Nuevo Amanecer

MARTÍN FIERRO (Ida: 1872, Vuelta: 1879)

“Aquí me pongo a cantar al compás de una vigüela que el hombre que lo desvelauna pena extraordinaria,como el ave solitariacon el cantar se consuela”

(Motivación a las obras de la Literatura Latinoamericana y Española SS.XIX y XX)

José Hernández (Buenos Aires. Argentina.1834-1866)

Una obra de pueblo imprescindible

Estos versos son uno de lo comienzos más famosos de toda la literatura. Son versos pensados desde y para el pueblo, cantados por el hombre que afinó sus oídos y aspiró el ritmo de la pampa argentina, del gaucho, de ese hombre de campo, entre ganadero y peón que es el corazón de Argentina, y uno de los prototipos rurales de la América Latina. Por tanto quienes dicen que el Martín Fierro equivale para la literatura argentina lo que El Cid para la española o la Chanson de Roland para la francesa, creo que se equivoca, pues en cualquier caso, el Martín Fierro es un poco de todo el continente, salvando las palabras vernáculas y los localismos que en ocasiones dificultan gustarlo. Pero su ritmo es tan poderoso, que nada importa, si está bien o mal construida la frase, si se abusa o no del refranero, o del dicho gauchesco incomprensible para otros oídos que no se hayan criado en la pampa, e incluso si hasta a ratos se le siente un intento demasiado forzado de imitación y de querer pegarse a la piel del pueblo desde un escritorio, como ocurre en la segunda parte principalmente. No importa nada de eso, lo que importa es el ritmo, dice desde el puesto de mando Rubén Darío.
Hay obras necesarias, que le dan identidad a una nación. Lo que ocurre a veces es que esa necesidad es tan obvia que es increíble que nadie antes se diera cuenta. Pongo por ejemplo a las novelas de García Márquez. Se ha contado, no recuerdo si fue su madre o algún otro pariente, que dijo de sus escritos que no tenían otro mérito que copiar lo que a él le habían contado sus padres.
Figúrense, sin más mérito que ese, y ya nos ha regalado una obra literaria que nos identifica de lleno, de reojo o por la espalda, una de esas miradas de cartel que nos pongamos donde nos pongamos siempre nos mira fijamente, nos guste o no. Al Martín Fierro le pasa algo así. Forma parte de la realidad, la soñada y la vivida, esa mitad mentira y verdad. El mismo autor lo reconoce al final de la primera parte:

“Y ya con estas noticias
mi relación acabé.
Por ser ciertas las conté
Todas las desgracias dichas;
Es un telar de desdichas
Cada gaucho que usté ve.

Pero ponga su esperanza
En el Dios que lo formó;
Y aquí me despido yo.
Que he relatao a mi modo
Males que conocen todos
Pero que naides contó”.

Males que conocen todos, pero que “naides” contó. El gaucho que cuenta ha descubierto no más que la función de la literatura moderna. Contar lo que conocen todos como si nadie lo hubiese contado antes. Hay obras con las que se anima a descubrir una verdad, otras con las que se termina de conocerla.
El Martín Fierro es sólo un gaucho que cuenta sus penurias y aventuras en los trabajos en la extensa pampa argentina, gente de campo que hace de todo, incluso servir de soldados en luchas que nadie entiende.
En la línea del combate, mientras que llega la paga, se cuentan estas historias, también en las tabernas y en las cantinas, hombres aguerridos tratando de aliviarse el alma con vino y canto, una vida criada en dureza, para la dureza y para morir en tierra dura. Por eso, aunque no se lea con acento argentino, creo que el Martín Fierro se puede leer en cualquier campo del Ecuador, de Panamá o de Nicaragua, en cualquiera cantina de Méjico, y estaría bien leído.
Refranes, arranques de machismo, y después de sentido común, dejarse llevar por las pasiones del instante, al amor de los impulsos. Un hombre que sabe que se está desnudando mientras canta sus penas, que se vuelve vulnerable al mostrar el corazón contando en poesías su vida, y que por eso remata algunas estrofas con citas, con dichos duros, de valentía o de desprecio, como para que nadie dude de su hombría. Es el tipo real del campo latinoamericano, y vale para todos.
De quien puso el oído y la mano para escribirlo habrá que decir que su nombre es José Hernández, a quien le cupo el honor de ser un verdadero poeta: aquel que se da por entero al pueblo para ponerle la voz. Al final, el creador verdadero de esta historia es el pueblo.
De lo contrario, la literatura se convierte en una figura de salón, una literatura cortesana que acaban leyendo unos pocos, muy pocos, y que al final se olvida. José Hernández se pegó tanto a su pueblo, y eso que era un hombre culto, que a veces ostentó cargos políticos, y estaba versado en literatura romántica, pero del que casi nada sabemos.
Tan sólo que su obra lleva la intención clara de encumbrar una literatura folclórica para que no cayera en el desprestigio, un auténtico juglar que nos engaña con la mejor intención. El Martín Fierro dice: “las coplas me van brotando como agua de manantial”, y uno llega a creerlo, porque a pesar de la rima, parece que los versos están escritos a punta de espontaneidad. Sin embargo los manuscritos originales de la obra están repletos de tachaduras, enmiendas y cambios rotundos que señalan el enorme trabajo de ser voz de un pueblo.
Al final, lo que mejor habla de José Hernández, es que en la memoria popular su nombre no es tan conocido, o quizá se confunde con su personaje. Ese es el éxito total y más generoso de la literatura. ¿Quién existió de veras? ¿Quién es de verdad?: ¿Martín Fierro o José Hernández; Alonso Quijano o Cervantes; el joven Werther o Goethe; Gregorio Samsa o Kafka; el coronel Aureliano Buendía o García Márquez?
No podemos eludir el Martín Fierro. Se lee de un tirón y está en nuestro propio corazón de tierra.