Nuevo Amanecer

Robert Pring-mill Y Harold Pinter


Robert Pring-Mill fue uno de los catedráticos más destacados de Oxford; su especialidad fue la literatura hispanoamericana; pero el estudio, el conocimiento y la difusión de esta literatura lo condujeron a profundizar en nuestras realidades complejas y dolorosas. Y la toga, que bien lucía, se le convirtió en los veranos en guayabera tropical o en camisetas con imágenes y consignas de la América nuestra: Neruda lo hizo explorar el canto o la canción popular del sur de América, canción protesta, que Pring-Mill llamaba canción “Propuesta”, propuesta de liberación, de revolución. Gozaba con las letras y la música de los Mejía Godoy.
En 1965 promovió el doctorado Honoris Causa para Neruda: ceremonia en latín, toga, birrete. Neruda se divirtió con al acto. La ciudad universitaria de Oxford lo reconocía y lo ponía en la antesala del Premio Nobel.
Paralelo a Neruda se encontró con otra poesía, con otro país, con otra realidad: la poesía de Nicaragua, o sea, con Rubén Darío, Coronel Urtecho, Mejía Sánchez, Fernando Silva, Sergio Ramírez y sobre todo con Ernesto Cardenal y todos lo llevaron al sandinismo.
Un gentleman, todo un gentleman, suave de hablar, con un acento hispánico; alto, algo ventrudo, con la cámara fotográfica colgada al cuello, perfil aguileño, tez sonrosada y cabellera cana bien peinada, copete y partido al lado, de maneras gentiles.
En busca de las claves de la relación poesía-realidad en Ernesto Cardenal, estuvo de visita varias veces en Nicaragua: en Solentiname, para el comienzo de la Revolución, mayo del 80, viajó a Bluefields con Eliseo Diego, Coronel Urtecho, Mario Benedetti y todos los poetas eufóricos navegando por el Rama; después vino para los 70 años de Cardenal y Luz Marina lo hizo bailar.
En julio de 1989 nos encontramos en Londres y en Oxford donde nos acompañó y llevó y trajo hasta que abordamos el avión de regreso. En la intimidad de su casa, en la mesa, en la sala de la tertulia, el whisky irlandés y el inglés, el trato, la conversación, la diferencia eran sutiles, la manera de relacionarse con su esposa, Brillit, era un acortejar.
En Pring-Mill la sabiduría y la cordialidad eran perfecto equilibrio, una sensibilidad pacífica y pacifista, una razón dorada. Escribió no sólo ensayos sobre Cardenal, sino que defendió con artículos a la Nicaragua asediada de los 80. Pluma y lengua.
Ahora, después de padecer un cáncer esofágico, ha muerto. Nos inunda con el dolor, el gozo de su certeza humana y de su amor o pasión literaria que se le hizo solidaridad por Nicaragua.
Mientras Chile la entregó el 12 de julio de 2004 la Medalla Presidencial Centenario Pablo Neruda, en una ceremonia en la Embajada en Londres, Nicaragua nunca honró ni su estudio ni su adhesión política. Pring-Mill, si acaso escucharon su nombre, era tan sólo un catedrático prestigiosísimo, un crítico agudo, un sabio sobre literatura hispanoamericana en la Universidad de Oxford. En Nicaragua se nos ha olvidado ser inteligentes y agradecidos.
Coincidentemente, este año, en estas mismas semanas se le otorga el Premio Nobel de Literatura a Harold Pinter, otro amigo, compañero de Nicaragua, otro apasionado de su literatura. Es concenso el merecimiento: su trabajo escénico, cine y televisión; su teatro irracional, del absurdo, es conocido en el mundo y de mucha calidad, el ingenio, la factura, la penetración en la psicología de sus personajes y sus tramas, además de su lealtad con los pobres de la tierra, con quienes ha echado su suerte muchas veces. Ha alzado su voz por Cuba, por El Salvador y Nicaragua. Nació en Hackney, en 1930, hijo de un sastre judío, estudió en la Real Escuela de Artes Dramáticas. Comenzó su carrera en una compañía shakesperiana itinerante. No sólo actuó, sino que también ha dirigido obras de Tennessee Williams, Noel Coward, Joyce y de la prosa de Proust ha hecho una versión treatral.. Había recibido varios premios: literarios europeos, pero faltaba el Nobel. Dos veces hemos estado con Pinter, en Londres, 1989, de negro hasta los pies vestido, y en Holanda, 1990, de traje formal y melena rizada. En Londres pasamos una tarde de larga conversación y de vino en su casa de libros, dos pisos de libros, construida de madera, al comienzo de un verano. En Holanda, asistió al doctorado que la Universidad le otorgaba a Ernesto Cardenal. Era el Centenario de Van Gogh y pudimos ver la retrospectiva mundial. Nos despedimos con una conversación en la penumbra de un auto que se deslizaba y se detenía por Amsterdan y sus canales. Él a su hotel, nosotros, al nuestro. También quedaba en el otoño del 90 el gozo de la certidumbre humana. Dos británicos. Un aristócrata de izquierda. Un togado por los desarrapados.
Hoy, uno fallecido y el otro, vivo; no, ambos eternamente vivos, entre nosotros.

Managua, octubre de 2005