Nuevo Amanecer

El rey de las horas


Era el último de su especie. Hacía décadas que no se estilaban los monarcas, ni los quioscos ni los mantos. Era el único monarca nombrado directamente por el Gran Emperador, también único en su especie. Cuando su Excelencia viajaba a otros países para asistir a las cumbres presidenciales, se ufanaba de ser el mejor gobernador del planeta. La realidad en su país no confirmaba sus almibarados discursos. Una despiadada hambruna se había cebado sobre la mayoría de sus súbditos. Sin piedad por ellos, el rey jamás les mermaba los diezmos y otras obligaciones. Con la riqueza amasada sufragaba los gastos de su numerosa corte, en buena medida compuesta por sus deudos más cercanos y amigos de extrema confianza, todos habituados lucir no menos de cinco carrozas, alfombras persas, sedas y dorados palacetes en la metrópoli y el litoral. Sacrificando el sentido común en el altar de la amistad, nombró como ministro de Transporte al bufón escarlata de su Consejero Mayor, propietario de bancos, fábricas de líquidos alucinógenos y vendedor de carrozas japonesas. La idea de convertirlo en ministro provino del hecho de que el bufón era muy ducho en organizar carreras de carretones desvencijados para deleite de la corte y distracción del hambriento populacho, al que se regalaba con circo a falta de pan. El monarca tenía demasiados gastos para repartir pan, harina o poner a funcionar los molinos. Sobre el tapete verde reclinada, la apergaminada reina dilapidaba la fortuna de su atribulado consorte, ocupado en urdir planes de salvamento que indefectiblemente rondaban la misma solución: solicitar a los ricos industriales y mercaderes de allende las fronteras que vinieran a sentar sus fábricas y tiendas en nuestro país, donde serían generosamente recompensados por la baratísima mano de obra nacional y eximidos del pago de diezmos. Y llegaron los industriales y mercaderes. Y siguieron llegando con sus sedas y sus oros, y eran muy encomiados aunque en lugar de vinos y exóticos manjares trajeran aguas azucaradas teñidas de negro y magros panes con una masa de carne licuada.
Mucho antes de que en el país quedara nada por producir y vender porque todo lo que se compraba venía de tierras muy lejanas, sin comerlo ni beberlo el monarca había perdido todo el poder a favor de sus rivales, los antiguos gobernantes del país a quienes siempre despreció debido a sus orígenes plebeyos. Era un par de bandoleros de la peor ralea, pero muy hábiles. Con sus malas artes y aviesas mañas dominaban todo. Uno de ellos retuvo el dominio de las huestes reales y la habilidad de movilizar a la que el rey denominaba canalla. Y entre ambos, explotando al máximo su control del Parlamento, se habían distribuido jueces y juzgados, juntas electorales, procuradores, acueductos y todo lo repartible que abonara poder al poder. Incluso el Gran Inquisidor estaba con ellos, bendiciendo sus actos y censurando al rey, al tiempo que excomulgaba a niñitas de nueve años. El monarca nunca estuvo dispuesto a dialogar con quienes carecían de sangre azul. Ni con sus rivales ni con ese pueblo al que aludían todos sus slogans –-hecho por el pueblo para el pueblo-– y al que en el fondo, medio y superficie aborrecía. Jamás lo respaldó en sus demandas contra los rubios industriales que lo obligaron a contaminarse con venenos antaño prohibidos en otras latitudes. Ése y otros malestares eran hábilmente administrados, inflados y dosificados a voluntad y conveniencia de los dos rivales del monarca, quien hacía caso omiso de la creciente peligrosidad de aquellos y se negaba a conferenciar con ellos. En su mesa redonda sólo había espacio para la nobleza de cuna, los banqueros y los heraldos del Gran Emperador. Si sus bandos y proclamas eran objeto de burla, situación que se presentaba las más de las veces, invocaba la autoridad del Gran Emperador, se rascaba la monda mollera y tozudamente no cedía un ápice, mientras su ruinoso gobierno se iba cayendo a pedazos y en el país no corrían ya las carrozas de transporte colectivo ni había carbón ni leña ni aceite para lámparas. Sucedió que, cuando más acorralado estaba y más desprovisto de mecanismos de control se hallaba, descubrió que únicamente le restaba el poder de cambiar el horario. Y se ocupó de cambiarlo constantemente, a veces para confundir a sus enemigos, a veces para saltar los tiempos de comida, a veces por hacer alarde de su único poder en pleno delirio senil. Siempre llegaba puntual porque un abrupto cambio de hora disfrazaba sus dilaciones. Los delitos prescribían por cambios en el calendario, los contratos se invalidaban con un giro de reloj. Los aguinaldos se dejaban de pagar saltando cada mes de diciembre, las huelgas se anulaban retrocediendo en el tiempo. La gente de este país nunca sabía a qué horas se despertaba o dormía, ni en qué día ni en qué año ni en qué siglo vivía. Sólo tenía la certeza de que el de las luces no era.