Nuevo Amanecer

Flavio César Tijerino


Flavio César Tiberino es hijo de Juan Arnoldo Tijerino Martínez y Sidolena Fajardo. Estudió la Primaria en escuelas y colegios de su ciudad natal y la concluyó en el Colegio Centro América del Sagrado Corazón de Jesús, en Granada. Una prescripción médica, debido a una enfermedad en la vista, no le permitió continuar con sus estudios. Sin embargo, en la década de los 40 tuvo el magisterio del padre Angel Martínez Baigorri, SJ, y ha sido un voraz lector de clásicos y modernos.
Participó y fue uno de los miembros más destacados del “Grupo U” de Boaco. Con Armando Incer asistió a la Primera Mesa Redonda de Poetas Jóvenes de Nicaragua, celebrada en León, y convocada por Ventana el 28 y 29 de octubre de 1961. Colaboró en Ventana, La Prensa Literaria y Nuevo Amanecer Cultural.
Durante un buen tiempo vivió con su familia casi sin salir de su ciudad; aún más, pasaba temporadas retirado en las profundidades montañosas de Boaco, en las fincas de su propiedad, dedicado a las labores del campo. Al triunfo de la Revolución Popular Sandinista, bajó a Managua y fue uno de los más entusiastas trabajadores del recién fundado Ministerio de Cultura, en el programa de los Centros Populares de Cultura, que se extendieron por todo el país. Promotor nato, descubrió y alentó vocaciones, rescató manifestaciones artísticas populares y, a través de la radio y programas de televisión, incitó y generó corrientes de opinión.
Únicamente, ha viajado en dos ocasiones: una en 1977 a San Luis, Missouri, y otra, en la década de los 80, a la Unión Soviética para conocer el funcionamiento de las casas de cultura, galerías, museos y salas de conciertos.

Retrato

En tu frente hai espacio para el sueño.
Ni el áspero afán, ni los sucesos
pudrieron tu sonrisa.
Ciegamente el azar te modeló con furia.
I devoramos tu sustancia perpetua.
Pero sonríes, dulcemente,
i cuando esperamos de tu silencio perseguido
la voz terrible o el reclamo airado,
cantas,
o no llevas a silencios más hondos.
Quisiera hallarte piedra, o lodo, o filos;
-el tallo de tu flor, al menos, la empuñadura
(de tu espada pacificadora.
I entre mis manos, siempre, siempre
la luz, o la ternura o la brisa de tu silencio;
lo que persigo a gritos i regaños:
cada cosa en su sitio,
la palabra en la boca i el corazón en ella.
Graciosamente, como si no sufrieras,
todo me lo entregas.

(Boaco i 12 de julio de 1958)

Esta voz

“¡Oh voz! Siquiera
pequeña parte alguna descendiese
en mi silencio, y fuera
de sí, el alma pudiese,
y toda en ti, oh, amor la convirtiese”.

Fray Luis de León

¡Esta voz! Va derribando sombras.
Ya está aquí,
rodeándome,
pero por fuera,
como una piel de mi piel.
Sois isla de esa voz.

¡Esta espera imprevista!
¡Este llegar a mí tan de improviso!
Pero tú, ¿te has movido en la tiniebla?
Pero yo, ¿me he movido en la oscurana?
¡O nadie se ha movido?
Las dos de la tarde
i no se mueve nada, nadie.

-Un río crepitante de chicharras,
sangre del día,
se estanca.
Aún la noche, en el reló, vecina,
está quieta;
se la siente fija, para siempre,
como si nunca más hubiese de llegar la noche.
Fija, a las dos de la tarde de este día,
muerta.
¿O nadie se ha movido?
¡Ni yo que ahora sólo soi oídos?
¡Quién de los dos puede moverse hacia ninguno!
¡Quién de los dos, a parte alguna!
Son tu espalda y mi espalda que se tocan.

Pero esa luz,
este desbordamiento,
¿podrán entrar en mí, tendré yo entrada?
¿O sólo soi una esperanza a las dos de la tarde
de este día,
abierta
sólo a la sombra que al final adviene?

Bajo

Se asoma el pueblo a lo hondo i se desmaya
en un desmayo de sol,
de tierra seca i dura.
Sueño de piedra i de casas blanqueadas.

El cuerpo, sin alma, por la calle, solo;
sin amar, sin ver, no siente nada.
El cielo, cansado, espira fuego;
las chicharras se entierran en sus alas.

Solo el cuerpo, sin alma, en el camino.
Gris, zanjas i perros desalados de ojos carcomidos.

El cementerio duro i blanco, destacado,
sin amor
Sólo el cuerpo caminando solo.
El alma, desvelada, de cal, endurecida, llora.

Tarde

En ti, tarde brumosa i triste sin motivo,
-como el llanto de un niño
amargo,
que despierta llorando de noche en un (cuarto vacío-,
un oro que comienza en el fin de tu dolor.
I de él fluyes entera
con toda tu pureza sin lágrimas.
Se me agranda, como palpitación ósea,
mi cuerpo i se me descoyunta.
Te me hiciste en mi día interior
tarde también,
oh sueño niño mío de este día de pronto (ennegrecido.
¡Cómo me duele este grito que no grito!
¡Cómo esta falta de llanto ha estado a punto (de ahogarme en llanto!
I, ya sin verte,
alma mía de afuera,
defendido de ti por las paredes
-lisas, blancas, frías-
te encontré, contra mí golpeando loca,
entera i dolorosas, aún más,
dentro.

Mis ojos

Mis ojos.
Me ciegan mis ojos.
Mis manos.
Me apartan el mundo mis manos.
¡Oh, el mar ahogado
i la presencia brutal de las islas!
El canto es el mundo completo i joven.
I la cuenta
-uno, dos, tres, cuatro-,
la muerte.
Toda palabra sola es la muerte,
alzando su estatua perenne
sobre lo transitorio.
Cuando mire mis ojos
i el canto de mis ojos emerja universo.
Cuando toque mis manos
i el mundo se aquiete total i amoroso en mis manos

Cuando…
Yo estaré muerto,
pero el mundo palpitante
como un poema.

Entonces caemos…

Entonces caemos en cuenta
de que el aire es un auricular de la nada.
I va naciendo inmensa, como nosotros grande,
una voluntad, inútil, de callarnos del todo.
Volvemos las espaldas al corazón del mundo,
que llevamos tan nuestro, i para siempre, en las pupilas.
…nos ponemos, de nuevo, la palabra en la boca.
I el aire, enloquecido de nuestra ansia acerba,
se cuelga, otra vez, de la oreja de alguien.

La densidad del miedo…

La densidad del Miedo me circunda.
El terror de morir o de que mueras.
Porque estás, aunque no seas.
Estoi aunque no sea.
Tú allí, yo aquí,
al fin y al cabo somos de la jeografía.
Ocupamos el Mundo,
y el instante vivido se hace eterno.
No somos ya de ayer, ni para ahora.
De siempre i para siempre,
en nuestros nombres
hai mayor solidez que en nuestros huesos.

Sentir que uno transita hacia la Vida,
la Eterna Vida; el Eterno Odio o (el Eterno Amor.
¡Callad!
Yo quiero hundirme todo en este humo.
Yo quiero no ser yo, dejar de verme.
Yo quiero no ser yo, dejar de oírme.
Pero me aguardo. Me aguardas tú.

A donde quiera que voi, me esperas
A donde quiera que voi, me aguardas.
Eterna sombra. Yo soi. Tú eres.
Si dudo de mi ser, el tuyo encuentro,
y al decir que yo soi, digo tú eres.

¡Líbrame ya de tu Yo, déjame solo.
¡El terror de vivir, y de que vivas!

El burócrata

En el escritorio del burócrata
hai cinco teléfonos;
debajo de cada teléfono,
una multitud de angustias torturadas.

En el escritorio del burócrata
hai doce calendarios extranjeros;
debajo de cada calendario
un volcán de esperanzas perdidas.

Por todas las repisas
flores de plástico,
envenenan el aire nicaragüense.

En la oficina del burócrata
hai cinco secretarias,
inútilmente ocupadas,
cinco olorosas prepotentes,
que no saben nada de nada.

-Good bye, miss-
-Good-night, mistress-

En el escritorio del burócrata,
no está el burócrata.

Anda afuera,
enredando asuntos desenredados,
complicando asuntos sencillos.

Va un momento a la oficina,
sonríe a las secretarias,
las manosea o las muerde,
i derrama hiel i vinagre sobre (el que espera;
en la oficina del burócrata,
hai un montón de jente arrecha
y otro montón de jente vaga
parloteando i corriendo sin ton ni son,
boleándose a la jente, engañándolas, (regañándolas.

En los pasillos i antesalas de espera
hai que poner semáforos o metralletas.

Debajo de la nalgas del burócrata
se asfixian, pedorreadas,
las soluciones.

En la cabeza vacía del burócrata
se amotinan problemas insolubles,
i en el corazón del burócrata
fermenta el odio al pueblo, que (paga los berrinches.

En las paredes
grandes pósteres de Sandino lanzan (bombas de contacto
sobre el descaro,
mientras la sangre de los mártires i héroes
se desperdicia en lavamanos i escusados.

En la oficina del burócrata,
vive, clandestina, la contra-revolución.

(Boaco, 1 de mayo, 1980)

Una

Sidolena, secreto de la espuma.
Sidolena, ternura de la brisa.
La tenue caridad de una sonrisa,
la dulcedumbre de una blanda pluma.

Niña de ayer, eternidad que abruma:
paloma que en el alba se divisa,
rocío que en jazmines se desliza,
paz de mi afán i luna de mi bruma.

Camino de tu nombre, Sidolena,
llegó hasta Dios i se cambió en arrullo
el bronco grito que lancé en la arena.

¡Por tu silencio a Dios, que es mío i tuyo!
Su nombre alabaré, pues a mi pena,
con plumas de tu nombre la serena.

Boaco, noviembre de 1960