Nuevo Amanecer

El sillón viejo


De seguro que viene agua. Abajo está cerrado todo. El airecito húmedo empieza a venir con las nubes que pasan más bajitas.
--“Esto va ser de agua por varios día” --decían; y ni era para menos, porque dicen que ya empezó a llover más atrás del otro lado. La cosa es que aquí las calles se llenan por la cuestión del cauce, principalmente y que, estos bajareques están propiamente en el mismo canjil del viaje del agua.
Como este otro bajareque viejo de aquí que está junto a unos palitos de quelite, con el techo desgajado encima de un murito que le pusieron encima un cerco de varas y con unos pliegues de plásticos negros lo taparon atrás, como hacen también con las otras casuchas en este medio asentamiento que le dicen de “El guindo bajo”.
Hay otras pobres casitas que están peores, porque dan en la ceja del arroyo propiamente, que lo calzaron cuando menos, pero todavía en lo plano de arriba, ahí levantaron unos bajareques con reglas y tiras viejas de zinc. Desde allí con asomarse se divisa que pasa el agua abajo en la correntada y queda después, si acaso, como una melcocha de lodo; algunas veces alguien se ha ido.
No podría creerse, pero alguno de estos cacastes de casa, cada vez que llueve recio la gente se quita para irse más arriba a esperar que escampe mejor, porque las más veces, aun con poco que pueda llover, por el mismo desnivel, y el deslizamiento de la tierra, no vaya ser que se los pueda arrastrar la corriente.
--Ahora va ser el agua, antes... ¿será que me da tiempo?
--Si te fueras ya.
--...pero es que…
--¡Andate...!
Era Pacheco el muchacho que barría en la Criolla. --...de aquí a que llegue, el pobre... --dijo la Garay, que era la otra que allí tembién barría--. Yo le he platicado a Pacheco que le hable a don Ramón, que tal vez consigue algún otro lugarcito, pagando algo que fuera, tal vez si le habla... don Ramón dijo la otra vez, que iba a pensar en eso...
--No andés creyendo --le dijo Salvador, el otro de allí...-- “que iba a pensarlo...” --repitió.
Pacheco se había venido al lugar él y estaba viendo allí pues, que por ese lado era mejor venirse pegado a unos palitos de mangos; pero ahí es puro lodo, o también por el camino, viniendo por el otro solar encharcado, hasta esa parte que se hace como una laguneta... ¿y adónde más...? --pensó...--, pues se vino por aquí y por allá, como iba pudiendo ir pegado al mismo murito. Entró por detrás adonde estaba la parte que cubrían unas varas viejas en lo que era la casita.
Ya estaba lloviendo otra vez y empezaban con sólo eso las corrientes, de tal manera que cuando llegó había arreciado.
Adentro estaba lleno y era pues, triste todo eso. Doña Minta, su mama que ahí era adonde ella vivía, que claro que por su gusto, sólo acompañada los más días por el nieto, el chino Paco, que era bueno con ella.
--Para mí, todo esto es muy fregado --le contaba Pacheco a la Garay, que era con la que platicaba siempre él.
--Si la quitaras de allí, tal vez...
--¿...y cómo...?
--Bueno, que si le hablás a doña Lola, ¿no se le pudiera dar en la casa algún lugarcito...?
--Qué le voy a pedir yo a mi suegra eso...
--Y por qué no. ¿Ajá...?
--Si la Güicha mi mujer siempre me ha dicho que por qué mi mama no está onde la Julia, su otra hija de ella, mi hermana.
--Ajá, ¿y por qué...?
--Qué va poder la pobre Julia con el marido picado. Lo que hizo fue darle al chino Paco, el muchacho de ella, que es el que la cuida... ¿ves...?
La Garay se quedó pensando; arrastró la silla a un lado, volviendo con la escoba a barrer debajo de la mesita de la olla, se paró allí pensando. --De todas manera hablá con tu suegra, ¿no se le podría hacer un lugarcito allí en la casita de ella...? Atrás yo creo que hay un solarcito vacío. Tal vez se le puede arreglar, ¿no crees vos?
--Quién sabe; pero... voy a ver.
Pacheco volvió en la tarde después de venir de dejar unas encomiendas que le mandó don Ramón para llevarlas a la Distribuidora.
--Le hablé a don Ramón al fin... --le contaba Pacheco a la Garay-- me dio tres días para eso. De aquí al lunes...
--...pues apurate, ¿ ya hablaste con tu suegra y tu hermana...?
--Estoy en eso.
Pacheco salió animado.
--¡Ojalá! --dijo la Garay, viéndolo salir-- ...vamos a ver...
Parece que se pudo hacer algo al fin pues, y en la parte del lado de lo que es la esquina del patio de la casita de doña Lola, la suegra de Pacheco, que ya le había hablado como se lo aconsejó la Gray... --y, pues... se arregló algo --vino a contarle después Pacheco a la Garay.
--Allí la acomodamos, pero lo que fue más duro no fue sólo eso, sino convencerla, que ya con eso era mucho.
El asunto no resultó fácil pues, no era nada fácil, como te dije... y así fue... fijate vos --dijo Pcheco.
Para cuando Pacheco volvió al trabajo ese otro jueves, que desde el lunes se había ido a ver cómo hacía; la Garay, que estaba pendiente, se vino de allá a ver y también Salvador, el otro empleado de allí, se vino detrás.
--Bueno --les comenzó a contar Pacheco-- ...pues el cuento no fue así nomás. Que lo primero sí, era ver adónde ponerla a ella, y que la Güicha mi mujer tuvo el alcance de decirle a doña Lola, que mi mama hasta podía, ya estando ahí en la casa, ayudarle en las cosas... lo que fuera... ¿ves...?
--Doña Lola, tu suegra, ¿qué dijo, ella...?
--...pues nada; que estaba bien, pues; pero no está en eso el asunto, sino en todo lo que pasó ahí como te decía... ahora vas a ver...
Pacheco buscó adonde sentarse y les empezó a contar...
--Yo me fui con la Julia mi hermana y la Güicha mi mujer, que ella también se vino conmigo. Para qué te voy a decir, si adentro de la casita, allí adentro, que la noche anterior había sido de lluvia, se anegó todo; todito era un charcal.
--...y tu mama... ¿ahí estaba ella...?
--Es lo que te digo; que a ella no había manera de hacerla entender... no había manera..
--¿...y qué era lo que ella decía...?
--Nada... pues, que esa era su casa... ¡fijate vos...!
--...pero que no estaba viendo que en ese aguajal no podía estar..
--Ajá; pero nada. Ella no quería quitarse de ahí... y, lo repetía más y más, diciendo que era pues, en todo caso, su gusto de ella.
--...pero, tal vez diciéndole que era para sólo unos días, que.. --Sí; todo eso le decíamos... y nada, hasta después que al rato, el chino Paco que es muy vivo el muchacho, se le vino cerca y le estuvo hablado así con modo.
--¿...y la pudo convecer, pues...?
Pacheco cabeceó medio riéndose. --Sí --le dijo-- ...fijate vos.
Esa era una casucha vieja que se la había alquilado uno de por ahí de esos sinvergüenzas; de todo eso estaba doña Minta sabida; pero eso no era nada, todo lo que hacía ella era seguir allí, y en su cabeza sólo eso era lo que andaba ella.
Entonces, con las cosas así, ya se había hecho una situación muy fregada, y buscamos cómo hacer algo, como te dije.
Bueno; pero la verdad es que fue el chino Paco el de todo.
Pacheco después le siguió contando a la Garay, cómo había sido.
--...pues el chino Paco, viene y se le sienta a un lado allí en la banquita, a la orilla de ella... --le estaba contando Pacheco a la Garay-- ...y allí mismo le empezó a hablar él; y le pasaba la mano por la cara y por los brazos, cariñoso el carajito, que al fin, pues, vimos que la iba convenciendo que así ella empezó a levantarse de su sillón viejo, mientras hablaba en voz alta, para que la oyeran...: “Que tampoco van a hecer conmigo lo que quieran... --decía--. No. Esto de aquí es mi vida --y tocaba ella un su cajoncito adonde guardaba alguna ropita, además de otra silla con una pata quebrada que había y una bandeja con algunos trates y un saquito harinero que ya lo tenía nizte de viejo. --Decía el chino Paco que el saquito no se lo despegaba, que adentro andaba una gorra café que era la del finado abuelo Chano y ella no decía nada, pero lo andaba siempre y tampoco la ponía para nada. La cosa fue cuando íbamos nosotros quitando los pocos chunches que quedaban; entonces ella agarró el sillón viejo donde se sentaba y levantándolo del suelo, dijo: “Este sillón que nadie me lo toque”. ¿Y quién le iba a decir nada; pero la verdad es que la sacamos de ahí y después la pudimos traer y la acomodamos en el lugarcito que se le arregló en la casa de doña Lola.
--¡Vaya, pues...! --dijo la Garay-- Qué bueno que se pudo resolver esta vaina... y, decime... ¿cómo está ahora... se quedó tranquila allí en la casa donde doña Lola...?
--Bueno --dijo Pacheco, rascándose la cabeza y medio riéndose-- ...pues te cuento que ayer, pues, me vi con el chino Paco y, claro que le pregunté por mi mama... y el chino se doblaba de la risa contándome...
--..es que --me contaba a mí el chino Paco-- “Yo la veo siempre y le vengo a dejar algo que sea. Allí está ella, que como es hacendosa, pues de algo se ocupa en la casa... y está bien, aunque con su mismo tema de ella siempre, que cuando yo le pegunté ayer, así naturalmente, que le dije:
--¡Ajá!... ¿y... cómo se siente ahora?
--¿...yo?... --me dijo como extrañada-- ¡Ajá... pues ai voy...! --me dijo ella, encogiendo los hombros. Siempre que no me vengan a tocar mi vida.
--¿Cómo es eso...? --le pregunté yo-- Si usted está bien aquí. Ella se levantó y entonces, caminando así para un lado de la pieza, se volvió en seguida y agarrando de los brazos el sillón viejo lo alzó para arriba y me dijo: --¡Esto es lo único que yo tengo mío; este sillón sí que nadie me lo toca... --y acercándose más, me repitió--: --¡Este sillón es mi hermano...! --me dijo
La Garay agarró la escoba y moviendo su cabeza como divertida, se vino por el corredor... ¡Cómo son las cosa...! --dijo la Garay y siguió barriendo..