Nuevo Amanecer

Cruzada: Ridley Scott en El reino del cielo

“Si éste es el Reino del Cielo, que Él haga aquí lo que quiera” Balian de Ibelín

Hacia el final del siglo XII, el herrero francés Balian (Orlando Bloom), hijo bastardo del noble Godfrey de Ibelín (Liam Neeson) hereda las posesiones de su padre en la Jerusalén capturada por los cristianos, para seguir su destino como caballero, y dejar el pasado de hombre rechazado por la comunidad y viudo de una mujer suicida. En la Ciudad Santa, Balian de Ibelín se enfrenta a la ambición y a la codicia terrenas, y encuentra un reino escindido entre la mesura y la civilidad del rey leproso Balduino IV (Edward Norton) y su consejero Tiberias (Jeremy Irons), quienes han pactado una paz armoniosa con el rey Saladino (Ghassan Massoud), y el rencor belicista del caballero Guy de Lusignon (Marton Csokas), quien se apoya en su matrimonio con la princesa Sibila (Eva Green) para aspirar al trono y a la guerra.
Desde días antes de su estreno mundial, The Kingdom of Heaven (EU, 2005), del británico Ridley Scott, ha despertado polémicas respecto de su interpretación de la reconquista musulmana de Jerusalén en el siglo XII y de la salida definitiva de los cristianos europeos de aquellas tierras. El título original del filme, El reino del cielo, ha sido matizado, tanto en Estados Unidos como en diversos países de Hispanoamérica con el más impreciso de Cruzada o The Crussades, a pesar de que la acción se ubica entre la segunda y la tercera cruzadas, y no en una particular. En declaraciones al periódico inglés The Independent, el profesor de historia en la Universidad de Cambridge Jonathan Riley-Smith, ha apuntado que la base histórica del guión original de William Monahan son las novelas románticas de Walter Scott –-en especial El Talismán-- y no las fuentes de la historiografía. Riley-Smith -–y otros especialistas-- pone en tela de juicio la pacífica comunión entre judíos, cristianos y musulmanes que propone la cinta como la base social de los reyes Balduino IV y Saladino, e incluso no han faltado comentarios más agresivos, que irónicamente argumentan que la película olvida a los Osama bin Laden que el mundo musulmán siempre ha tenido.
No es la primera vez que el director Scott halla oposición a sus lecturas históricas, por más que ha dejado en claro que su interés no radica en la reproducción fiel de los hechos, sino en la interpretación de los mismos. Cineasta ambiguo, lo mismo un esteta exquisito –-Alien, Blade Runner-- que un intransigente de tintes racistas –-Lluvia negra, La caída del Halcón Negro--, lo mismo un narrador amoral –-Hannibal-- que un rebelde y un revolucionario -–Thelma and Louise, Gladiador--, Ridley Scott ha sabido mantener un discurso crítico dúctil, pertinente y propositivo en lo que se refiere a su percepción personal de la sociedad contemporánea. Perfeccionista en la línea de Stanley Kubrick -–a quien notoriamente ha seguido-- Scott resulta en primera instancia un cineasta frío y distanciado. Sin embargo, con los años y el oficio el veterano cineasta ha aprendido a destacar la presencia de sus personajes, que han pasado de ser símbolos de algo, a ser signos vivos, que piensan y sienten.
La virtud del mejor Scott ha consistido en oponer a la historia inflexible y estática, una historia flexible y estética. Tanto la celebrada Gladiador como la actual Cruzada entrañan esta virtud del cineasta: la ficcionalización de la historia como la única forma de entender a la Historia. Scott y Monahan se interesan en revisar los valores morales que en su momento motivaron y dieron cohesión a la cristiandad de las cruzadas, y al sorprendente advenimiento del mundo musulmán –-la tolerancia de la España árabe, el esplendor de Bagdad y de El Cairo no podrían entenderse sin un sólido basamento moral, no represivo sino expresivo--.
Quizá por este interés en la moral y la tolerancia, en Cruzada, a pesar de su innegable presencia y preeminencia, los recursos técnicos han logrado un equilibrio preciso con el discurso formal de la cinta. Si bien el fotógrafo John Mathieson y la editora Dody Dorn se permiten alardes técnicos –-las flechas en el bosque o la caída de la puerta de Cristo son antológicas--, en realidad la atmósfera que crean es tensa, emocional, y tiene que ver con la intimidad de los personajes, y no con su exterioridad –-los planos generales grises, los planos americanos al claroscuro--.
Significativamente, a diferencia de otros de sus filmes --Hannibal, La caída del Halcón Negro--, en The Kingdom of Heaven el veterano Scott se ha inclinado por partituras de tipo más clásico, que recurren a la gran orquestación, a la presencia notable de las cuerdas y las percusiones. Tanto las partituras originales de Harry Gregson-Williams como el score adicional del fallecido maestro Jerry Goldsmith rememoran la música cinematográfica de las décadas de los 1960 y los 1970, en contraste con la narración, decididamente contestataria y aun políticamente incorrecta –-su visión de los caballeros templarios como mercenarios despiadados poco tiene que ver con la revisión que varios historiadores contemporáneos han hecho de aquella legendaria orden de trágico final--.
El pasado y el presente comulgados en la música y el discurso, pero también el presente revisado y cuestionado por el pasado. Sin llegar a los terrenos de la historia alternativa y sus polémicas y audaces relecturas del ascenso de la civilización cristiana occidental, Scott y Monahan contrastan inevitablemente aquel pasado, aquel instante de entendimiento, con un presente en que todo atisbo de tolerancia y convivencia justa ha caído en el vacío. Ambiguo, como suele ser –-el filme nunca alude a nuestro presente, aunque éste se advierte a través de toda la trama--, el cineasta deja entrever la revaloración de un tiempo mítico --la Edad Media es una era mítica que funciona para entender todas las eras-- para comprender este presente desarticulado e irreal. Un filme contradictorio, desconcertante, y por lo mismo desafiante y concreto.