro carpintero). Pero no lo creo. Son las palabras las que no se necesitan. Habitualmente hay el murmullo del lago, y una brisa suave --y un zumbido de insectos (además de los pájaros, por supuesto: siempre una o dos llamadas al menos, basta escucharlos). Pero el lugar en sí es una quietud. No un silencio monástico. Simplemente inmovilidad. Al principio me preguntaba qué pasaba aquí realmente. Ya no me pregunto. Con lo cual no quiero decir que sé. No hay nada más cercano al monasticismo formal que las lecturas de la mañana. Las artesanías continúan, creo, en el taller. Los cuatro o cinco muchachos permanentes van a nadar, o a cazar. O hacen algún trabajo, o juegan fútbol. Nos encontramos para las comidas, bastante silenciosos salvo los niños (quienes juegan o platican, o se revuelcan con el minúsculo perro durante las oraciones); sin bendición formal. Sin buenos días o buenas noches formales. Pero hay algo interior. Y tengo la sensación de que cualquier cosa que trate de describir sería apariencia externa. Algunos se quedan sentados durante largas horas: Ernesto ante una mesa, o en su hamaca, despierto (como la mayoría) mucho antes de levantarnos, o bien por la tarde (después de la siesta), o silencioso en el atardecer cuando las visitas ya se han ido --el y yo, cada quien leyendo, o simplemente callados.
Ayer, todavía me sentía “fuera” de todo esto. Sentía que estaba observando a personas cuyas motivaciones interiores se me escapaban --casi como un visitante extraterrestre--. Hoy: no, aunque sigo sin comprender el secreto ya no siento curiosidad, y me estoy descubriendo lentamente --me siento, quizá, como debe sentirse un armadillo o un puerco espín cuando se despliega sin peligro. Simplemente en paz: “¿simplemente?” Es un estado bendito. Ernesto se mueve silenciosamente: uno percibe una profundidad, una certeza --y una fuerza--. No un gran motor ruidoso (no hay para qué agitarse): pero todo esto ha crecido alrededor de él, y él lo ha cuidado y alimentado, y domado la vid para darle la forma que él desea. “Fin de la digresión”, como diríamos: “¿disgresión?” No, realmente no. Lo que quiero decir es: hay tiempo para dulcemente volver a charlar en silencio sobre las apariencias, y los eventos, y el viajar “de regreso al pasado”.
Se me olvidaron pequeños detalles sobre San Carlos: como que, en nuestro primer desayuno, oí un transistor tronando “Land of hope and Glory” en la calle; o la oficina de correos: sí, hay una. Y el correo llega en grandes paquetes (admito que muy tarde: recogimos una carta para Ernesto de Fernando Silva, puesta en el correo diez días antes --o más-- y que por tanto Fernando pudo entregarle personalmente). Yo mismo tengo el presentimiento de que todo está conspirando pacíficamente para mantenerme sin correspondencia, y sumamente despreocupado por estar sin correspondencia (mi carta que viene de regreso, el hecho de que el correo certificado deba esperar a que lo recoja personalmente en Managua).

Ernesto parece bastante contento de tenerme por un mes entero, como yo había esperado (y planeado); ¡han habido únicamente seis visitantes! Aun cuando directores de museos americanos alquilan aero-taxis a San Carlos y llegan como un ventarrón para una apretada sesión de cuatro o cinco horas (uno hizo exactamente eso hace tres semanas, según entiendo).
Sábado, 22 de julio
Aquí hay tiempo y paz suficientes para que salgan a la superficie cosas que han quedado empantanadas desde hace mucho tiempo. Cosas a las que les he perdido el rastro, ahora aparecen repentinamente en la superficie del lago cuyo murmullo uno siempre escucha --ya sea de un lado de la península o del otro, dependiendo de la dirección de la brisa. Hoy es un día quieto y soleado, aquí en la isla. Solo unas cuantas nubecitas a la deriva, como las isletas en el lago. Pero hay un largo banco de nubes lejos en el horizonte, sobre Costa Rica, velando los tres grandes volcanes cuya existencia yo ni sospechaba hasta ayer, cuando el banco de nubes se levantó de repente: uno es Orizi (¿u Orizí?), dice Ernesto, pero no está seguro cuál de ellos, ni conoce el nombre de los demás. Tampoco importa. Los muchachos han sacado el bote y se han ido a tierra firme. Ernesto ha estado trabajando, y yo le escribí unas líneas a Mónica; luego me puse a leer el último libro de Ernesto (En Cuba), pero me dormí --¡a las 10 a.m.!--. Quizá porque no me sentí tan descansado esta mañana, después de algunas picaduras de zancudo en la noche, “pero no hay problema”....
Una o dos palabras sobre el trabajo. La primera noche, con Fernando Silva et alia, Ernesto leyó su último poema: “Canto Nacional” --faltaba una página en el medio, pero fue más que compensada por comentarios interpolados (ej.: “el trozo siguiente es ideológico”, o “fin del trozo económico”)--; y Ernesto no objetaba que la National estuviera grabando silenciosamente en el fondo; casi una hora, y con espléndida calidad (acompañada, sin embargo, por ruidos nocturnos --incluyendo el generador-- ¡que la BBC no aprobaría!). Luego habló un poco sobre su composición: muy paulatina, abarca casi doce años --algunas “escenas nicaragüenses”, que remontan a su época mexicana, “lo de la Costa Atlántica” escrito en Colombia (mientras ampliaba sus lecturas), datos para la sección económica acumulados lentamente, el trocito ideológico muy reciente (después de En Cuba) tal como el “trozo” de actividad guerrillera contemporánea en el norte de Nicaragua. Después de ese “trocito” de grabación no volví a hablar de trabajo por varios días; fui intuyendo el camino a seguir; y eso le cayó bien, a pesar de que ya desde el principio él me había dicho que estaba dispuesto a contestar todo tipo de preguntas y ayudarme en lo que fuera posible. Ayer, tuvimos una primera sesión general, y ambos nos olvidamos de la presencia de National --de allí, una espléndida hora de conversación grabada sin problemas. Mucho material escrito prestado y fotografiado. Lo que ha ayudado, creo, es que él leyó mi artículo “Cebolla”1, y dijo cosas muy gentiles sobre él.
También algo impensado; estaba aquí un joven poeta de Ometepe (la isla de los volcanes gemelos en el lago), quien me entregó dos poemas antes de irse, y a cambio me pidió algo de recuerdo. Y yo escribí, directo y sin pulir, un mal poema, reflexionando sobre algunas cosas que Ernesto le había dicho a Fernando Silva el miércoles (mientras yo me estaba durmiendo) y aludiendo al “Dominus illuminatio mea” (el salmo que me tocó leer el jueves por la mañana). Un “poema” (supuesto) desde luego no hecho para otros ojos que los de Manolo Mayorga de Ometepe, pero que aparentemente él enseñó a Ernesto, y mucho debe haberse “logrado escapar”, no obstante lo mal expresado, porque Ernesto dijo cosas muy amables sobre el poema al día siguiente. Creo que nos hemos “abierto” el uno al otro, y felizmente estamos en la misma onda... Dos de sus poemas a los Indios Americanos, por ejemplo, surgieron de un capítulo de un libro en prosa que ya no saldrá en la forma en que fue concebido inicialmente (sobre el misticismo en las religiones mundiales, y especialmente en la poesía primitiva) porque se había explayado demasiado en los rituales, y él siente que no es tiempo para el “ritual”. Hoy día --con permiso-- yo estaba a punto de fotocopiar la “prosa original” para poder analizar su transformación en poesía. Y él me dijo: “Realmente, yo ya hice todo lo que podía hacer con eso y ya no lo voy a necesitar, ¿por qué simplemente no te llevas el capítulo mecanografiado y lo guardas?”
En general, creo, le gusta el tipo de libro que yo quiero hacer, que no será demasiado “bio-bibliográfico” y general (hay un sacerdote puertorriqueño haciendo una tesis completa, que estuvo aquí seis meses, y Stefan Baciu --el traductor alemán en Hawai-- está escribiendo un libro general de largometraje), y parece genuinamente interesado en ayudarme con el mío. En cuanto a las traducciones, aún no le he enseñado ningún borrador (ni siquiera los mejores), pero estoy bastante confiado. Las “Coplas a la muerte de Merton” ya han sido, ¡ay de mí!, traducidos por otro para los EU (New Directions), pero puede ser que yo las vuelva a hacer de todos modos: significan tanto para mí, especialmente estando aquí en Solentiname. Hasta ahora, todo lo que he traducido aquí es “Apalka” (que no acaba de cuajar bien) y “Apocalipsis”, que queda en un estado muy transitorio (primer borrador de trabajo). Probablemente volveré a las traducciones mañana. Esta tarde leeré más de En Cuba, que estoy leyendo tanto para discutirlo con Ernesto como para revisar errores de imprenta, ya que E.C. no ha tenido tiempo. Una tarde apacible, tras un día abrasador.

1 “La elaboración de la cebolla”, sobre el manuscrito de la “Oda a la cebolla” de Neruda.